Siempre nos quedarán las  palabras

Sombras al atardecer (capítulo 3)

La mañana se levantó perezosa. Olivia era la primera en levantarse, pero no por ello procuraba hacer poco ruido. Era tal el sueño que llevaba encima por la mañana que sus ojos se negaban a abrirse por completo, y por ellos siempre acababa dándose golpes con los picos de las mesas y de las puertas y tirando al suelo todo aquello que se encontrase en su camino y ella no lo viera. Aquella mañana se sentía como si le hubieran pegado una paliza a consciencia la noche anterior. Y así había sido. Se vistió, no sin dificultad y cuando llegó la hora de ir a buscar el autobús, cerró la puerta, gritando un «hasta luego».
Se había prometido a sí misma no darle importancia a los insolentes mensajes de Elric. Debía aprender a detener aquella batalla textual que podía acabar mal, y con suerte, aquel cabezota, al que no se atrevía llamarlo amigo, se aburriría del monólogo y cesaría.
Ya en el autobús empezó a sentirse confundida. Podría perdonarlo, al fin y al cabo ambos había obrado mal, y no había peor error que cerrar la puerta antes de que esta se abra.
El viento se levantó. Aquel día vestía unos tejanos oscuros, unas botas camperas, una camiseta y chaqueta oscura, bufanda y había sujetado un mechón rebelde con aquella pinza que siempre se ponía. Estaba enfrente de las puertas de su facultad, indecisa entre entrar o no entrar. Podía pasarse el día en casa descansando. Después de lo que le había sucedido la noche anterior bien podía investigar sobre la ciudad subterránea y su historia. Oyó una voz que la llamaba. En el primer momento, y por la mezcla de ruidos con la música del móvil pensó que era Elric, y en un ataque de irracionalidad, lo vio de rodillas realizando la escena que anterior se había imaginado. Para su desgracia, era su amiga, Violeta, que con su característica aguda voz la llamaba.
Cuando se encontraron, Violeta se abalanzó para abrazarla efusivamente. Con los mofletes hinchados y rojizos por el esprín, lucía una sudadera negra dos tallas mayor de la suya, unos pantalones militares, unas bambas agujereadas y se había recogido el cabello moreno con una coleta alta. Su expresión era tan infantil como el de una niña de preescolar.
–Parecía que pasaba una eternidad este fin de semana sin verte. Te he echado tanto de menos –le dijo sin despegarse de ella, con los ojos vidriosos de la emoción.
Olivia meció y le agitó el cabello en un acto fraternal, y la rascó por detrás de la oreja para que su amiga hiciera gemidos de protesta. Como la divertía incordiarla. Reía, no podía dejar de reír ante la dependiente Violeta al imaginarse cómo hubiera reaccionado si hubiera estado en su situación la noche anterior; hubiera corrido como un perrito, concluyó ella.
–Viola, no es para tanto.
–Pero me he aburrido tanto sin ti.
Estaban en la primera planta cuando sonó la melodía del móvil, descolgó y maldijo a todos los dioses.
–¿Sigues de malhumor? –preguntó una voz masculina. Era Elric.
–No esperaba tu llamada, pensaba que a partir de ahora te comunicarías conmigo mediante mensajes. ¿Te quedarías a gusto la noche anterior?
–Sólo dije lo que tenía que decir.
–¿Quién es? –preguntó Violeta curiosa.
–No es nadie.
–¿Estás con una amigo? –Elric le había parecido oír una voz pero no estaba seguro de quién provenía– ¿Esta es la manera que tienes de consolarte? –preguntó con retintín.
–¡Que te den imbécil! –respondió ella a punto de colgarle–. Para tu información es una amiga.
–Claro, lo que tú digas.
–¿Qué sucede, Olivia? ¿Estás hablando con un chico? ¿No me digas que tienes novio? –preguntó Viola de manera inocente. Pero poco inocentes eran las insinuaciones.
–¿Qué tonterías dices, Viola? Elric, tengo que irme.
–Olivia, es importante que quedemos. ¿Has mirado las noticias?
–No, no lo he hecho.
–Los Di Castri han aparecido.
–No me digas.
–¿Te lo estás tomando a cachondeo?
–Para nada. Lo siento. Sólo decía… Nada, déjalo.
–Esta mañana sobre las ocho han atacado tu anterior escuela. Estaban buscándote.
–¿Cómo? –preguntó alterada. Una cosa es que intentarán atacarla solamente a ella, y otra muy distinta que entraran en un colegio lleno de niños pequeños y gente indefensa. Además en aquella escuela trabajaba su madre e iban sus primos pequeños, de cinco y doce años. Sólo de pensar que les había sucedido algo la bilis le subía por la garganta. No se atrevía a preguntar si había habido muertos o no.
–Ha habido muertes –concluyó.
–¿Por qué narices no me lo has dicho antes, joder?
–No querías saber nada de mí.
–Joder, Elric. Una cosa es que no quiera saber nada de ti y otra muy distinta es que hayan hechos importantes que me atañen. Deberías haberlo sabido.
–No te conozco tanto para saber qué piensas. No me das la oportunidad de conocerte.
–¿Qué ocurre, Olivia? –preguntó Viola con un rostro lleno de preocupación.
–Me tengo que ir.
–¿Cómo? ¿Por qué? –insistió.
–Una panda de vampiros ha entrado a Los Salineros, mi anterior escuela.

