Siempre nos quedarán las  palabras

Sombras al atardecer (capítulo 5)

Elric se detuvo enfrente de la puerta, era de madera, con filamentos de acero oxidado y con detalles figurativos modernistas del sigo pasado. Los timbres también parecía que hubieran estado allí desde hacía al menos veinte años. Habían ido a ver a Albano como le había ordenado Leetham pero todos los indicios indicaban que se les habían adelantado. Había una escalera ascendiente en el lado derecho, junto a un ascensor del siglo pasado. Las luces no parecían funcionar y unas gotas de sangre empezaron a descender por la pulida escalera de mármol gris.
–¿Es eso sangre? –preguntó Olivia al ver como las gotas caían hasta el último escalón formando pequeños charcos en el suelo.
–Desde luego no huele a agua. –Se adelantó y agachó para probar el líquido– Es humana.
–Creo que deberíamos avisar a Leetham.
–Todavía no. Primero tenemos que encontrar a Albano. –Empezó a subir las escaleras por el lateral para no ensuciar sus zapatos– Sígueme y no te apartes. Suceda lo que suceda, no te apartes.
–De acuerdo.
Se fue con él y empezaron a subir.

Las puertas de la cuarta planta estaban ambas cerradas, aunque con sus cerraduras forzadas. Fueron hacia la puerta de su derecha, y Elric dio un pequeño a la puerta para abrirla. La puerta chirrió y Olivia se escondió detrás del vampiro temiendo lo que se encontrarían. Había un largo pasillo que llegaba hasta el salón donde tenía Albano el escritorio y estaba ventilada con una gran ventana que daba al exterior. Las luces de la calle iluminaba una silueta sentada en la silla del escritorio. Lo último que rompía el silencio era la agitaba respiración de Olivia.
Elric anduvo hacia el salón y ella le siguió tiritando.
–¿Albano? –preguntó Elric. Nadie respondió–. ¿Albano? –repitió.
Un leve gruñido le respondió, y Elric fue rápido hacia él. Le giró la silla y lo vio.
–¿Elric, qué sucede? –Olivia había permanecido unos metros detrás.
–¿Albano qué te han hecho? –preguntó descolocado.
Le habían arrancado las piernas y los brazos, y atravesado el estómago con una gran biga de metal. El hombre apenas mantenía los ojos abiertos. Pulmones encharcados de sangre que emergía por la boca. En el cuello tenía cuatro grandes mordeduras que le habían arrancado la piel y había recibido tal golpe que le había aplastado medio cráneo.
–¿Elric? –preguntó Olivia y se acercó a él. Al ver la imagen se llevó las manos al rostro para no ver aquel grotesco espectáculo. A Elric le pareció percibir un tímido movimiento de labios. Con ambas manos, se aferró a los reposabrazos y lo animó a que continuase.
–Venga Albano, habla. –Albano pareció esforzarse para decir algo, pero no podía hacer otra cosa que gruñir, lo volvió a intentar. Y cuando vio a la chica abrió los ojos de manera exponencial.
«Sangre de dragón», gimoteó con la sangre brotando a borbotones de su boca a la vez que con la mano derecha hacia el esfuerzo de señalar a la mujer. Se la quedó mirando con ojos expresivos y combativos. La mano le temblaba pero estaba claro cuál era el mensaje que quería enviar.
Albano había descubierto algo de suma importancia y éste era el motivo por el que había querido que fueran a verlo ambos. La mano se desplomó rígida al costado del cuerpo, inerte.
–¿Sangre de dragón? –se preguntó Elric.
–El, llama a Leetham y pídele ayuda –insistió sacudiéndole los brazos. Unas lágrimas recorrieron las mejillas de Olivia.
El hombre cerró los ojos y la gravedad quiso que la cabeza se le inclinara hacia la derecha.
–Ya es demasiado tarde. Ha perdido demasiada sangre.
El cuerpo de Albano empezó a descomponerse poco a poco hasta convertirse en un grande charco de sangre y piel muerta.
Elric contuvo las lágrimas. Le echaría de menos. Albano lo había conocido como simple títere de Calus, como rey y como fugitivo. Y en todo momento le había aconsejado y ayudado. La sociedad vampírica perdía a un gran hombre.
–Tenemos que continuar… –dijo él.
–Pero Elric…
Un terrible estruendo se oyó procedente del otro piso. Ambos cruzaron corriendo el pasadizo y abrieron la otra puerta. Olivia aún sujetaba el móvil con la mano, ya que tenía que advertir a Leetham de que había un asesino de vampiros en la ciudad, y que uno de sus hombres de mayor confianza había muerto.
El piso estaba completamente patas arriba, con los muebles rotos, y tirados por el suelo, las paredes tenían rajaduras de garras, y todas las ventanas y espejos estaban rotos, sin embargo, no había rastro alguno de Lucas, el asalariado humano bajo su mando, simplemente vieron un gran charco de sangre en el comedor.
–Ha huido por la ventana –dijo Elric calculando la distancia que había entre el último piso y el suelo–. Pero dudo mucho que el sujeto si se hubiera llevado el cuerpo de Lucas hubiera tenido la fuerza suficiente para arrastrarlo y llevarlo consigo, además de que tendrían que haber saltado y hay una gran distancia.
–Eso significa que o se trata de un ser muy fuerte o tal vez no se lo haya llevado a pie.
–¿Qué quieres decir? ¿Que se fueron volando?
–Yo solamente digo que desde aquí no parece que el asesino haya dejado rastro ni de huellas ni de sangre,y teniendo en cuenta el gran charco de sangre del suelo, Lucas tendría que estar desangrándose sin parar.
–Buena suposición, lamentablemente no conozco a ningún vampiro capaz de volar.
–Y si no fuera un vampiro. –Olivia le señaló los arañazos de las paredes– Son marcas muy características, ¿no crees? No parecen marcas garras, son demasiado finas y estrechas, además de limpias y muy simétricas, la distancia entre ellas es exacta en todos los tramos. Si fueran garras, sería muy complicado colocar los dedos a la misma distancia y presionar con la misma fuerza en todas las marcas.
–Tienes razón, pero si no fue un vampiro ni un humano no sé a qué criatura nos enfrentamos.
–El personaje clave es Albano, Elric, y éste fue atacado al menos media hora antes de que llegásemos, lo que quiere decir que no quería que hablara conmigo ni me explicase lo que tenía que explicarme –Empezó a marcar un número en su móvil– la pregunta es, acaso sabes qué tenía que contarme Albano, Elric.
Elric quedó mudo.
–Leetham –llamó Olivia a la otra línea del teléfono– tienes que venir urgentemente, han matado a Albano.
Colgó.

Sangre del dragón, aquellas habían sido las últimas palabras de Albano antes de convertirse en una montaña de entrañas y sangre, y bien recordaba el día que Elric insinuó que podía estar relacionada con la familia de Corinna quien era descendiente de dragones. Todo parecía salir de una película, y ella se sentía cada vez más frustrada. La propia Olivia no entendía aquel sentimiento de odio y de furia que emergía de su interior, ¿agotamiento, cansancio, pesadez de una vida que no parecía volver a su calma inicial? No le importaba si un grupo de vampiros la atacaban, si la ex de su novio vampiro quería matarla o si un presidente arrogante de una subcultura que vivía en el subsuelo creyera que era un peligro andante, lo que más le frustraba era que relacionasen a su difunto padre en toda aquella historia. Su padre parecía ser la pieza  con la que todo cuadraba a las mil maravillas. Si había sido él desde la tumba, el cielo o desde dónde se encontrase, si se encontraba en alguna parte, el que había dejado el Medallón en su poder, o el que había propiciado a que se encontrase en aquella situación, todo parecía tomar forma de una gran broma cruel y pesada.

