Siempre nos quedarán las  palabras

Sombras al atardecer (capítulo 4)

¿Si existiera, sería el infierno como esto? Se preguntó Olivia adentrándose en la habitación totalmente oscura. Notaba presencias que la rodeaban y la miraban fijamente, pero ella no podía hacer más que sentirse cohibida y asustada. Andaba sin rumbo ya no veía nada con lo que orientarse, procuraba andar recta, pero no podía estar al cien por cien segura. Miraba a todos los lados donde sentía una presencia, se hubiera atrevido a palpar con las manos pero temía que se las cortasen. Miró hacia atrás aún caminando en la misma dirección cuando topó con algo; era de madera y tenía cuatro patas, un respaldo, etc, se trataba de una silla. La manipuló con las manos, colocándola en un lugar y en otro, moviéndola en círculos por si estaba anclada en el suelo.

–Siéntate –dijo una voz fantasmal que provenía del fondo de la habitación.

Obedeció, colocó las manos sobre las rodillas y esperó impaciente y alerta lo que iba a suceder. Unas luces eléctricas se encendieron en las paredes, era farolillos en forma de cubo, parecido a los que había visto en el Ikea, paredes del blanco más puro que había visto jamás, se encontraba rodeada por cuatro hombres. Miró al frente y vio a otro sujeto, apoyado en un gran escritorio de madera de noble oscuro y detrás de él había un gran mosaico que parecía ser de motivo mitológico.

El hombre de delante era escandalosamente enorme, vestido de manera informal, con camisa blanca, jeans y deportivas, lucía desenfadado; barba de tres días, pelo revuelto y unos ojos rojos de cansancio, como si no hubiera dormido mucho últimamente. Miró a su alrededor, y los demás sujetos iba vestidos sin que se les viera ni el rostro ni el cuerpo, sólo un hombre mayor con bastón parecía vestir como una persona normal. Los demás, a Olivia le parecieron bichos muy raros salidos de una secta.

–Mi nombre es Leetham de León y soy el presidente de la Cámara de Sabios de esta ciudad. Es decir, soy el encargado de que nada malo le suceda a mi raza ni tampoco a la humana. Para empezar y que no haya confusión –empezó a decir el hombre de la voz fantasmal, como ronca–. ¿Eres la humana portadora del Medallón?

–Así es –respondió tajante. Sería imbécil si negara ya que ellos ya sabían la respuesta.

–Muéstranoslo –ordenó.

Con la mano derecha cedió el cuello de la camiseta hasta que el tatuaje fue visible. El tejido se rasgó por la presión, pero ya no importaba. El Medallón estaba tranquilo dentro de ella y sólo había reaccionado en los momentos que se lo había pedido. No había razón para temerlo ya que lo tenía bajo su control

–Aquí está.

Los presentes asombrados por lo que acababan de ver empezaron a cuchichear los unos con los otros, se intercambiaban miradas cómplices y deseaban saber cuáles serían las palabras de Leetham ante aquel descubrimiento.

–Está dentro de tu piel… –titubeó perplejo. No entendía nada– Albano –llamó–. ¿Tus libros comentan algo de este suceso?

–No, señor. –El anciano hombre dio un paso hacia delante– Ni en los que robó mi hijo, pero debiera revisarlos.

–¿Quién eres, muchacha? Dinos tu nombre.

–Me llamo Olivia y soy una estudiante vulgar que perderá su trabajo de media jornada, sino se soluciona esto pronto.

–¿Me estas desafiando… crees que es buena opción? –preguntó elevando el cuello y emitiendo una aura de prepotencia.

–Desafiar, no. Digo la verdad. Desde que me encontré esta lata pasada no han dejado de atacarme. Yo no hago mal a nadie, ni siquiera deseo poseer ningún poder…

–¿Aseguras que no pretendes utilizar el Medallón para fines diabólicos?

–¿Qué fines diabólicos va a desear una mujer de veintitrés años cuyo único deseo es graduarse de una maldita vez?

–¿Lo juras, pues?

–Por supuesto.

–Debemos matarla –sugirió uno de los encapuchados–. No podemos fiarnos de su palabra.

–Y si está mintiendo –comentó otro.

–¿Qué opinas tú, Albano? –dijo sin apartar la mirada sobre ella

–Pienso que la muchacha dice la verdad. No hay mentira en sus ojos, y sí miente no puedo verlo –afirmó el hombre ojeando unas páginas de uno de sus libros.

–Justo lo que pensaba. –Suspiró.

Tenían a Ysabel y a Modrý para llamar la atención de las reinas, no le apetecía retener en contra de su voluntad a una muchacha que no había cometido delito alguno. No como otros.

–¡Reilha! –llamó–, trae a la prisionera.

Reilha se asomó por una de las puertas laterales  y afirmó con la cabeza.

–¿Qué ocurre, qué prisionera? –empezó a preguntar Olivia alterada por si se trataba de Violeta.

–Tranquilízate, mujer. Creo tus palabras, mas no tengo motivos para castigarte pero como muestra de tu buena voluntad me apetecería ofrecer un sacrificio. Es sólo una formalidad que apreciaría. Como sabes Elric ha estado rodeado de criminales y asesinos últimamente, y como entenderás no puedo consentir tales actos entre mi gente.

Reilha apareció de nuevo por la puerta. Tenía a Sasha sujeta por debajo de uno de sus sobacos, desnuda, herida, atada y amordazada, no se mantenía de pie, la piel era de un color morado intenso, preludio de la congelación. Aquella imagen no alegró su vista por más que ella la odiase. Todo tenía un límite.

–Sasha ha sido una fugitiva desde hace ciento nueve años. Se la acusa del cruel asesinato a sangre de dos familias indefensas en París. Fue condenada a muerte de inmediato, pero a pesar de que la arrestamos ella escapó, hasta hoy. Su suerte ha concluido. Por fin tendrá el castigo que se merece.

–No entiendo por qué me cuentas todo esto.

Olivia se levantó de la silla. No podía dejar de mirarla con una pena infinita.

–Se le ha preguntado por cómo prefiere morir, y ella nos ha contestado que por decapitación y que tú fueras su ejecutora.

Olivia dudaba siquiera que hubiese abierto la boca ya que la tenía inmovilizada entre trapos de cuero y hierros.

–¡Eso es un locura!

–Es la ley. –Leetham se dirigió a uno de los hombres encapuchados, debajo de sus telas llevaba una y afilada hacha. Así que para eso eran aquellas ropas, para esconder objetos, dedujo Olivia– Te doy en honor de ser el exponente de nuestra justicia, Olivia, portadora del Medallón de Fuego. –Agarró el arma casi sin fuerzas ni ánimos– Sabemos que odias a esta mujer. Deseaba tu muerte y te hubiera vendido sin problema alguno.

Reilha colocó a Sasha en posición: apoyó la barbilla en un canto del escritorio y aguantó su cabeza para que no se moviera.

–Hazlo –ordenó ella.

Olivia se acercó a Sasha, le meció el cabello como hacía Elric cuando sabía que estaba nerviosa, cogió el hacha con ambas manos y la estampó. Se formó una gran grieta en el escritorio por culpa del impacto. No había sangre porque no la había tocado.

–Me niego comportarme como un animal. Matadme pero no pienso ceder a las peticiones demoníacas de unos descerebrados –gritó Olivia, dejando caer el hacha en el suelo.

Sasha no era su amiga, no la quería, pero ella no merecía morir para asegurar su propia vida. Si de aquella prueba dependía su vida, prefería morir antes de matar a un ser indefenso. No era ninguna asesina, y no empezaría a serlo en aquellas circunstancias.

–Reilha, llévatela. Iros todos. Tú también Albano.

Nadie protestó su alegato, simplemente se fueron uno a uno, el anciano hombre el último y Reilha a la misma habitación de donde había salido. Olivia se apoyó en el escritorio como él había hecho en un principio, respiró fondo y no esperó a que el tomase la iniciativa.

–Mátame si quieres, pero Sasha es inocente y tú lo sabes. No me creo que no la hayáis podido atrapar antes, ya que en menos de veinticuatro horas nos habéis encontrado. Yo creo que tú sabes sus motivos y que la perdonas por ello. Haces y deshaces la ley y la justicia a tu antojo.

–Claro que hago y deshago a mi antojo. Si deseo que alguien viva por muy asesino que sea, vivirá, si quiero que un inocente muera porque me cae mal, morirá. Afortunadamente, como suelen decirme, soy de corazón bondadoso. Sólo hay un tema que me desquicia hasta niveles insospechables. ¿Sabes cuál es?

–¿El Medallón?

–Es más que el Medallón –guiñó.

–Las reinas…

–Así es. Mi antepasado casi logró acabar con ellas tras derramar mucha sangre en una guerra fratricida. Pero ellas son mala hierba, y la mala hierba nunca muere. Deseo con toda mi alma arrancarles el corazón de cuajo para ofrecerlos en la tumba de León de Kuadra. Pero ahora que no poseen el Medallón y que están débiles sin Ysabel ni Modrý, no se arriesgarán a atacarnos en una temporada.

–¿Qué quiere decir eso?

–Márchate a casa, Olivia. Te tendremos vigilada. Esperaremos a que se acerquen las reinas a ti para atraparlas. Serás nuestro señuelo.

–¿Y Elric, Mika, Sasha y Violeta?

–Me quedaré a Sasha como moneda de cambio, por si se te ocurre hacer alguna tontería con, como lo has llamado tú, esa lata que tienes entre los pechos, te aseguro que no saldrá viva de aquí, –Le indicó con un dedo– prometo que no sufrirá daño alguno. Eso sí, mientras nos ayudes a coger a aquellas criaturas deleznables.

–¿De verdad no le pasará nada? –No confiaba en su palabra. ¿Cómo podía hacerlo si no lo conocía?

–Somos bastante parecidos, en realidad. No veo maldad en tu mirada aunque si Albano está en lo cierto, dejarte marchar va en contra de nuestros intereses. Esperemos que esta vez erre.