¿Y cómo iba ella, una mundana y vulgar pos adolescente de urbe tener sangre de dragón, qué implicaría aquello entonces? ¿Escupiría fuego, la piel se le escamaría, tomaría forma de reptil alado? ¿Qué rayos significaba tener sangre de dragón en su interior? Que alguien se lo explicara, porque el cerebro no dejaba de dar tumbos sin sentidos, y el corazón se le saldría del pecho tarde o temprano. Necesitaba que alguien la guiase, aunque fuera mínimamente, que la preparase para lo que le iba a suceder.
Se sentó abatida en el asiento del conductor del Nissan Juke de Elric y le esperó. ¿Albano había muerto, lo había asesinado por guardar su secreto? Era la culpable de que Mika y Mina, así como sus otros hermanos quedaran huérfanos?
Encendió la música de la radio y hurgó en la guantera buscando el paquete de tabaco que Elric había guardado en la ida. Sacó un cigarrillo y se lo pegó a los labios, sus lágrimas le humedecían los dedos, y las manos temblaban sin control por lo que el mechero se le cayó a la tapicería del suelo de debajo de su asiento. «Mierda», gritó, indignada. Con una mano cerró la puerta del coche y aumentó el volumen de la música, la tanto odiaba. Pero ya no importaba, simplemente no quería sentirse sola. Con la palanca echó el asiento hacía atrás y empezó a buscar el mechero. La respiración empezó a agitarse y los pulmones se aceleraron, los ojos se le nublaron por un instante y la cabeza le empezó a dar vueltas sin parar. «Lo tengo». Y después de decir aquellas palabras levantó la cabeza y no pudo contener los gritos de desesperación, sorpresa y miedo al ver el ser que tenía delante de los ojos.
A pocos metros delante del coche se encontraba el ser más grande e imponente que había visto jamás: su altura rondaría los dos metros, fuerte e impresionante musculatura, iba desnudo de cadera hacia arriba, de piel oscura, demasiado para apreciarla con claridad, y en su espalda nacían dos grandes y oscuras alas con puntas afiladas que parecían tan duras como el diamante. El ser no parecía tener la intención de dar un sólo paso, la miraba directamente a los ojos con semblante serio y sombrío. Era muy consciente de que no era aconsejable salir del coche y averiguar qué era antes de que llegarán Elric y los refuerzos, pero su inquietud era demasiado grande y sus ansias de conocer quién era eran aún mayores.
Encendió el cigarrillo y lo sujetó con los labios. Miraba al frente, decidida, sin miedo ni temores. Abrió la puerta y en cuanto salió pegó un golpe para cerrarla. Quedó petrificada unos instantes preguntándose si la acabarían enterrando viva una vez más. Anduvo despacio pero con la espalda recta y la mirada fija. Cuanto más se acercaba a aquel ser alado más grande le resultaba. De los dos metros iniciales que ella había calculado, ascendía a cuatro.
Su piel estaba bañada completamente por chocolate con leche, su torso era una invitación al pecado, y la capa de vello masculino de su pecho un saludo a la indecencia. Madre mía, podía reírse Elric, porque aquel hombre era la seducción y la atracción personalizada. Tendría que ir con mucho cuidado. Una farola se iluminó intermitentemente encima del desconocido y su rostro se lo iluminó por lo que pudo dibujar las facciones de la cara: de grandes ojos púrpura y corto cabello oscuro. Era hermoso, sin ninguna duda, y muy masculino. Abrió los ojos como platos y contuvo la necesidad de lanzarse sobre él y dejar que se la llevara volando. Se detuvo a pocos metros.
–¿Eres el asesino de Albano? –preguntó ella medio chillando y con el corazón en la laringe– ¡Habla, ser extraño! –le ordenó.
–¿Ser extraño? –susurró con un acento extranjero que la derritió–. Es curioso que me llames ser extraño. –Dio unos pasos hacia su dirección y Olivia entró en pánico.
–Responde a mi pregunta, desconocido. Puedo hacerte mucho daño y no miento. –Extendió los brazos y abrió las manos mostrando sus palmas.
–¿Qué daño puede hacerme un cachorro como tú? –Dio otro paso.
–Aléjate te digo –concentró su energía en las manos y de las palmas salieron chispas. ¿Dónde demonios está la espada?, se preguntó.
–¿Sólo sabes hacer pequeños fuegos artificiales? –Se plantó delante de ella y le cogió ambas manos y las colocó en su pecho. Olivia se apartó del susto, retrocediendo unos centímetros.
–¿Qué crees que estás haciendo? Tengo novio –replicó colorada.
–Mucho me temo que me has malinterpretado…
–Da igual, sólo dime quién eres y qué quieres. ¿Pretendes matarme? –Extendió un brazo y abrió la mano– ¿Eres el asesino de Albano?
–Eres muy preguntona. –Le arrebató el cigarrillo que todavía tenía entre los labios, le dio una calada y lo tiró al suelo. Le dio un pisotón para apagarlo.
–Contéstame –insistió.
Flexionó una de sus rodillas y agachó la cabeza a modo de saludo.
–Biz –le guiñó un ojo y tomó tal impulso que salió disparado hacia el cielo.
¿Quién carajas eres, bicho con alas? Se preguntó siguiendo el recorrido de su vuelo con la mirada. Y acabó desapareciendo entre el espesor de las nubes.
–Olivia, Olivia –oyó la muchacha que la llamaban a su espalda. Era la voz de Elric, había vuelto con ella, y no entendía por qué pero empezó a colorarse y a sentirse sucia ella misma por sus pensamientos anteriores.
Se giró y fingió una sonrisa. Llegó a su altura y le sujetó el rostro con ambas manos con ternura.
–Hola, ¿qué tal? –preguntó como si estuviese bajo la influencia de una fuerte droga.
–Ya se han llevado los cuerpos y mañana harán un homenaje a Albano. Han rastreado la zona y han buscado pruebas, y sabes qué…
–La puerta no estaba forzada, así que deduzco que el atacante entró por la ventana y llegó por el aire –le interrumpió ella.
–Parece imposible pero no podemos descartar ninguna teoría –la sujetó de ambas manos.
–Elric, contéstame a una cosa… ¿Has visto alguna vez dragones? –le preguntó ocultando el rostro.
–Jajajajaja, en serio, ¿Olivia no irás a creer ahora que los dragones existen? Ya te dije que se habían extinguido hace mucho tiempo .–Los ojos de la chica se iluminaron. ¿Lágrimas?– Ven aquí. –La rodeó con sus brazos y la abrazó dulcemente.
–Extinguido, claro. Es una locura que esos seres existan, pero dime entones qué es el asesino. –Se separó levemente de él.
–Sería un humano al que conocían y lo dejaron entrar, por eso no forzaron la cerradura.
–Pero tanto la oficina de Albano como la de Lucas tenían las ventanas rotas, mientras que las otras no. Las otras estaban intactas.
–Pero eso supondría que entraron por las oficinas del ático y que el asesino bajó expresamente las escaleras para matar a los demás humanos y esta hipótesis carece de sentido.
–Y si fueron más de uno…
Elric le dio golpecitos a la cabeza.
–Toc, toc. Dejemos que los hombres de Leetham hagan el trabajo, y volvamos a casa. Todos necesitamos descansar.
–Espera un momento, quiero hablar con Sasha.
Separó los brazos que la rodeaban y se apartó aún más de él.
–Es cierto, ahora sois íntimas amigas.
–Le salvé la vida.
–Cierto.
–Ser mi amiga es lo mínimo.
Elric rió.
–Te espero en el coche, entonces.
Y suspiró.
Olivia contó al menos diez oscuros monovolúmenes estacionados a lo largo de la calle donde se encontraba el edificio. Los hombres de Leetham eran sigilosos, raudos y muy pero que muy discretos. Todos ellos vestían de color negro para ocultarse en la oscuridad y su tono de voz era tan bajo que Olivia dudaba de que hablasen en realidad. Leetham había perdido a un gran amigo y lo estaría pasando muy mal a pesar de que él se mostrase duro, distante y malhumorado. No era su chica favorita aquella noche y lo comprendía.
Anduvo mirando hacia un lado y el otro buscando a Sasha. Necesitaba desahogarse con ella y contarle sus dudas. Se había creado un lazo muy fuerte de la amistad y esperaba que ella no lo rompiera explicándole a Leetham lo que le había sucedido. Elric insistía en la extinción de los dragones, pero juraba haber visto uno, haberlo tocado y haberlo deseado a pesar de que estaba bastante enamorada de su muerto andante. Pero entonces se preguntó a ella misma, «¿qué es amor? ¿estoy realmente enamorada? ¿cómo puedo afirmar estar enamorada y desear a otro hombre?» La cabeza le volvía a dar vueltas, y sus dudas internas empezaban a ponerla enferma. No tenía que pensar tanto las cosas.
Por fin la vio, a Sasha, arrastrando una camilla con una gran sábana oscura encima de un cuerpo que ella dedujo que era de una víctima. Aquel día Sash desprendía una fuerza y una energía que iluminaba a todos los de su alrededor, vestida con unos shorts, demasiado shorts para el gusto de Olivia y una camiseta de tirantes. Se había recogido el cabello con una coleta y se había cortado el flequillo en forma recta. Sus ojos eran la envidia de cualquier mujer con los ojos marrones y vulgares de Olivia. Se acercó a ella.
–Sash –gritó. La joven vampiro la miró extrañada–. Necesito hablar –pronunció exagerando cada vocal y consonante para que le leyera los labios.
Ella dejó todo lo que estaba haciendo, indicó en que furgón tenía que ir aquella camilla en cuestión y corrió hacia ella.
–¿Qué ocurre, amiga? –preguntó con una sonrisa.
Desde que quebrantara las órdenes de Leetham de matarla que la llamaba amiga. No sabía aún cómo pero la mujer había logrado ganarse la confianza del presidente de la Cámara de Sabios y ahora estaban muy unidos. Definitivamente era feliz.
–Aquí, no. Es privado. –La miró fijamente para que entendiera que la palabra privado significaba que nadie, incluidos Leetham y Elric podían saber qué le iba a contar.
–Vale. –Giró el cuello y vio a Leetham hablando con uno de sus hombres de mayor confianza. Ella le hizo un gesto con la cabeza, y él entendió que se apartarían de allí– Vayámonos a la otra calle.
–De acuerdo.
Anduvieron durante cinco minutos hasta llegar a un pequeño parque infantil protegido por vallas de madera. Se sentaron en uno de sus bancos. Olivia cerró los ojos para concienciarse del gran paso que iba a dar.
–Primero de todo quiero que quede claro que esto queda entre nosotras. No Elric, no Leetham, no Mika, no nadie, ¿de acuerdo?
–Claro que sí. Lo he supuesto desde el principio. ¿Por qué tanto misterio?
–Sasha, creo que he visto un dragón.
Hubo un breve silencio.
–¿Dragón? ¿Un dragón de Komodo?
–No, un dragón dragón. Bueno más bien un hombre-dragón.
El tiempo se detuvo durante unos instantes hasta que Sasha estalló con una gran carcajada.
–Olivia, amiga, dame de lo que fumas, en serio. Tienes una manera muy peculiar de solventar los traumas.
–Es en serio, he visto un hombre-dragón. –Se levantó indignada– Y me ha hablado.
–Claro que sí, cielo. –Sasha seguía con la risa. Se levantó y agarró ambos brazos de Olivia– Entiendo que consideres que todo lo que está pasando es una locura o un sueño, pero no nos tomes el pelo. Todo el mundo sabe que los dragones no existen, y sabes lo que sí existe: existen las dos reinas vampiro más terribles, crueles y vengativas que haya tenido nuestra raza, y también un Medallón creado a partir de la magia del último dragón vivo que existió hace miles de años, que por lo que sea se te ha filtrado a la piel. –Apretó con tal fuerza que creo en la piel de Olivia dos grandes morados– Pero los dragones no existen –le soltó–. Y no te preocupes no le contaré esta locura a nadie. Ya era lo que faltaba, que a la Protectora del Medallón se le fuera la cabeza.
Y se marchó dejándola sola en el parque. Olivia quedó descompuesta, y unas lágrimas de decepción recorrieron sus mejillas «Gracias, amiga», se dijo irónicamente.

Volvió a sentarse en el banco abatida y llorando en silencio. Había sido muy mala idea confiar en una amiga recién estrenada, era como la ropa recién comprada, siempre había un período de prueba, y Sasha parecía que no la superaría, o tal vez el problema fuera ella… No entendía cómo pero cuantos más minutos pasaba allí sola esperando a la nada, más se convencía de que tal vez todo hubiese sido una alucinación. Que aquella situación la estaba superando y de que los nervios le estaban pasando una mala jugada. «Mierda todo», blasfemó procurando interrumpir el goteo continuo de lágrimas, se las enjuagó y notó que la piel empezaba a arder debajo de la ropa. Le ardía en especial ente sus pechos, donde se encontraba el Medallón. Unos sudores la invadieron, y también una sensación de presión y agobio que la dejaba sin respiración. Se tiró al suelo, oprimiendo el pecho con las manos y con unos sofocos increíbles. La temperatura de su cuerpo iba ascendiendo a unos niveles inhumanos y toda la ropa estaba empapada de un sudor que le invadía incluso los ojos. Se quitó la camiseta y la tiró al suelo, ya que la tela le producía un terrible escozor en estómago, pecho y espalda. Se levantó con terribles convulsiones, sus rodillas temblaban y casi no era capaz de ponerse de pie. La cabeza empezaba a estallarle, y sentía como si algo intentara salir de la frente.
Olivia siempre había padecido de jaquecas y migrañas a lo largo de su vida, y era bastante inmune, pero aquellos punzadas y latigazos que sentía eran tan intensos que le entraban ganas de darse cabezazos contra la pared para que se detuviesen, a aquel dolor se le sumó la espalda. Era como si la columna vertebral quisiera salir de la espalda, parecía tener vida propia y presionaba todos los músculos y la piel para salirse. Olivia no podía aguantar más. Había quedado yaciendo en forma de ovillo entre la tierra del suelo del parque. Las lágrimas hervían en sus ojos y dentro de la garganta parecía haber  puro fuego. «Elric, Elric», gritaba con casi el último aliento de esperanza y de fuerza que le quedaba. «Ayúdame, cabrón».
Una ágil sombra apareció de ente unos arbustos que habían en el lateral izquierdo. Era tan grande como una montaña y tan escurridiza como una serpiente. De nuevo, era él.
–Elric no vendrá. Ya no te siente –dijo marcando aún más su acento.
–¿Eres tú quién me está haciendo esto? –preguntó alzando la cabeza con el rostro lleno de tierra, sangre, y lágrimas.
–Lo siento, querida. Esto te lo estás haciendo tú sola. –Se agachó y con una mano alzó su rostro.
–Entonces me has matado y estoy en el infierno. –Rehusó su complicidad. Y con una mano protegiéndose el cuerpo y la otra sujetándose a una de las baldas de madera del banco, fue levantándose lentamente.
–Te contaré un secreto. El infierno no existe. –Estiró el brazo para ayudarla pero ella la rechazó.
–En ese caso, ¿de dónde has salido, si no es del infierno?
El desconocido no respondió, se mantuvo callado y mirándola fijamente a los ojos.
–Me dijeron que ya estabas preparada.  –Dio media vuelta para irse.
–¿Preparada para qué? –preguntó ella estirando las piernas e intentando dar algún paso.
–Para desposarte conmigo, prometida.
Todo el cuerpo de Olivia estalló en llamas cuando oyó aquellas palabras, y no pudo evitar dirigir la mirada a su trasero. «No, eso no está bien. Eres una pervertida», no dejaba de decirse intentando mirar hacia otro lado.
–¿Prometida? –preguntó sin atrever a mirarle a los ojos.
–¿Por qué crees que llevo estos accesorio de plata en las puntas de mis alas? –Las extendió y le señaló lo que parecían dedales puntiagudos colocados en los huesos que sobresalían de sus alas de murciélago. Olivia podía contar cinco de aquellos anillos tan característicos ya que brillaban con mucha intensidad–. Si estuviera soltero no los llevaría y si estuviera casado los llevaría de oro.
–Así que esto es lo que para nosotros serían los anillos de prometido y de casado. Interesante, pero yo ni tengo esas alas, ni esos anillos raros ni nada, así que estás equivocado. –El dolor había mitigado en medio de la conversación.
–¿Te encuentras mejor?
–Sí, lo peor parece haber pasado ya. –Se sentó en el banco con un dolor de espalda terrible y dio un pequeño respingo cuando notó que alguien se sentaba a su lado. «Mirada fija, mirada fija». Aquella era su gran oportunidad– Me dirás qué y quién eres.
–Aún no nos hemos ni casado y ya te tomas la libertad de ordenarme.
–¡Quieto ahí! Que te quede claro que ni soy ni seré tu esposa nunca, y no quiero que vuelvas a repetir esa idea nunca más. Soy demasiado joven para estar prometida y menos para casarme. –Se levantó y le encaró– Además ni te conozco y tengo novio –Mierda, ya estaba desvariando–. ¿Y por qué narices no llevas camiseta? Pero ponte algo encima por dios.
–En tu mundo hace un calor terrible.
–Te aconsejo que vengas en invierno, se está mejor. – Se cruzó los brazos  y arrugó las cejas– Qué dolor de cabeza.
–¿Te duele aquí? –Y con un dedo le presionó en el centro de la frente.
–Mierdas, pero qué haces. Claro que duele.
–Tienes un bulto y se ve bastante. –Acercó el rostro al suyo y le examinó la zona.
–Será un chichón. –Giró el cuello y le retiró la mirada.
–Un chichón de color rojo. No sabía que había de esos por aquí.
–Eso es que me lo he echo hace poco, ya desaparecerá.
–Como ese tatuaje que tienes ahí. –Le señaló el canalillo.
Por todos los dioses, se había olvidado que iba con el sujetador al aire.
–Tienes unos grandes y bonitos pechos. No como tu madre, ella es extremadamente delgada, aunque como todavía estás creciendo tendrás que dar todavía el estirón.
–¿Estirón? ¿De qué me estás hablando? Yo ya no voy a crecer más, que tú seas un gigante de diez metros no significa que todos tengamos que ser altos.
–No pretendía ofenderte, sino decirte la verdad. –Se levantó y la cogió de la mano–  no debe faltar mucho para que cambies.
–No entiendo nada de lo que me estás hablando, pero sinceramente estoy demasiado agotada y cansada. Dime tu nombre o lárgate, y sí, se trata de una orden.
El desconocido rió levemente.
–Mi nombre es Seth, Olivia, y creo que ya sabes qué soy.
–¿Espías mis conversaciones con mis amigas, hombre-dragón?
–Si a eso lo llamas amistad, entonces sí, espío tus conversaciones con tus amigas. Aunque te ha dejado un poco tirada…
–Cállate. No digas nada más.
–Es duro que todo el mundo te aparte de su vida porque te consideran diferente.
–¿Traumas de infancia?
–Más bien de la tuya. Que si nadie me quiere porque soy diferente, que si nadie quiere ser amigo mío porque nadie me entiende y que si para estar mal acompañada mejor estar sola, y me gusta la soledad.
–Eso no es cierto, yo no sueno tan patética.
–Es justamente como suenas. Y ahora llora si quieres e insultame como haces siempre, pero por más que te esfuerces en negarlo esa es la verdad.
–¿Qué me van a importar las palabras de un desconocido que sólo quiere verme sufrir?
–Sólo quiero que avances, que mejores, que madures de una vez y después… –empezó a decir mientras Olivia notaba un terrible escozor en el estómago y la laringe.
–Creo que ya he tenido demasiadas aventuras por hoy.  –Tan buen punto dijo aquellas palabras, un chorro de sangre empezó a salir por su boca y salpicó a Seth– Que te follen, hombre-dragón. –Y cayó al suelo abatida.
Seth se la quedó mirando inexpresivo.
–Y pensar que tiene mi misma edad.