–¿En lo cierto, en qué? –preguntó Olivia por lo bajo. Los ojos de Leetham brillaban intensamente de gran ilusión. La ignoró– ¿Y los demás?

–Ellos te vigilarán por mí, y espero por su bien que tu amiga humana esté callada sobre lo sucedido.

Leetham la echó y el carcelero que la había conducido anteriormente hasta ahí la llevó a la puerta de salida. Ésta era un portón ovalado y enorme de piedra, rodeada por grandes columnas austeras más altas que las del interior del recinto, daba directo a unos empinados escalones que conducían a la ciudad. Los escalones eran de mármol blanco y sin ninguna barandilla que la ayudase a no caer precipitada. Era tal a la altura en la que se encontraba que le dio vértigo mirar hacia abajo. No se había dado cuenta que la gran construcción de estilo clásico donde se encontraba presidía una montaña estéril de altura superior a muchas otras que la rodeaban. A medida que bajaba por los escalones había pequeñas estatuas de leones durmiendo de piedra.

Descendió pausada e intentaba calmar sus nervios al miedo que sentía a las alturas. Un paso en falso y acabaría rodando hacia abajo. Un pasito y otro, no pensaba alterarse por encontrarse sola en aquella ciudad sin sol y que desconocía. Leetham le había pedido que se fuera a casa, pero ella no sabía dónde se encontraba la salida. Olivia maldijo al hombre desaliñado y a su falta de modales. Bien podrían haberla acompañado. Además temía por sus amigos. La habían dicho que ellos serían sus ojos y que la vigilaría por si aparecían las reinas para atacarla, pero entonces en que se convertían en amigos o enemigos. Actuarían bajo las estrictas directrices de Leetham, o lo desobedecerían como tantas veces habían hecho. Estaba segura que Elric sabría dónde estaba, no tan sólo por la unión con el Medallón, unión que parecía tener también con Ysabel, sino porque no pensaba dejarla sola. Confiaba en que sus palabras y sentimientos fueran ciertos, sino se llevaría una buena decepción. Pero la realidad era la que era. Ella estaba sola y se dirigía a una ciudad habitada por vampiros sin conocer la salida.

Ante ella, divisaba la ciudad que ocupaba un gran valle entre tres montañas. Las casas se veían aglomeradas y estrechos caminos. Casas oscuras con puertas de maderas, no parecían de su tiempo mas era como si el tiempo se hubiese detenido para ellos en una época muy lejana. No había nubes, como era de esperar, ni árboles, ni pájaros ni rastro de vida alguna en una localidad donde se veían forzosamente obligados a utilizar luces para iluminarse. Veía muchas grandes antorchas ancladas en el suelo que indicaban caminos y avenidas y calentaban un poco el ambiente ya que la humedad se calaba hasta los huesos.

Bajó el último escalón, pisó la empedrada calle y Olivia se quedó boca abierta. Eran tantas las callejuelas estrechas delante de ella, como un gran laberinto de piedra. La gente las transcurría sin preocupación, iban ataviadas con prendas antiguas: vestidos colores oscuros largos para las mujeres, pantalones y camisetas lisos para los hombres, sus atuendos no eran nada parecidos a los que llevaban Sasha, Mika o Elric. Todo parecía estar pintado en blanco y negro, haberse trasladado a un mundo donde la luz y la alegría estaban vetadas. Retroceder muchos años en el tiempo. Olivia no sabría decir si aquellos atuendos eran obligatorios o realmente aquellas personas desconocían la ropa moderna como los tejanos.

Olivia parecía pasar desapercibida entre aquel ir y venir de gente, unos cargadas con cajas, barriles, vasos y platos otros con flores, telas y otros utensilios más pequeños. La multitud la empujaba al situarse en medio del semicírculo sin reaccionar. Y por más que intentó oponerse, la introdujeron en una de las callejuelas que, tras pasar por otras estrechas calles llenas de viviendas, tabernas y locales de artesanos, la dejaron en una gran plaza céntrica que albergaba lo que ella definió como un mercado.

Empezó a sentirse mareada por el rodeo, la gente ya se dispersó y la dejaron un rato en paz. Se apartó a un rincón para no entrar en la aglomeración de gente y caer en la misma trampa, se apoyó en la pared, suspirando y dando gracias de que por fin podía dar pasos por ella misma. Había tal alboroto en el mercado que no era capaz ni de escuchar sus propios pensamientos, así que se relajó, se sentó en el suelo en cuclillas y empezó a escuchar las conversaciones de aquellos que se encontraban cerca de ella. Estaba cansada físicamente, y liberada, sentimentalmente. Se había atrevido a confesar lo que sentía por Elric sin tapujos. Bien era cierto que aquellos sentimientos se habían intensificado en pocas horas, entrando en un bucle de dudas y esperanzas. No pensaba ceder la necesidad que tenía Elric de protegerla, por más que ella lo agradeciera y lo apreciara. Cada uno era responsable de sus propios pasos, aunque pudieran ir de la mano. Deseaban de todo corazón saber dónde se encontraban sus amigos y salir de allí de una vez. No había sabido nada ni de su madre ni de sus primos en unas horas, y había visto a la mujer malherida. A esas alturas seguramente estaría en el hospital, chillando, preguntando por su hija. Y ella estaba allí, en una ciudad desconocida a muchos metros bajo tierra y sin tener ni la más mínima idea de cómo salir. Tal vez si le preguntase a algún transeúnte la ayudaría, pero también se exponía a que la mataran.

Estaba tremendamente cansada y confusa. Un grupo de mujeres se juntaron delante de ella, una de ellas la miró con cara de preocupación, pero pensó que estaba ebria.

Empezaron a hablar.

–He visto mucho movimiento de guardias en La Catedral, tal vez hayan capturado algún Di Castri –dijo la mujer que vestía un vestido de color beige.

–Hace años que no sabemos nada de ellos, pero con los rumores del Medallón yo apostaría por que han encarcelado a Elric. Leetham le dio demasiada manga ancha a ese traidor –respondió otra con aires de superioridad.

–Bien que eras su amiga, muy buenos amigos, demasiado íntimos diría yo… –le contestó la primera mujer.

–Dirás amigos sólo de cama.

–Me engañó a mí, como engañó a muchas otras, haciéndose pasar por quien no era. Si hubiera sabido antes que era un Di Castri, no habrían tardado tanto en capturarle.

–Y después va y Leetham le da la inmunidad y lo libera de esta ciudad. Hay que tener narices.

–Se dice que conoce quién posee el Medallón –dijo la más pequeña y callada de las tres.

–¿Cómo no lo va a saber? Es un bicho traidor. Me da más miedo que las propias reinas. De ellas ya sabemos que son malas,  y no lo esconden, pero Elric va de bueno por la vida, siempre sonriendo y amable. Pero después no duda en clavártela bien clavada.

–Ya te la clavó a ti bien clavada, ¿no, Ari? –acompañó el comentario con un codazo.

–Oh, cállate. Envidiosa.

–Escuchadme –intervino la cuarta entre susurros– ¿Quién es la muchacha que está medio estirada en el suelo? Lleva allí un buen rato y no me da buena espina.

Una de ellas se le acercó para ver si estaba dormida o no. Le agitó el hombro pero como no reaccionaba volvió a hacerlo con más ahínco. Nada. «Parece que está dormida».

–Déjala, Mina. Siempre tienes que meterte en todo.

–Pero y si le ocurre algo grave.

–Va vestida de manera muy rara. No parece ser de aquí. Como nos metamos en un lío por tu culpa.

Con ambas manos la zarandeó, las piernas se relajaron y quedaron estiradas, los brazos caídos, el cuello doblado hacia un lado. Parecía que estuviera inmersa en un sueño muy profundo. Llevaba la camiseta medio rota y se le podía ver gran parte del sujetador, juntamente con el tatuaje que había tenido que enseñar a Leetham unas horas antes. La llamada Mina no parecía haberse fijado en las protuberancias de Olivia, mas le analizaba el rostro con cuidado ya que hacía años que no veía a una persona con tal moreno.

–Esta chica es humana.

Permanecieron quietas ante la información y llenas de curiosidad se agacharon para comprobar el estado de Olivia.

–Lo veis, tiene pulso. Sus latidos son lentos pero constantes.

–¿Qué hace una humana en Ardossh?

–Habrá encontrado una entrada sin darse cuenta.

–Deberíamos llevarla a La Catedral. Ellos sabrán qué hacer con ella –sugirió Mina.

–Tiene un tatuaje entre los pechos –señaló Ari– Qué raro, porque es del color de su piel, y parece… –Se detuvo al analizar y seguir con sus dedos el tatuaje.

–¿Qué parece?

Tragó saliva sonoramente.

–El puto Medallón de Fuego.

Su amiga Ari en cuanto también cayó en la cuenta encolerizó. Toda Ardossh ardía en deseos de deshacerse de la lacra Di Castri. Si se esparcía la noticia que el Medallón estaba en la ciudad la muchacha estaría en serios problemas.

Mina la abofeteó hasta que entreabrió los ojos. Le brillaban intensamente y se encontraba en un estado de somnolencia total. A penas recordaba donde se encontraba y mucho menos que se había quedado dormida en el suelo. Tenía a una muchacha vampiro delante de ella, mirándola  con curiosidad y temor. Era muy hermosa, mucho más que ella, pensó Olivia. De tez pálida propia de todo vampiro que no fuera de tez negra, ojos de un verde claro casi transparentes con largas y rizadas pestañas y media cabellera negra y lisa. La sujetaba por los hombros, tirando de ella para que se levantase. Había más gente a su alrededor, pero para ella no eran más que siluetas en movimiento, y después oía gritos, muchos gritos que chirriaban los tímpanos.

–Tenemos que irnos –le aseguró la muchacha de ojos verdes.

Le tiró de las manos y la ayudó a levantarse. Estaba como en una nube, sin poder abrir del todo los ojos pero la siguió.