Una pesadilla, todo se trataba de una pesadilla provocada por el estrés y los nervios. Más bien aquello era lo que ella deseaba. Aún permanecía con los ojos cerrados, aunque por la comodidad en la que se encontraba se arriesgaba a decir que estaba sobre un colchón, pero en el colchón de qué cama. Aquella pregunta podría resolverla abriendo los ojos, pero se encontraba tan a gusto que no le apetecía para nada volver a su caótica y vida sin sentido.
–Hola, preciosa. Buenos días –saludó Elric bien atento con amplia sonrisa.
–¿Qué hora es? –preguntó, buscando un reloj con la mirada. Tenía que ir a trabajar.
–Las diez y cinco minutos. Hace poco que ha anochecido.
«A la mierda el trabajo otra vez», pensó resignada.
–Dime una cosa, ¿cómo es que eres capaz de salir bajo el sol? ¿Los vampiros no se achicharran?
–Todos tenemos cierta resistencia al sol, y cuanto más viejo somos más resistencia tenemos, aunque esa es la norma general, hay excepciones como en el caso de las reinas e Ysabel.
–Dime cómo está mi frente –pidió, deshaciéndose de las sábanas. Por dios que calor hacia allí.
–Especifica.
Se sentó a un lado de la cama.
–Ayer me di un fuerte golpe en la cabeza y quiero saber si ha dejado señal.
–Tú y las marcas, Olivia, siempre apareces con alguna nueva. –Le apartó el flequillo barrido que le tapaba la frente, y en cuanto lo vio abrió los ojos exageradamente– Joder, Olivia lo que te ha salido ahí.
Se levantó alarmada, y por las prisas se comió la doble altura del dormitorio y se cayó.
–Joder, qué daño. –Se levantó, ignorando la herida de la rodilla y fue directa al espejo del baño.
Se miró y se le descompuso el rostro incapaz de comprender nada.
–Aaaaaaaaaah, ¿qué mierdas es esto? –gritó medio afónica.
Elric apareció detrás de ella y se lo inspeccionó.
–Por la forma y el color parece un Piropo.
–¿Piropo? ¿Qué carajas es un Piropo?
–Es un mineral que en griego πυρωπός, significa  fuego y ojo.  Es un mineral precioso y tiene una brillantez espectacular.
–¿Puede saberse por qué no dejan de emerger objetos de mi cuerpo? ¿Y ahora qué significa esto?
–No desesperes, podemos disimular la piedra si te cortas el flequillo recto… y con un poco de maquillaje también. Eso sí, cuando salga del todo…
–Voy a ser bicho raro. –Se apoyó en el mármol del baño y respiró hondo.
–Sí, completamente.
El hombre se dirigió al comedor y cogió las llaves del coche. Iba vestido con unos tejanos piratas y una camiseta blanca de tirantes.
–¿A dónde vas? –Después de formular la pregunta se sintió un tanto estúpida ya que se dio cuenta a dónde iba. Al funeral de Albano–. ¿Quieres que te acompañe?
–Mejor que no, descansa. Anoche te encontré tirada en el suelo rodeada de sangre.
–Serán los nervios.
–Nadie escupe sangre por los nervios. Ya le he dicho a Leetham lo que te ha sucedido y no le importa, me ha pedido que te cuides y no hagas tonterías. Y he hablado con Sasha… –Agachó la cabeza y quedó pensativo.
«Mierda, esa chivata lo había contado todo», pensó.
–Cuando vuelva quiero que hablemos. Todo está sucediendo muy rápido y casi ni hemos hablado. –Dio medio vuelta y abrió la puerta para irse.
–Elric… –le detuvo.
–¿Sí? –giró el cuello y se la quedó mirando.
–¿No vas a darme un beso? –preguntó avergonzada en medio de la sala de estar.
–Claro, pero cuando vuelva. Así te dejo con las ganas.
«Yo también te quiero», pensó mientras lo veía irse por el pasillo. Quedó allí de pie, como quien no tiene nada que hacer más que ver la vida pasar, o como una amar de casa aburrida y harta de la monotonía. En su caso, monotonía era lo que más deseaba en aquel momento, pero al verse sola en cierta medida le mostró lo insignificante que en realidad era. Seth y sus estúpidas palabras no parecían borrarse de su mente, a pesar de desear que no fuera más que un personaje fruto de su imaginación, sus acusaciones la habían marcado en cierta medida. Pero y a pesar de todo lo que le estaba sucediendo y lo que sucedía a su alrededor, no podía olvidar que todavía era una cría, que, en comparación con Elric, se diría que había nacido hacía cuatro días, y con aquella diferencia de edad era comprensible que se reflejara en sus actuaciones. Lo que más la intrigaba era que mientras aquel tal Seth la acusaba de infantil, a Elric le parecía bien su personalidad, no tenía ninguna queja, a menos que se estuviera callando, entonces sí que sería una muestra de cobardía por su parte.
Seth, el hombre-cabrón, como ella lo había rebautizado, era todavía un misterio por descubrir, así como su supuesto compromiso con aquel sujeto tan… Sí, por qué no decirlo, sexy. Y de momento sabía dos cosas: que estaba cambiando abismalmente y esperaba que no para mal a pesar del nuevo pedrusco que le había salido en la frente y que, a menos que demostrase lo contrario, no pensaba volver a confiar en Sasha nunca más. Estaba muerta para ella.
Cogió el móvil y llamó a la segunda amiga y en la que sabía que podía confiar.
–¿Viola? –preguntó al no oír a nadie en la otra línea del teléfono.
–¿Liv? –respondió–. Liv, tía eres tú. ¡Qué gran ilusión!
–Viola necesito hablar.
–Cielo, ahora no puedo, estoy con Mika y su hermana.
Era cierto, se le olvidaba que ahora Viola estaba con Mika y que su padre había muerto… por su culpa.
–¿Es importante? –insistió preocupada.
–No, para nada. Sólo era porque hacia mucho tiempo que no oía tu voz.
–Qué tierna. Liv, te adoro. Eso sí, tenemos que quedar para ponernos al día.
–Por supuesto. –Fingió una sonrisa.
–Te dejo. Besos.
Y colgó.
Menudo éxito.
Seth, el cabrón, Seth, el cabrón, Seth, el cabrón… Era capaz de escribirlo mil veces en un bloc de notas. ¿Se estaría obsesionando, acaso? Aquel era un hombre que la irritaba todavía más que el propio Elric, y que no sabía si intencionadamente, le había desvelado un montón de información que ella desconocía. Su mayor problema era que lo consideraba un tío raro que no dejaba de burlarse de ella. Mira que decir que si estaban prometidos. Qué tontería más grande, o que si todavía tenía que crecer. Ya hacía cuatro años que no crecía un centímetro y ahora venía aquel hombre- cabrón alado y le daba falsas esperanzas.
También había comentado algo de su madre, pero su descripción no podía estar más lejos de la realidad. ¿Extremadamente delgada? Si su madre era una mujer entrada en carnes. Aunque deseara no pensar en ello no podía ignorar todas los sucesos raros que le ocurrían desde hacía un año. Tal vez si aquel hombre-cabrón se explicara mejor podría llegar a entender a qué se refería con todo aquello del cambio.
Se le erizaron los vellos del brazo y un calor interno empezó a abrasarla de nuevo. «Otra vez no», suplicó. Notaba una fuerte tirantez en la frente. Aquella maldita piedra quería salir de una vez por todas.
Dando tumbos llegó al sofá, donde se tumbó colocando las piernas en alto, pero le empezó a faltar la respiración y los sofocos volvieron esta vez más intensos.             Necesitaba una ducha fría, bien fría.
De camino al cuarto de baño fue quitándose la enorme camisa de Elric, el sujetador, los pantalones, las bragas, tirándolo todo al suelo y dejando un rastro a su paso. Abrió la mampara de la ducha y el grifo en la opción de gélido polar.
–¿Otra vez los sofocos? –le preguntó al oído.
Olivia pegó un saltó, se resbaló y se cayó aparatosamente dentro de la ducha.
–¿Te has hecho daño? –Se arrodilló y la ayudó a levantarse. La muy patosa se había caído hacia atrás, propinándose un fuerte golpe en la cabeza y rasgándose las palmas de las manos.
–Déjame en paz, hombre- cabrón –se quejó sin abrir los ojos. Sólo de pensar que estaba desnuda delante de él sentía una vergüenza terrible–. Vuelve a tu cueva y no salgas de allí. ¿No tuviste suficiente con lo de ayer?
–¿Eso que veo son lágrimas?
Sí, lo eran. Se encontraba en un momento emocional muy delicado.
–Para nada, ¿cómo voy a llorar yo por un ser tan cruel como tú?
–No quería importunarte, simplemente quería asegurarme de que te encontraban bien.
–Después de dejarme sangrando, sola y tirada como una colilla. He visto monos más inteligentes. –Aceptó la mano que le prestaba y se puso de pie. Abrió al fin los ojos. Y se arrepintió de inmediato de haberlo hecho. Quien la hubiera comprometido con él sin duda tenía muy buen gusto.
–Háblame del cuerno, ¿qué sabes? –Lo agarró por la camisa y se juntó a su cuerpo. Pero una vez más volvió a notar un gran fuego hervía en su interior–. Me estoy muriendo de calor.
–Entra en la ducha. –La empujó dentro y cerró la mampara de golpe.
–Espe…
–¿Quieres que entre contigo? –preguntó interrumpiéndola. Tenía su rostro demasiado cerca.
–Lo que quiero es asegurarme de que no saldrás volando –contestó con media cabeza fuera de la ducha–. ¿Y tus alas, por cierto?
–En mi cuerpo. –Sin avisar mostró unas escamas en el cuello.
–Ya veo. –Volvió a cerrar la mampara y le dejo fuera.
Olivia notaba que volvía a la normalidad. El gélido agua que en el pasado habría rechazado y gritado como una posesa para que ni siquiera la rozase, ahora caía a chorros encima de su cuerpo, enjabonándoselo y cantando canciones absurdas que le venían en mente. ¿No era una infantil? Pues se comportaría como tal. Un leve chirrido empezaba a oírse mientras la mampara se abría. Olivia se enjuagó los ojos que tenía llenos de jabón y abrió uno de ellos.
–¿Que narices haces aquí dentro? –le preguntó.
–Las temperaturas altas me desesperan. Quería refrescarme un poco, y como ya te he visto desnuda, he pensado que no te importaría –confesó buscando el chorro de agua y recolocándose dentro de la ducha para que cupieran ambos con comodidad.
–Te repito que tengo novio.
–¿Un vampiro, verdad? Dudo que a los demás les guste la idea. –Con una mano cogió el champo y empezó a frotarse la cabeza.
Toda su musculatura se marcaba en aquella posición y Olivia tenía que reprimirse increíblemente para no manosearle aquel estupendo culo que tenía, por no hablar de sus brazos, y que piernas, y su fuerte y ancha espalda. Necesitaba más agua, sin duda.
–No dejas de decir «los otros» como si fuera una especie de hermandad estúpida para hombres-dragones estúpidos. Y devuélveme la esponja. –Se la quitó de la mano y resbaló ligeramente. Acabó con la cabeza apoyada a su pecho. «No bajes la mirada, no bajes la mirada», se decía. Pero su éxito fue nulo– ¿Podrías hacer el favor de no apuntarme con «eso»?
–¿Qué «eso»? –preguntó, enjabonándose él también todo el cuerpo–. ¿Esto? –y señaló su pene erecto.
–Exactamente –respondió casi sin aliento. Siempre había creído que el pene de Elric era considerablemente grande, pero como se notaba que no había visto muchos en su vida.
–Es la naturaleza. Echale agua fría. –Bajó el mango de la ducha y se lo dio.
–¿Y por qué no lo haces tú? Es tu pene, no el mío.
Menuda observación más estúpida.
–Porque yo tenía pensado depilarte lo que tienes en la entre… –La mujer se abalanzó sobre él muerta de la vergüenza para detener lo que iba a decir a continuación.
–Cállate. –Estaba tan avergonzada que Seth se conmovió.
Se había agachado considerablemente por el gran abrazo agresivo que había recibido de Olivia, y ella todavía mantenía sus manos sobre su boca.
–¿Puedo hablar ya? –le suplicó, apartándole las manos.
–Escúchame, bicho del infierno, por muy prometido mío que dices que eres, no puedes entrar a la ducha conmigo, no puedes hablar de manera tan obscena y sobre todo, no puedes tratarme como a tu novia o pareja, ya que yo ya tengo a alguien.
–A mí personalmente no me importa que tengas amantes vampiros.
–Pero a mi amante vampiro sí le importará si te ve conmigo dentro de la ducha, y ¿puedes soltarme el culo? –Apartó la mirada y se separó de él.
–¿Te pongo nerviosa? –La acorraló en una esquina y empezó a recorrer uno de sus dedos alrededor de su ombligo.
Lo abofeteó.
–No, me pones furiosa. –Le pegó un empujón y salió de la ducha. ¿Dónde estaban las toallas?
–Y si te digo que te lo explicaré todo a cambio de pasar una noche entera contigo, ¿qué me dirías? –La siguió y elevó su cuello hacia su mirada.
–Te diría que si es cierto que eres mi prometido, y finalmente me tuviese que casar contigo, el chantaje, la intimidación y la extorsión no son la mejor manera de empezar un matrimonio. –Abrió el armario anclado en la pared y encontró unas toallas pequeñas, con una se tapó el cuerpo y con la otra empezó a secarse el pelo.
–También es cierto. Una vez casados no tendré que suplicarte para que vengas a la cama conmigo.
Salió del cuarto de baño y fue hacia la sala de estar, donde se encontraba su ropa tirada en el suelo. No pensaba repetir ropa interior, pero tampoco le daría el placer de ver cómo  hurgaba en los cajones de Elric y le cogía unos bóxers. Así que continuó con la toalla y después de dejar la ropa bien doblada sobre la cama fue directa al sofá. Lamentablemente no podía estarse quieta y no pensaba dejar pasar la oportunidad de sonsacarle a aquel tipo la información que deseaba. Hurgó en unos cajones que estaban debajo de la televisión colgante y encontró el libro que Elric la había enseñado una vez.
–Bicho con alas. –Se levantó del suelo y con el libro en la mano miró al hombre que se encontraba detrás del sofá– ¿Quién es Corinna?
Seth comenzó a reír
–Corinna era un híbrido, mitad humana, mitad dragón. Casada con un vampiro, León de la Kuadra, y dio a luz a ¿nueve, diez? No recuerdo, pero dio a luz a muchos críos.
–¿Y qué parentesco puedo tener yo con ella?
–Eso es más difícil de explicar. –Desnudo se sentó en el sofá, con las manos apoyadas en las rodillas encorvado hacia delante y las piernas estiradas y separadas. La mujer sabía que sólo intentaba distraerla y tentarla hasta que cediera a los deseos, pero Seth no sabía una cosa, que era muy cabezota.
–Inténtalo. –Dejó caer el libro sobre la mesa.
–No creo que estés preparada.
Otra vez con la misma historia. Empezaba a hartarse de que la tratasen como a una cría. Pudiera ser que lo fuera, pero que se lo recordasen cada dos por tres la enfurecía.
–Escúchame bien, Seth, el cabrón. ¿Recuerdas el Medallón? Pues desde el día que lo encontré me han enterrado viva, me han disparado flechas, han amenazado a mi familia y a mis amigos, me han encerrado en una mazmorra, me han tirado piedras a la cabeza y me han tenido que rapar la cabeza como consecuencia de las heridas. Así que dime, ¿crees que soy lo suficiente fuerte o no para conocer la verdad?
–Olivia –intervino asombrado–, ahora mismo te besaría hasta que nos quedáramos sin aliento.
«Pues hazlo, imbécil. Bésame hasta que se detenga el tiempo».
–Ya se lo pediré a mi novio. ¿Recuerdas que tengo uno, verdad?
–¿Cómo olvidarlo si no dejas de repetírmelo?
Se puso de pie.
«¿Va a irse? No puede irse».
–Explícamelo, por favor. No te lo pediría si no fuera importante para mí. Cuéntamelo antes…
–Antes de que llegue Elric, ¿no? –Colocó sus brazos en jarra.
–Exacto.
–Entonces, Olivia, creo que tendremos que quedar otra vez, ya que lo que me pides me llevará más de media hora. –Fue hacia el baño a recoger su ropa y la llevó al comedor para vestirse allí– Me lo he pasado bien. Podríamos quedar otro día, ¿no?
–Veo que no tienes complejos con tu cuerpo.
–Ni tú tampoco. –Se puso los pantalones ignorando la ropa interior, la camisa sin abrochar, dejando a la vista tal morena y brillante piel, y acabó con una zapatillas Nike de cordones.
–Qué poco me conoces –soltó antes de que saliera por la puerta.
–En ese caso, no deberías tenerlos.
Olivia tragó saliva.
–¿Cómo podremos volver a vernos si no sé tu número? –Fue corriendo hacia la puerta antes de que él la cerrase.
–Cuando quieras verme, me verás, no temas por eso. No te pongas ansiosa.
Y la besó en la frente.
Seth, definitivamente era un cabrón.