–¿Vamos a permitir que la portadora del Medallón viva? –gritó una voz femenina que se había subido a un taburete para que todo el mundo pudiera oírla. Los transeúntes al oír la palabra «Medallón» se voltearon curiosos –¡Eliminemos el Medallón!

Olivia agudizó el oído.

–¡Sí! –respondió una furiosa multitud.

Ambas empezaron a correr sorteando la gente que aún no sabía de quién se trataba Olivia. Un numeroso grupo de hombres y mujeres empezaron a seguirlas. Olivia no corría tan rápido como la muchacha que la había sacado de allí, pero tiraba de ella por una mano llevándola como si se tratase una pluma. A penas tocaba el suelo, parecía volar a pocos centímetros de él. No tenía ni la más remota idea por donde la estaba conduciendo. Tal vez fuera un enemigo y su fin fuera matarla, pero no había otra más que confiar en ella.

Notó unas piedras impactando sobre la cabeza, le habían abierto una pequeña brecha por donde emanaba sangre, pero no fue hasta que recibió el cuarto impacto en la misma herida hasta que ella empezó a notar un dolor insoportable. La desconocida dio un giro inesperado y se detuvo en una esquina, la calle no tenía salida, mas que un muro de ladrillos veían. Había sido una táctica de distracción. La multitud continuó hacia delante sin darse cuenta dónde estaban escondidas. Cuando la calle quedó vacía y las constantes de Olivia estuvieron normales, se dirigió a la desconocida.

–¿Por qué me has ayudado? ¿Quién eres? ¿Dónde estamos? –empezó a preguntar exaltada. Se había apoyado en la pared, dando una tregua a sus piernas.

–Mika tenía razón, eres una preguntona –respondió ella con alegría. Suspiró tranquila porque la multitud incentivada por la alocada Ari había pasado, y procuró que nadie las hubiera perseguido–. Me llamo Mina, y soy la hermana pequeña de Mikael. Él me ha hablado de ti. Le gustas, y como le gustas a él, a mí también. Y ahora voy a sacarte de aquí.

–¿Pero dónde estamos?

–En la ciudad de Ardossh. No hay tiempo Olivia, debes irte.

Olivia palpó con la palma de la mano el muro que le había indicado Mina, éste se fundió. Notó un cosquilleó profundo y una brisa que la acariciaba. De repente se acordó de algo.

–Debes atravesar el muro. Yo te protegeré.

No estaba segura del todo pero retrocedió unos pasos, cerró los ojos y cogió carrerilla. Saltó por la pared hasta acabar tirada en el suelo. Una brisa marina le despeinó los cabellos. Estaba boca abajo, con las manos apoyada en el suelo de granito y un dolor horrible en las rodillas. Había derrapado unos metros por el gran impulso y se había desgarrado el pantalón por las rodillas, incluso sentía que le salía sangre.

Abrió los ojos y se alegró saber donde se encontraba: era el puerto donde dos días antes la habían atacado. Cuando estaba con Elric y él la había ayudado. Sin embargo, ahora estaba sola. Sin coche, sin dinero, ni documentación, pero sí con móvil. Era una noche oscura sin estrellas. Las cuatro de la mañana, pensó Olivia.

Se levantó lastimosa y hurgó en sus bolsillos. Cogió el móvil y buscó el número de Elric.

–Olivia, ¿dónde estás? Te hemos estado buscando. –Su exaltada voz denotaba reproche.

–Estoy en el puerto, unos metros más lejos de donde me atacaron. ¿Puedes venir a buscarme?

Estaba cansada, derrotada, herida y con unas enormes ganas de abrazar al hombre que se encontraba el otro lado de la línea telefónica.

Al cabo de unos veinte minutos esperando en la orilla del mar, unos brazos la abrazaron desde detrás, inundó la cabeza en su hombro y le besó la mejilla largamente. Habían pasado nada más que unos pocos minutos y ya estaba allí, Elric.

–¿Dónde te habías metido?

–¿Has dejado a Viola en su casa? –Olivia no se movió ni un centímetro. Quería disfrutar del calor que desprendía cuando la tocaba.

–Le he pedido a Mika que lo haga. Tienes sangre en la cabeza. Siempre que te encuentro estás herida –Tocó la herida con delicadeza para no dañarla. Separó sus cabellos poco a poco y vio el mal aspecto que tenía ésta. La muchacha no se había dado cuenta de la infección

La cogió por la cintura y la ayudó a levantarse. Su cuerpo parecía gelatina, estaba tan débil y temblaba por el frío de la noche. Se arrimó a él y lo cogió fuerte para no caerse. No se había dado cuenta de lo delicada que estaba. Todos los dolores le vinieron de golpe, y notaba un fuerte picor en la cabeza que la inducía a rascarse la herida con furia para que detuviera. Con una mano se buscó la herida, pero Elric se la apartó.

–Mejor no te la toques. Yo me ocuparé de ella.

–Me pica y escuece mucho…

–Se te ha infectado, pero no es nada que no pueda curarse.