Olivia siempre había padecido de jaquecas y migrañas a lo largo de su vida, y era bastante inmune pero aquellos punzadas y latigazos que sentía eran tan intensos que le entraban ganas de darse cabezazos contra la pared para que se detuviesen, a aquel dolor se le sumó la espalda. Era como si la columna vertebral quisiera salir de la espalda, parecía tener vida propia y presionaba todos los músculos y la piel para salirse. Olivia no podía aguantar más. Había quedado yaciendo en forma de ovillo entre la tierra del suelo del parque. Las lágrimas hervían en sus ojos y dentro de la garganta parecía haber  puro fuego. «Elric, Elric», gritaba ella con casi el último aliento de esperanza y de fuerza que le quedaba. «Ayúdame, cabrón».
Una ágil sombra apareció de ente unos arbustos que habían en el lateral izquierdo. Era tan grande como una montaña y tan escurridiza como una serpiente. De nuevo, era él.
–Elric no vendrá. Ya no te siente –dijo marcando aún más su acento.
–¿Eres tú quién me está haciendo esto? –preguntó alzando la cabeza con el rostro lleno de tierra, sangre, y lágrimas.
–Lo siento, querida. Esto te lo estás haciendo tú sola –se agachó y con una mano alzó su rostro.
–Entonces me has matado y estoy en el infierno –rehusó su complicidad. Y con una mano protegiéndose el cuerpo y la otra sujetándose a una de las baldas de madera del banco, fue levantándose lentamente.
–Te contaré un secreto. El infierno no existe –estiró el brazo para ayudarla pero ella la rechazó.
–En ese caso, ¿de dónde has salido tú, si no es del infierno?
El desconocido no respondió, se mantuvo callado y mirándola fijamente a los ojos.
–Me dijeron que ya estabas preparada  –dio media vuelta.
–¿Preparada para qué? –preguntó ella estirando las piernas e intentando dar algún paso.
–Para desposarte conmigo, prometida.
Todo el cuerpo de Olivia estalló en llamas cuando oyó aquellas palabras, y no pudo evitar dirigir la mirada a su trasero. «No, eso no está bien. Eres una pervertida», no dejaba de decirse intentando mirar hacia otro lado.
–¿Prometida? –preguntó sin atrever a mirarle a los ojos.
–¿Por qué crees que llevo estos accesorio de plata en las puntas de mis alas? –las extendió y le señaló lo que parecían dedales puntiagudos colocados en los huesos que sobresalían de sus alas de murciélago. Olivia podía contar cinco de aquellos anillos tan característicos ya que brillaban con mucha intensidad– Si estuviera soltero no los llevaría y si estuviera casado los llevaría de oro.
–Así que esto es lo que para nosotros serían los anillos de prometido y de casado. Interesante, pero yo ni tengo esas alas, ni esos anillos raros ni nada, así que estás equivocado –el dolor parecía que ya había pasado.
–¿Te encuentras mejor?
–Sí, lo peor parece haber pasado ya –se sentó en el banco con un dolor de espalda terrible y dio un pequeño respingo cuando notó que alguien se sentaba a su lado. «Mirada fija, mirada fija». Aquella era su gran oportunidad– Me dirás qué y quién eres.
–Aún no nos hemos ni casado y ya te tomas la libertad de ordenarme.
–Quieto ahí. Que te quede claro que ni soy ni seré tu esposa nunca, y no quiero que vuelvas a repetir esa idea nunca más. Soy demasiado joven para estar prometida y menos para casarme –se levantó y le encaró– Además ni te conozco y tengo novio –Mierda, ya estaba desvariando– ¿Y por qué narices no llevas camiseta? Pero ponte algo encima por dios.
–En tu mundo hace un calor terrible.
–Te aconsejo que vengas en invierno, se está mejor –cruzó los brazos, y arrugó las cejas– Qué dolor de cabeza.
–¿Te duele aquí? –y con un dedo le presionó en el centro de la frente.
–Mierdas, pero qué haces. Claro que duele.
–Tienes un bulto y se ve bastante –acercó el rostro al suyo y le examinó la zona.
–Será un chichón –giró el cuello y le retiró la mirada.
–Un chichón de color rojo. No sabía que había de esos por aquí.
–Eso es que me lo he echo hace poco, ya desaparecerá.
–Como ese tatuaje que tienes ahí –y le señaló el canalillo.
Por todos los dioses, se había olvidado que iba con el sujetador al aire.
–Tienes unos grandes y bonitos pechos. No como tu madre, ella era extremadamente delgada, aunque como todavía estás creciendo tendrás que dar todavía el estirón.
–¿Estirón? ¿De qué me estás hablando? Yo ya no voy a crecer más, que tú seas un gigante de diez metros (exageraba completamente) no significa que todos tengamos que ser altos.
–No pretendía ofenderte, sino decirte la verdad –se levantó y la cogió de la mano–  no debe faltar mucho para que cambies.
–No entiendo nada de lo que me estás hablando, pero sinceramente estoy demasiado agotada y cansada. Dime tu nombre o lárgate, y sí, se trata de una orden.
El desconocido rió levemente.
–Mi nombre es Seth, Olivia, y creo que ya sabes qué soy.
–¿Espías mis conversaciones con mis amigas, hombre-dragón?
–Si a eso lo llamas amistad, entonces sí, espío tus conversaciones con tus amigas. Aunque te ha dejado un poco tirada…
–Cállate. No digas nada más.
–Es duro que todo el mundo te aparte de su vida porque te consideran diferente.
–¿Traumas de infancia?
–Más bien de la tuya. Que si nadie me quiere porque soy diferente, que si nadie quiere ser amigo mío porque nadie me entiende y que si para estar mal acompañada mejor estar sola, y me gusta la soledad.
–Eso no es cierto, yo no sueno tan patética.
–Es justamente como suenas. Y ahora llora si quieres, e insultame como haces siempre, pero por más que te esfuerces en negarlo, esa es la verdad.
–¿Qué me van a importar las palabras de un desconocido que sólo quiere verme sufrir?
–Sólo quiero que avances, que mejores, que madures de una vez y después… –empezó a decir mientras Olivia notaba un terrible escozor en el estómago y la laringe.
–Creo que ya he tenido demasiadas aventuras por hoy.  –y tan buen punto dijo aquellas palabras, un chorro de sangre empezó a salir por su boca y salpicó a Seth– Que te follen, hombre-dragón. –Y cayó al suelo abatida.
–Y pensar que tiene mi misma edad.

Una pesadilla, todo se trataba de una pesadilla provocada por el estrés y los nervios. Más bien aquello era lo que ella deseaba. Aún permanecía con los ojos cerrados, aunque por la comodidad en la que se encontraba la espalda se arriesgaba a decir que estaba sobre un colchón, pero en el colchón de qué cama. Aquella pregunta podría resolverla abriendo los ojos, pero se encontraba tan a gusto que no le apetecía para nada volver a su caótica y sin sentido vida.
–Hola, preciosa. Buenos días –saludó Elric bien atento con amplia sonrisa.
–¿Qué hora es? –preguntó, buscando un reloj con la mirada. Tenía que ir a trabajar.
–Las diez y cinco minutos. Hace poco que ha anochecido.
«A la mierda el trabajo otra vez», pensó resignada.
–Dime una cosa, ¿cómo es que eres capaz de salir bajo el sol? ¿Los vampiros no se achicharran?
–Todos tenemos cierta resistencia al sol, y cuanto más viejo somos más resistencia tenemos, aunque esa es la norma general, hay excepciones como en el caso de las reinas e Ysabel.
–Dime cómo está mi frente –pidió, deshaciéndose de las sábanas. Por dios que calor hacia allí.
–Especifica.
Se sentó a un lado de la cama.
–Ayer me di un fuerte golpe en la cabeza y quiero saber si ha dejado señal.
–Tú y las marcas, Olivia, siempre apareces con alguna nueva –le apartó el flequillo barrido que le tapaba la frente, y en cuanto lo vio abrió los ojos exageradamente– Joder, Olivia lo que te ha salido ahí.
Se levantó alarmada, y por las prisas se comió la doble altura del dormitorio y se cayó.
–Joder, qué daño. –se levantó, ignorando la herida de la rodilla y fue directa al espejo del baño.
Se miró y se le descompuso el rostro incapaz de comprender nada.
–Aaaaaaaaaah, ¿qué mierdas es esto? –gritó medio afónica.
Elric apareció detrás de ella y se lo inspeccionó.
–Por la forma y el color parece un Piropo.
–¿Piropo? ¿Qué carajas es un Piropo?
–Es un mineral que en griego πυρωπός, significa  fuego y ojo.  Es un mineral precioso y tiene una brillantez espectacular.
–¿Puede saberse por qué no dejan de emerger objetos de mi cuerpo? ¿Y ahora qué significa esto?
–No desesperes, podemos disimular la piedra si te cortas el flequillo recto… y con un poco de maquillaje también. Eso sí, cuando salga del todo…
–Voy a ser bicho raro –se apoyó en el mármol del baño y respiró hondo.
–Sí, completamente.
El hombre se dirigió al comedor y cogió las llaves del coche. Iba vestido con unos tejanos piratas y una camiseta blanca de tirantes.
–¿A dónde vas? –después de formular la pregunta se sintió un tanto estúpida ya que se dio cuenta a dónde iba. Al funeral de Albano –¿Quieres que te acompañe?
–Mejor que no, descansa. Anoche te encontré tirada en el suelo rodeada de sangre.
–Serán los nervios.
–No se escupe sangre por los nervios. Ya le he dicho a Leetham lo que te ha sucedido y no le importa, me ha pedido que te cuides y no hagas tonterías. Y he hablado con Sasha… –agachó la cabeza y quedó pensativo.
«Mierda, esa chivata lo había contado todo», pensó.
–Cuando vuelva quiero que hablemos. Todo está sucediendo muy rápido y casi ni hemos hablado –dio medio vuelta y abrió la puerta para irse.
–Elric… –le detuvo.
–¿Sí? –giró el cuello y se la quedó mirando.
–¿No vas a darme un beso? –preguntó avergonzada en medio de la sala de estar.
–Claro, pero cuando vuelva. Así te dejo con las ganas.
«Yo también te quiero», pensó mientras lo veía irse por el pasillo. Quedó allí de pie, como quien no tiene nada que hacer más que ver la vida pasar, o como una amar de casa aburrida y harta de la monotonía. En su caso, monotonía era lo que más deseaba en aquel momento, pero al verse sola en cierta medida le mostró lo insignificante que en realidad era. Seth y sus estúpidas palabras no parecían borrarse de su mente, a pesar de desear que no fuera más que un personaje fruto de su imaginación, sus acusaciones la habían marcado en cierta medida. Pero y a pesar de todo lo que le estaba sucediendo y lo que sucedía a su alrededor, ella no podía olvidar que todavía era una cría, que, en comparación con Elric, se diría que había nacido hacia cuatro días, y con aquella diferencia de edad era comprensible que se reflejara en sus actuaciones. Lo que más la intrigaba era que mientras aquel tal Seth la acusaba de infantil, a Elric le parecía bien su personalidad, no tenía ninguna queja, a menos que se estuviera callando, entonces sí que sería una muestra de cobardía por su parte.
Seth, el hombre-cabrón, como ella lo había rebautizado, era todavía un misterio por descubrir, así como su supuesto compromiso con aquel sujeto tan… Sí, por qué no decirlo, sexy. Y de momento sabía dos cosas: que estaba cambiando abismalmente y esperaba que no para mal a pesar del nuevo pedrusco que le había salido en la frente y que, a menos que demostrase lo contrario, no pensaba volver a confiar en Sasha nunca más. Estaba muerta para ella.
Cogió el móvil y llamó a la segunda amiga y a la que sabía que podía confiar.
–¿Viola? –preguntó al no oír a nadie en la otra línea del teléfono.
–¿Liv? –respondió– Liv, tía eres tú. Qué gran ilusión.
–Viola necesito hablar.
–Cielo, ahora no puedo, estoy con Mika y su hermana.
Era cierto, se le olvidaba que ahora Viola estaba con Mika y que su padre había muerto… por su culpa.
–¿Es importante? –insistió preocupada.
–No, para nada. Sólo era porque hacia mucho tiempo que no oía tu voz.
–Qué tierna. Liv, te adoro. Eso sí, tenemos que quedar para ponernos al día.
–Por supuesto. –fingió una sonrisa.
–Te dejo. Besos.
Y colgó.
Menudo éxito.
Seth, el cabrón, Seth, el cabrón, Seth, el cabrón… Era capaz de escribirlo mil veces en un bloc de notas. ¿Se estaría obsesionando, acaso? Aquel era un hombre que la irritaba todavía más que el propio Elric, y que no sabía si intencionadamente, le había desvelado un montón de información que ella desconocía. Su mayor problema era que lo consideraba un tío raro que no dejaba de burlarse de ella. Mira que decir que si estaban prometidos. Qué tontería más grande, o que si todavía tenía que crecer. Ya hacía cuatro años que no crecía un centímetro y ahora venía aquel hombre- cabrón alado y le daba falsas esperanzas.
También había comentado algo de su madre, pero su descripción no podía estar más lejos de la realidad. Extremadamente delgada si su madre era una mujer entrada en carnes. Aunque deseara no pensar en ello no podía ignorar todas los sucesos raros que le ocurrían desde hacia un año. Tal vez si aquel hombre-cabrón se explicara mejor podría llegar a entender a qué se refería con todo aquello del cambio.
Se le erizaron los vellos del brazo y un calor interno empezó a abrasarla de nuevo. «Otra vez no», suplicó. Notaba una fuerte tirantez en la frente. Aquella maldita piedra quería salir de una vez por todas.
Dando tumbos llegó al sofá, donde se tumbó colocando las piernas en alto, pero le empezó a faltar la respiración y los sofocos volvieron esta vez más intensos.     Necesitaba una ducha fría, bien fría.
De camino al cuarto de baño fue quitándose la enorme camisa de Elric, el sujetador, los pantalones, las bragas, tirándolo todo al suelo y dejando un rastro a su paso. Abrió la mampara de la ducha, y el grifo en la opción de gélido polar.
–¿Otra vez los sofocos? –le preguntó al oído.
Olivia pegó un saltó, se resbaló y se cayó aparatosamente dentro.
–¿Te has hecho daño? –se arrodilló y la ayudó a levantarse. La muy patosa se había caído hacia atrás, propinándose un fuerte golpe en la cabeza y rasgándose las palmas de las manos.
–Déjame en paz, hombre- cabrón. –se quejó sin abrir los ojos. Sólo de pensar que estaba desnuda delante de él sentía una vergüenza terrible– Vuelve a tu cueva y no salgas de allí. ¿No tuviste suficiente con lo de ayer?
–¿Eso que veo son lágrimas?
Sí, lo eran. Se encontraba en un momento emocional muy delicado.
–Para nada, ¿cómo voy a llorar yo por un ser tan cruel como tú?
–No quería importunarte, simplemente quería asegurarme de que te encontraban bien.
–Después de dejarme sangrando, sola y tirada como una colilla. He visto monos más inteligentes. –aceptó la mano que le prestaba y se puso de pie. Abrió al fin los ojos. Y se arrepintió de inmediato de haberlo hecho. Quien la hubiera comprometido con él sin duda tenía muy buen gusto.
–Háblame del cuerno, ¿qué sabes? –lo agarró por la camisa y se juntó a su cuerpo. Pero una vez más volvió a notar un gran fuego hervía en su interior– Me estoy muriendo de calor.
–Entra en la ducha –la empujó dentro y cerró la mampara de golpe.
–Espe…
–¿Quieres que entre contigo? –preguntó interrumpiéndola. Tenía su rostro demasiado cerca.
–Lo que quiero es asegurarme de que no saldrás volando –contestó con media cabeza fuera de la ducha– ¿Y tus alas, por cierto?
–En mi cuerpo –sin avisar mostró unas escamas en el cuello.
–Ya veo –volvió a cerrar la mampara y le dejo fuera.
Olivia notaba que volvía a la normalidad. El gélido agua que en el pasado habría rechazado y gritado como una posesa para que ni siquiera la rozase, ahora caía a chorros encima de su cuerpo, enjabonándoselo y cantando canciones absurdas que le venían en mente. ¿No era una infantil? Pues se comportaría como tal. Un leve chirrido empezaba a oírse mientras la mampara se abría. Olivia se enjuagó los ojos que tenía llenos de jabón y abrió uno de ellos.
–¿Que narices haces aquí dentro? –le preguntó.
–Las temperaturas altas me desesperan. Quería refrescarme un poco, y como ya te he visto desnuda, he pensado que no te importaría –confesó buscando el chorro de agua y recolocándose dentro de la ducha para que cupieran ambos con comodidad.
–Te repito que tengo novio.
–¿Un vampiro, verdad? Dudo que a los demás les guste la idea –con una mano cogió el champo y empezó a frotarse la cabeza.
Toda su musculatura se marcaba en aquella posición y Olivia tenía que reprimirse increíblemente para no manosearle aquel estupendo culo que tenía, por no hablar de sus brazos, y que piernas, y su fuerte y ancha espalda. Necesitaba más agua, sin duda.
–No dejas de decir «los otros» como si fuera una especie de hermandad estúpida para hombres-dragones estúpidos. Y devuélveme la esponja. – se la quitó de la mano y resbaló ligeramente. Acabó con la cabeza apoyada a su pecho. «No bajes la mirada, no bajes la mirada», se decía. Pero su éxito fue nulo– ¿Podrías hacer el favor de no apuntarme con «eso»?
–¿Qué «eso»? –preguntó, enjabonándose él también todo el cuerpo– ¿Esto? –y señaló su pene erecto.
–Exactamente –respondió casi sin aliento. Siempre había creído que el pene de Elric era considerablemente grande, pero como se notaba que no había visto muchos en su vida.
–Es la naturaleza. Echale agua fría –bajó el mango de la ducha y se lo dio.
–¿Y por qué no lo haces tú? Es tu pene, no el mío –menuda observación más estúpida.
–Porque yo tenía pensado depilarte lo que tienes en la entre… –la mujer se abalanzó sobre él muerta de la vergüenza para detener lo que iba a decir a continuación.
–Cállate –estaba tan avergonzada que Seth se conmovió.
Se había agachado considerablemente por el gran abrazo agresivo que había recibido de Olivia, y ella todavía mantenía sus manos sobre su boca.
–¿Puedo hablar ya? –le suplicó, apartándole las manos.
–Escúchame, bicho del infierno, por muy prometido mío que dices que eres, no puedes entrar a la ducha conmigo, no puedes hablar de manera tan obscena y sobre todo, no puedes tratarme como a tu novia o pareja, ya que yo ya tengo a alguien.
–A mí personalmente no me importa que tengas amantes vampiros.
–Pero a mi amante vampiro sí le importará si te ve conmigo dentro de la ducha, y ¿puedes soltarme el culo? –apartó la mirada y se separó de él.
–¿Te pongo nerviosa? –la acorraló en una esquina y empezó a recorrer uno de sus dedos alrededor de su ombligo. Lo abofeteó.
–No, me pones furiosa –le pegó un empujón y salió de la ducha. ¿Dónde estaban las toallas?
–Y si te digo que te lo explicaré todo a cambio de pasar una noche entera contigo, ¿qué me dirías? –la siguió y elevó su cuello hacia su mirada.
–Te diría que si es cierto que eres mi prometido, y finalmente me tuviese que casar contigo, el chantaje, la intimidación y la extorsión no son la mejor manera de empezar un matrimonio –abrió el armario anclado en la pared y encontró unas toallas pequeñas, con una se tapó el cuerpo y con la otra empezó a secarse el pelo.
–También es cierto. Una vez casados no tendré que suplicarte para que vengas a la cama conmigo.
Salió del cuarto de baño y fue hacia la sala de estar, donde se encontraba su ropa tirada en el suelo. No pensaba repetir ropa interior, pero tampoco le daría el placer de ver cómo  hurgaba en los cajones de Elric y le cogía unos bóxers. Así que continuó con la toalla y después de dejar la ropa bien doblada sobre la cama fue directa al sofá. Lamentablemente no podía estarse quieta y no pensaba dejar pasar la oportunidad de sonsacarle a aquel tipo la información que deseaba. Hurgó en unos cajones que estaban debajo de la televisión colgante y encontró el libro que Elric la había enseñado una vez.
–Bicho con alas. –se levantó del suelo y con el libro en la mano miró al hombre que se encontraba detrás del sofá– ¿Quién es Corinna?
Seth comenzó a reír
–Corinna era un híbrido, mitad humana, mitad dragón. Casada con un vampiro, León de la Kuadra, y dio a luz a ¿nueve, diez? No recuerdo, pero dio a luz a muchos críos.
–¿Y qué parentesco puedo tener yo con ella?
–Eso es más difícil de explicar –desnudo se sentó en el sofá, con las manos apoyadas en las rodillas encorvado hacia delante y las piernas estiradas y separadas. La mujer sabía que sólo intentaba distraerla y tentarla hasta que cediera a los deseos, pero Seth no sabía una cosa, que era muy cabezota.
–Inténtalo –dejó caer el libro sobre la mesa.
–No creo que estés preparada.
Otra vez con la misma historia. Empezaba a hartarse de que la tratasen como a una cría. Pudiera ser que lo fuera, pero que se lo recordasen cada dos por tres la enfurecía.
–Escúchame bien, Seth, el cabrón. ¿Recuerdas el Medallón? Pues desde el día que lo encontré me han enterrado viva, me han disparado flechas, han amenazado a mi familia y a mis amigos, me han encerrado en una mazmorra, me han tirado piedras a la cabeza y me han tenido que medio rapar la cabeza como consecuencia de las heridas. Así que dime, ¿crees que soy lo suficiente fuerte o no para conocer la verdad?
–Olivia –intervino asombrado –ahora mismo te besaría hasta que nos quedáramos sin aliento.
«Pues hazlo, imbécil. Bésame hasta que se detenga el tiempo».
–Ya se lo pediré a mi novio. ¿Recuerdas que tengo uno, verdad?
–¿Cómo olvidarlo si no dejas de repetírmelo?
Se puso de pie.
«¿Va a irse? No puede irse».
–Explícamelo, por favor. No te lo pediría si no fuera importante para mí. Cuéntamelo antes…
–… antes de que llegue Elric, ¿no? –colocó sus brazos en jarra.
–Exacto.
–Entonces, Olivia, creo que tendremos que quedar otra vez, ya que lo que me pides me llevará más de media hora. –fue hacia el baño a recoger su ropa y la llevó al comedor para vestirse allí– Me lo he pasado bien. Podríamos quedar otro día, ¿no?
–Veo que no tienes complejos con tu cuerpo.
–Ni tú tampoco –se puso los pantalones ignorando la ropa interior, la camisa sin abrochar, dejando a la vista tal morena y brillante piel, y acabó con una zapatillas Nike de cordones.
–Qué poco me conoces – soltó antes de que saliera por la puerta.
–En ese caso no deberías tenerlos.
Olivia tragó saliva.
–¿Cómo podremos volver a vernos si no sé tu número? –fue corriendo hacia la puerta antes de que él la cerrase.
–Cuando quieras verme, me verás, no temas por eso. No te pongas ansiosa.
Y la besó en la frente.
Seth, definitivamente era un cabrón.