La cogió en brazos con cuidado. Hacía dos días que no la tocaba así, y deseaba que la próxima vez que la cogiera en brazos no estuviera herida. La habían intentado matar a pedradas. Aquel pensamiento le despertó muchos recuerdos amargos de su vida en Ardossh. Los habitantes de la vieja capital solían entrar en cólera cuando oían algo relacionado con el Viejo Régimen. El Gran Incendio había calado en la colectividad de la ciudad, así como los miles y millares de muertos en la guerra de los Di Castri. Los más ancianos transmitían a los más jóvenes un eterno odio hacia aquella familia.

Gracias a Albano había podido vivir en el anonimato durante muchísimos años después de lo sucedido. Había renunciado a su nombre, a su apellido, a su linaje y a su vida pasada con tal de que no lo asesinaran.

No había llevado una vida de clausura en la ciudad, pues le gustaba disfrutar de los placeres y divertimentos que le ofrecían. Con una nueva identidad nunca hubiera llegado a pensar que lo descubrirían, pero aquel día llegó, y las heridas provocadas por las piedras y pedruscos que le habían rasgado la carne tardaron meses en sanar del todo.

Se recordaba a él mismo desnudo y atado, sin escapatoria. Sabiendo que no tardaría en llegarle la hora del adiós.

Elric podía resistir a los golpes, pero Olivia no.

La había tumbado en la cama. Olivia estaba con los ojos medio cerrados, los párpados se le caían y en sueño no tardaría en adormecerla. Si Elric pensaba hacer algo con ella aquella noche se llevaría una gran decepción, ya que no tenía fuerzas ni para llamar a su madre y preguntarle cómo estaba. Cosa que deseaba con toda su alma. Encontró, al menos, fuerzas para hablar. Elric la había dejado allí sola, cubierta con una manta para calentarla, y con la cabeza apoyada en la almohada. Podía ver la hora del reloj digital, sobre la mesita de noche. Eran las cinco y media. Pero desconocía de qué día. Elric había dicho que habían pasado dos días desde que le habían disparado la flecha. ¿Cuánto tiempo había pasado en Ardossh?

La cortina se abrió y un destelló de luz eléctrica le deslumbró. Elric entró con un barreño lleno de agua y un paño en sus manos. Se acercó a ella y dejó los objetos sobre la cama, se sentó en ella para ver mejor el rostro de Olivia. Con una mano apartó el flequillo del rostro y su frente. Su pinza del cabello estaba lleno de sangre seca, así como la zona que rodeaba la herida. Abrió un cajón de su armario y sacó gasas, alcohol en botella y un cortapelos eléctrico. Deseaba llamar a Gus para que se ocupara de la herida, pero estaba ocupado en otros asuntos más importantes.

Lo miraba con unos ojos vidriosos consecuencia del sueño que sentía. Sonrió levemente y pasó una mano por sus mejillas. Estaba fría y temblorosa por la flaqueza. Acercó el rostro y la besó en la frente. Su pequeña inconsciente no parecía que se rindiera con facilidad.

–No puedes dormirte, cariño. ¿Me oyes?

–¿Cariño, amor? Últimamente estás muy cariñoso. ¿Esperas algo de mí en especial? –preguntó con sonrisa traviesa.

–Lo querré todo de ti una vez te hayas recuperado, y te aseguro que tú lo querrás todo de mí una vez nos hayamos conocido carnalmente.

–¿Es un juramento, colmillos?

–Es una declaración de intenciones.

Elric la besó en los labios. Fue un beso casto. Conocía a Olivia y sabía que cumpliría con su promesa de no ceder ante nadie. A pesar de ser una humana era más resistente que un roble y su valor lo asombraba cada día más. Años atrás se había prometido no volver a involucrarse con ninguna otra humana, pero no se arrepentía estar con ella. Sería un amigo, un amante, un compañero, un apoyo y un eterno protector.

–Desinfectemos la herida, entonces.

La cabellera había sufrido una rapada importante en la zona afectada. Verse medio calva, con una pista de aterrizaje importante la hacía aun menos atractiva de lo que era. Mientras oía el tremendo ruido de la máquina, veía como sus mechones caían al suelo rápidamente. Le había asegurado que no cortaría más de lo necesario, pero el hueco estaba ahí. Le había desinfectado y vendado la herida con gasas y esparadrapo. Elric sabía que tarde o temprano tendrían que coserle la herida, pero no se atrevía a proceder si anestesia.

Estaba apoyada en el torso de Elric, tranquila y débil, con un terrible sueño y unas ganas de venganza increíble. Elric se dirigió al armario y Olivia no pudo ver que había cogido. Pero cuando notó como le estaba colocando algo en la cabeza, lo supo. Era un gorro de lana.

–Así nadie se dará cuenta de nada. –le había dicho juntamente con un profundo beso.

–Me has rapado media cabeza, listo. ¿Cómo no van a darse cuenta? –Se ocultó el rostro con el gorro.

Se derritió por su preocupación y su comprensión. Otros la hubieran desechado por no ser «perfecta», riéndose de su calvicie parcial y dejándola sola a su suerte.