Todo allí arriba era oscuro. Un inmenso mar negro flotante asediado por el viento y la corriente. Seth había salido disparado tan deprisa que no había tenido tiempo para reaccionar. ¿Cómo negarse aún más a él? La había ayudado a reprimir la bestia que parecía que dormía en su interior y despertaba sin avisar, así que se dejó llevar…

Cuando sintió la mano de Lucrecia oprimiéndole la garganta no pudo pensar en nada más que en su muerte. La había pedido explicaciones sobre el paradero de la que seguramente sería su amante, Ann, y por ella había estado a punto de matarla. Pero lo que más la decepcionaba era que Elric ni tan siquiera había aparecido a lo lejos, no la había sentido, ni oído. Se suponía que existía una conexión entre ambos a causa del Medallón, pero ésta estaba fallando estrepitosamente. Tras la muerte de Albano parecía que cada uno vivía en su universo y que ella tenía que apañárselas sola -y por más que lo negara en voz alta, ella odiaba la soledad. Tal vez y sólo tal vez fuera por eso que le daba tantas libertades a Seth, porque se sentía sola, porque ya no creía confiar en nadie, porque ya no sabía ni quién era. Tanto desconcierto la llevaba al desespero, y cuando más triste y decepcionada estaba, más necesitaba la calidez de su madre. Hacía mucho que no la veía, desde la visita de Calus, y ni tan siquiera la había llamado para preguntarle cómo estaba.

El viento que le azotaba la piel era tan cálida como la arena del desierto, y sentía como el aire se le estampaba contra el rostro, temblándole los labios y presionándole los dientes. Seth no había abierto la boca. Se lo veía más serio de lo normal. Tan sólo lo había visto en un par de ocasiones, pero cada vez más parecía que lo conociera de toda la vida. Y tanta seriedad la hacía desconfiar.

–Estás muy callado –le dijo para romper el hielo.