Leetham había ordenado que llevaran a los prisioneros, con excepción de Sasha, al mundo exterior inmediatamente. Pensaba que habría hecho lo mismo con Olivia, pero a ella la había dejado en la capital para que la matasen sin sentirse culpable. Ahora él y Mika eran los protectores y supervisores de la humana y tendrían que evitar que nada malo le sucediera, y dar la voz de alarma cuando las reinas aparecieran para reclamar lo que ellas consideraban que era suyo. Protector y supervisor, se repitió Elric. La última vez que le habían encargado aquel mismo trabajo acabó con un sinfín de asesinatos. Y esperaba que Calus no apareciera para darles una sorpresa.

–¿En qué piensas? –preguntó susurrante. Ya era de día, pero no pensaba moverse en todo el día de entre sus brazos.

–En nada, tranquila.

La besó nuevamente en la frente, y la abrazó con más fuerza. Estaba delante apoyada plácidamente en la almohada. Había dormido como un bebé hasta la una del mediodía.

Introdujo la lengua y fue delineando sus dientes. Olivia se giró para poder acceder mejor. Lo cogió de las caderas y lo empujó hacia ella. Elric seguía torturándola con su habilidosa lengua, ella hacía movimientos circulares con la suya. Él la agarró de la cintura y la empujó hacia su cuerpo.

–Elric no te detengas.

Entrelazó sus piernas con su trasero y unieron sus caderas. Sus cuerpos se movían conducidos por la pasión. Ella se sentó a horcajadas sobre él para acortar la poca distancia que existía entre ambos. Ansiaba deshacerse de aquella ropa que se interponía entre la lengua y su piel. Quería hacer su propia exploración anatómica. Descendió la lengua hasta su cuello y empezó a lamerlo y darle pequeños mordiscos donde el pulso debería ser más evidente pero dado que era un muerto Olivia no sentía nada a diferencia de Elric. Él agarró con una mano su trasero y empezó a besarla en la oreja. Olivia notaba la dureza de su entre pierna y la derretía como hielo debajo del sol. Y la colocó la zona más sensible de su cuerpo aún cubierto para sentir la ardiente pasión que desencadenaba la tormenta. Elric se incorporó y estiro las piernas mientras que ella lo tenía sujeto entre sus muslos. Ambos querían deshacerse de sus prendas. Olivia volvió a sus labios y a su lengua. Con una mano desató el botón de su cinturón y fue en busca de su virilidad. Introdujo una mano y la agarró con fuerza. Elric se echó para detrás sintiéndose fuera de control.

Olivia jadeaba al ritmo de los leves gemidos que el pronunciaba. Le estaba llevando a la locura más absoluta y aquella sensación la llenaba de joya. Ella era la ama y señora de aquel ser que sabía a ciencia cierta que la adoraba.Seguía agitándola sin tregua, primero con una, y después con ambas manos: hacia arriba y hacia abajo, aunque los labios se sintieron celosos, así como la lengua. Lamer aquel duro hierro que se erigía entre la cremallera de sus pantalones.

–Estírate en la cama. Te quiero debajo –suplicó masajeando sus pechos y mordiendo sus pezones por encima del sujetador.

Olivia sintió su fuerte capturando sus grandes senos y apretando sin mesura, pero aquel hombre nunca le haría daño.

–Ni lo pienses. –se quitó ella misma la camiseta y cogió la mano de Elric para que desabrochara el sujetador.

–Te quiero debajo para que seas el caballo que zarandea al jinete –dijo entre susurros entrecortados. Sentía como su flor se abría para él, y la humedad de su sexo apresuraba su necesidad–. No te detengas –gimió húmeda.

Al oír aquellas palabras, agarró el pantalón por el cinturón y lo bajó juntamente con sus braguitas. La quería totalmente desnuda ante él. Le separó las piernas por los tobillos y al verla Elric entró en un estado entre el deseo y la petrificación pensando en el festín que iba a darse con el cuerpo blando de aquella muchacha tan provocadora y tentadora. La agarró de nuevo encima de él. La besaba como si el mañana no existiera y con grandes lengüetazos empezó la carrera con un fuerte impulso que lo llevó al interior de Olivia. Estaba tan abierta para él que la sensación fue de puro pacer y su humedad y calidez provocaba aun más a su pene. Los movimientos de Elric eran furiosos y sin tregua, como le había pedido ella. Olivia se había sujetado a sus hombros y cabalgaba junto a él dando fuertes gritos de places. No sabía que una mujer pudiera ser tan ruidosa. Las uñas se clavaban en su piel con cada embestida y separaba el cuerpo para tener mayor impulso y que entrase aún más profundo.

Las piernas le apretaban sus caderas y lo incitaban a que fuera más deprisa, más fuerte, más fuerte… como los propios gemidos de Olivia indicaban. Elric no se contenía en la tarea. La deseaba tanto como ella a él y sus cuerpos se sincronizaban a la perfección. Olivia besaba y mordía sus orejas y su labio inferior. Y cuando él se derramó dentro de ella, ella suplicó a todos los dioses que aquella sensación fuera eterna. Notó como todo su líquido penetraba rauda en lo más profundo de su ser. Tocando la gloria. Lamentablemente, no se corrió junto a él.