El hombre (dragón) enmudeció al principio, pero tras un gruñido interno, dijo:

–Voy a dar un paso que no sé si debo. Si me equivoco contigo te aseguro que ambos encontraremos la muerte.

Equivocarse, reflexionó Olivia. Entre los dos quién más se había equivocado había sido precisamente ella. Por otro lado, sus dudas eran legítimas, aunque la muchacha desconocía el alcance de sus palabras.

–Entonces no estás seguro de que yo sea la persona que estáis buscando –dijo al final, dubitativa sobre si preguntar o no.

–Ser lo eres, pero tu amistad con los vampiros me hace dudar de qué lado te posicionarás.

–Así que esto va de divisiones –exclamó con dientes apretados por el frío–. A parte del negro y el blanco ¿sabes que existen los grises?

–Esto no es un debate sobre la combinación de colores, el resultado de sus mezclas o caer en tópicos, pero te aseguro que cuando lo veas te quedará todo bien claro. Y más vampiros morirán.

–Recuerda que amo a Elric.

–Eso ya lo veremos  –susurró él con mirada letal.

Descendieron en picado hacia el descampado que los vecinos más cercanos utilizaban como aparcamiento, cerca de su casa. Y Seth dejó que se separara.

–Tardaré unos segundos. Espérame aquí –ordenó.

Lo miró de reojo con desconcierto y fue corriendo hacia el portal.

Subió en el ascensor y abrió la puerta de su piso. Nada había cambiado. Todo estaba tan en orden que a Olivia le daba reparo tocar nada. Por lo que parecía su madre estaba en su habitación y no la había oído. Pensó que sería buena idea darle un pequeño susto, así que, sin hacer el menor ruido fue hacia la puerta de la habitación y empezó a abrirla lentamente para no avisar de su presencia. La vio sentada, de cara a la pantalla del ordenado, vestida con aquella ropa desgastada que sólo se podía utilizar para estar cómoda en casa, y con el auricular del teléfono en la oreja. Por un momento se preguntó con quién hablaba. Mary asentía seria, así que supuso que serían del banco. Qué agradable era recibir una llamada del banco. Esperó a que la mujer acabara, ya que no era de buena educación interrumpir a alguien mientras habla por teléfono.

–Entonces ¿no hay otra alternativa? –preguntó la madre–. Entiendo. No. Es cierto, no podemos arriesgarnos. Nuestras vidas están en juego. Ajá, ajá –asentía–. Ahora mismo no sé dónde está, supongo que con su nuevo amigo. Elric debía haber tenido más cuidado, con esos comportamientos la perderá.

Olivia abrió los ojos de par en par. Estaba hablando de ella, pero con quién.

–Ese maldito acuerdo nos está fastidiando a todos. Se supone que no debía de saber nada, de esa manera estaría a salvo y tendría una vida feliz, pero no supieron controlar a esa estúpida de Ysabel. Tenías que haber hecho como Elric y Sasha, llamarla loca por hablar sobre dragones, pero en vez de eso la animas. Se supone que esta era la noche perfecta para que Olivia olvidara a Seth, pero lo has fastidiado. Podías al menos haberla seguido. Ese estúpido dragón nos traerá muchos problemas, ya verás.

Olivia sentía el corazón en un puño. No entendía nada, ¿cómo se había vuelto su vida tan caótica? Buscando la protección y el afecto materno y se encontraba con aquello.

Retrocedió unos pasos y se le fue la idea del susto de la cabeza, en vez de aquello pensó en avisar a Seth. Pero, maldita sea, no tenía su número de teléfono, ni siquiera sabía si tenía un móvil.

Estaba apoyada en la puerta de madera cuando ésta se abrió.

–Cariño –dijo tan sorprendida como amistosamente–. ¿Cuándo has llegado?

Tuvo que concentrarse para hacer el papel de su vida. Se colocó la máscara de hija sonriente y bajo la visera de la gorra para que no le viera el cuerno.

–Hace un segundo, te iba a picar.

–¿Me has visto hablando por teléfono?

–¿Estabas hablando con alguien? Ni lo he notado.

Y empezó a reír con cara desencajada. La mujer anduvo hasta el comedor esperando que su hija la siguiera.

–¿Has cenado? Ya es muy tarde –preguntó ordenando unos papeles que había encima de la mesa.

–No, no he cenado, pero no tengo hambre.

–Tu jefa ha llamado esta mañana preguntando por ti –enarcó una ceja llena de diconformidad.

La jefa, la que faltaba.

–¿Ah sí, y qué te ha dicho?

–Que como mañana no aparezcas por el trabajo a primera hora con una muy buena excusa, ya puedes ir a recoger tus cosas. -Suspiró cansada y se apartó el flequillo de la frente- Escucha, cariño, sé que es horrible tener que trabajar en verano, yo lo hago y es un asco. Pero no firmaste un contrato para saltártelo cuando quisieras, además, querías ahorrar dinero para poder alquilarte un pisito algún día, y sin trabajo, no hay dinero.

Fue hacia el sofá y se lanzó encima cansada.

–Lo sé, mamá. Pero en serio que tengo una buena excusa.

–Pasarte el día con tu novio no es una buena excusa. Hay que ser responsable en esta vida, y estas demostrando, niña, no serlo.

–Lo siento, en serio.

La mujer podía tener los secretos que tuviera pero seguía siendo su madre, a la que respetaba y quería. Fue hasta la cocina y Olivia oyó el ruido de un botón, encendiéndose, a continuación, el ruido de un microondas en marcha. Al cabo de dos minutos volvió a aparecer por la puerta con una taza de leche caliente en la mano.

–Bébete esto y vete a dormir.

–Ahora mismo tengo prisa. –Se levantó de sofá con intención de irse, pero su madre la cogió del brazo y la lanzó al sofá del nuevo.

–Bébetelo, te digo. –Y dejó el tazón encima de la mesa de delante el sofá.

Lo cogió con ambas manos y lo soltó de inmediato.

–Quema –protestó mientras soplaba los dedos de sus manos supuestamente quedamos.

Era mentira, simplemente quería dilatar el tiempo y ver la reacción de su madre. No sabía a ciencia cierta lo que su madre era capaz de hacer, y desconfiaba al cien por cien. Por un lado, creía que una madre era incapaz de hacer daño a su hijo, y menos su madre, y por otro sabía muy bien que la gente podía hacer muchas locuras a lo largo de su vida. Necesitaba de más información para calificar aquella situación de peligrosa, a altamente peligrosa, pero desde luego de aquel tazón no pensaba beber. Lo intrigante era saber cómo negarse a ella sin que levantara sospechas. Debía comportarse con toda la naturalidad del mundo, pero le estaba costando demasiado tranquilizarse a ella misma.

–Sabes qué, mamá, creo que me veo a la cama ahora. –Bostezó ampliamente– Estoy muerta.

–¿Y la leche?

Qué pesada con la leche.

–Ya me la desayunaré por la mañana. Además necesitaré energías para enfrentarme a la gran jefa –Lo último lo dijo riendo desmesuradamente.

Una risa como nerviosa.

–No te preocupes ya verás como todo irá bien. La honestidad es la virtud menos valorada y más apreciada en esta vida.

–Cierto, cierto.

Y lo gracioso era que lo decía ella.

La besó en ambas mejillas y se fue a su habitación. Cerró la puerta a cal y canto y en vez de bajar la gran persiana de la puerta que daba al balcón, la abrió, así como la puerta. Esperaba que la mujer no la pillara intentando salir a hurtadillas.

–Olivia, cielo –gritó. Mierda, dijo ella para sus adentros– ¿Por qué no sales un segundo? –volvió a decirle.

Una corriente eléctrica le recorrió toda la columna vertebral. Todo tenía muy mala espina.

–Claro, claro respondió ella dejando bajando la persiana a toda velocidad. Y abrió la puerta para ir hacia el comedor.

Sus reflejos nunca habían sido buenos, más bien dicho, Olivia era la primera que perdía en los juegos relacionado con la velocidad, pero su madre, por lo que parecía, nunca había cogido un arma. La bala que había disparado en el momento que ella había abierto la puerta del comedor se estampó en la pared, a pocos centímetros de la cabeza. Casi por inercia se tiró al suelo y se protegió la cabeza con ambas manos. La mujer, con lágrimas en los ojos, volvió a disparar, y la dio en la pierna. La sangre brotaba de la pierna de Olivia como el corriente de un río descendiendo por una cascada. Olivia gritó de dolor y de rabia. Aún en cuclillas en el suelo, se levantó y se lanzó hacia su madre con la intención de arrebatarle la pistola. La mujer era ligeramente más baja que ella, así que tuvo que ponerse de puntillas y con la mano que no sostenía la pistola, empezó a arañarla la cara, le quitó la gorra y empezó también a estirarle del pelo. Olivia no quería hacer daño a su madre, y más aún después de haber perdido los papeles con Lucrecia, pero sentía como su interior hervía: como antes de que escupiera sangre la noche anterior, o cuando de sus manos salían grandes llamas de fuego.

–¡Me vas a arruinar la vida, mocosa! –gritó la mujer– Vas a hacer que nos maten a todos. A toda la familia.

–¿Qué haces, mamá? Estás loca.

Le dio una patada en el estómago y Olivia se encogió por el dolor. Volvió a apuntarla, esta vez en la cara, con un rostro lleno de ira, de rabia, de dolor y pena.

–¿Quién dice que yo sea tu madre, niñata? –Y disparó– ¡Muere! –gritó con el alma amargo.

El corazón de Olivia se partió en dos. La bala le atravesó de lleno el pecho derecho e impactó en uno de los pulmones, encharcándolos de sangre. Dirigió la mano derecha hacia el corazón y presionó con fuerza para que la hemorragia cesara, pero ya nada importaba. Estaba lista para morir tranquila. Sola, pero tranquila.

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National CPR Association

Sombras al atardecer

Trailer de la novela Sombras al Atardecer, colgada semanalmente en mi blog.

 

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 ¿QUIEN SOY?

Mi nombre es Lídia Gilabert y aquí dejo mis humildes creaciones, diseñadas con el mayor mimo y amor para el disfrute de todos los lectores.

 

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