Elric se detuvo empujado por otra necesidad. Olivia no tenía fuerzas para empujar más y relajó el cuerpo sudoroso encima del suyo. Estaba a cien y quería seguir jugando con él, pero su estado físico tenía sus limitaciones. Las ignoraría en aquella ocasión.

–Túmbate –le ordenó mientras lo empujaba con ambas manos. El cuerpo de Elric rebotó encima del colchón con los brazos abiertos.

Él negó con la cabeza.

–Ahora me toca a mí.

Y antes de que ella se diera cuenta ya tenía sus falanges dentro de su sexo, introduciéndolas en ella en varias embestidas. Se retorcía de placer

–Esto no es más que una tregua –añadió y seguidamente empezó a empujar sus dedos hasta el fondo de su vagina, hasta lugares que ella no sabía ni que existía, pero que indudablemente la conducían a la gloria y a la locura. Sus empujes eran rápidos y sin piedad. Ella gemía con cada uno de ellos y se humedecía cada vez más, y más. Sentía sacudidas eléctricas en todo el cuerpo con cada invasión, muy superior a lo que había sentido con su miembro. Aquello la estaba dejando sin aliento, y medio afónica de tanto grito de éxtasis, pero no quería que se detuviera.

–¡Oh! Dios, detén esta locura –dijo suplicando con los ojos cerrados. Ya no le besaba, no tenía fuerzas para ello y ella quería recorrer su cuerpo con la lengua. Castigarlo de hacerle perder de tal manera el control.

–Olivia como me pone que me supliques de este modo –dijo, dándole la última tanda, pudiendo introducir su mano entera– ¡Que prieta estás, qué prieta! –gritaba mientras se lamia los labios deseoso de probar lo que tenía entre las piernas.

Se detuvo en seco, y con un movimiento raudo y brusco la puso debajo de él. Ella esperaba con las piernas abiertas y las manos agarrando la almohada. No se había esperado aquel movimiento. Quería dominarlo, pero él no se dejaba. Iba a ser muy complicado imponerse si seguía derritiéndola de aquel modo. Elric empezó a lamer sus pezones y a capturar todo su pecho con la boca, éstos eran tan grandes que le costaba metérselos enteros. Descendió hasta llegar a su ombligo y empezó a hacer círculos con su saliva. Olivia ardía aun más al pensar en qué le haría a continuación. Abrió las piernas todo lo que pudo para facilitarle la entrada a la habilidosa boca de Elric. La cogió por la cara interior de sus muslos y empujó de ellos aún más, ayudándola a mantener aquella posición.

Veía todo su vello humedecido y los pétalos rosáceos y brillantes de su feminidad. Gritaba entre susurros casi imperceptibles. Lo llamaban a él. Empezó por su pubis, mordiéndolo juntamente con el oscuro vello, para después ir descendiendo poco a poco y rozar con sus dientes su delicada piel. Daba pequeños mordiscos que sacudían a Olivia, quien no podía evitar levantar las caderas. Elric la agarró por el trasero y la alzó aún más. Con ambas manos la acercó a su boca y la comió como un lobo hambriento. Su lengua no se detenía, y procuraba que los dientes la rozaran para excitarla más. Olivia ardía. Aquellos dientes diabólicos de Elric la estaba torturando. Introdujo la lengua lo más profundo que pudo y la movía como la de un camaleón: para dentro, para fuera, para dentro, para fuera, una y otra vez y palpando las paredes de su vagina.

Olivia quería más. Se inclinó hacia delante y con ambas manos empezó a masajear la cabeza de Elric, mientras lo ayudaba a que fuera más adentro. Sus piernas estaban totalmente abiertas, un poco más y podría partirse en dos, pero deseaba abrirlas más si así conseguía que Elric fuera más allá. La llevará más allá de donde la estaba conduciendo. Él agarró sus muslos y los apretó, lanzó a Olivia hacia detrás una vez más y alzó sus piernas hasta que estás cedieran por el contacto con los huesos de sus caderas. Y se detuvo. La miró y vio que estaba a su total merced. Ante aquella idea le vinieron ganas de penetrarla una vez más. Estaba con los brazos estirados, sus hermosos pechos al aire con el rastro de sus mordiscos y sus cabellos alborotados con el gorro de lana que le había puesto. Todo su cuerpo estaba bañado con una capa de sudor. Se fijó en sus labios humedecidos y los resiguió con la lengua. Tenía la boca medio abierta esbozando una sonrisita.

–¡Ooooh! Mi fiero caballero. Ahora yo seré tu sumisa perrita –gimió dándose la vuelta y arqueando la espalda para elevar las caderas.

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National CPR Association

Sombras al atardecer

Trailer de la novela Sombras al Atardecer, colgada semanalmente en mi blog.

 

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Mi nombre es Lídia Gilabert y aquí dejo mis humildes creaciones, diseñadas con el mayor mimo y amor para el disfrute de todos los lectores.

 

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