Encima allí trabaja mi madre y están mis primos. Tengo que asegurarme de que están bien.
–¿Hay vampiros en esta ciudad? –Violeta había oído que reducidos grupos de vampiros aparecían por las noches en algunas ciudades de la comarca, pero nunca había visto a ninguno de ellos. Desde que, sobre unos diez años, habían empezado a aparecer, Violeta tenía la temerosa curiosidad de encontrarse con uno– Quiero ir contigo.
–Puede ser peligroso, joder. Quédate aquí. –Volvió a la conversación con Elric– Dime al menos que los han atrapado.
–Para nada. Eso es de lo que quería hablarte. Tu familia tal vez no te ha avisado para no alarmarte pero… –Calló– Estoy fuera. Hablaremos entonces. –Y colgó.
–¿Fuera, dónde? –preguntó. Elric ya había colgado. La estaba esperando a fuera. No podía creerse que la hubiera seguido por la mañana y ahora estuviera en la puerta de la facultad. «A la mierda», dijo llena de impotencia y resignación.
Violeta seguía mirándola con unos ojos que decían «donde vayas tú, iré yo». Era la mirada de un perrito fiel que no pensaba ceder ante una negativa. Violeta podía ser muy testaruda en ocasiones. Si dejaba que le acompañase conocería a Elric, y peor, podrían atacarla como le habían hecho a ella. No podía permitir que hicieran daño a su única amiga.
–Viola, deja de mirarme así.
–No voy a dejar que vayas sola. Si algo malo les ha sucedido yo estaré a tu lado.
–Realmente no sabes dónde vas a meterte. –Suspiró ante los ojos decididos de su amiga –Venga, pues, pasamos de las clases otra vez.

Anduvieron por los pasillos hasta encontrarse con la puerta de salida. Era una puerta de cristal que daba a una pequeña entrada que dividía el edificio en dos. En uno era donde se encontraban los despachos de los profesores y salas de audiencias, y en el otro eran donde estaban las clases. Para acceder a la facultad se tenía que entrar por otra puerta automática de cristal.
Cuando salieron, Elric estaba justo enfrente, sentado en uno de los bancos que había en toda la calle. Bajo la mirada del sol. Olivia se preguntó cómo era que el vampiro no ardía por el contacto de sus rayos, pero estaba demasiado preocupada por su familia para entretenerse a averiguar todos los misterios de los vampiros. Emitía la misma aura de siempre, lleno de prepotencia y chulería, pero Olivia denotó una pizca de preocupación y miedo.
Si Ysabel había aparecido eso significaba que poco tardaría para encontrarse con él, y para Elric, Ysabel era una de sus peores pesadillas. Vestía con un pantalón tejano claro muy ajustado, zapatillas de Converse color negras, camisa abotonada de color rojo y una chaqueta de cuero color marrón tierra. Se había peinado de manera desenfadada y tenía las gafas de sol colocadas en el primer botón de su camisa. Olivia inspiró fondo y mantuvo la mente fría.
–Ves al grano. –Le encaró con disgusto.
–Esta mañana, justo cuando acababan de empezar las clases, un hombre vestido de negro entró en una de ellas. La clase donde Mary Olvido es tutora. Tu madre. Después, dicho sujeto le preguntó si tenía familiares dentro de la escuela. Ella en un principio lo negó para protegerles, pero…
–¿Pero? –Tragó saliva, sabiendo que su madre estaba herida.
–Pero mientras la abofeteaban lo afirmó entre lágrimas. Fueron a sus clases, mataron a sus profesores y algunos compañeros. Los cogieron y ahora son sus rehenes.
–Tengo que hablar con ese malnacido. Si me quiere a mí entonces me tendrá.
–La policía ha rodeado y precintado la zona. Han evacuado toda la escuela y han recogido algunos cuerpos de los niños asesinados, otros aún siguen dentro.
–Llévame hasta allí. Sé que has traído tu querido coche. Me llevarás hasta allí y encontraremos la manera de entrar y asesinar a aquel cabrón.
Subieron al coche, eso sí, sin manchas de sangre en ningún lado. Lo había limpiado a conciencia. Olivia estaba sentada en el asiento del copiloto, bajo el examen constante de Elric mientras que Violeta disfrutaba de la comodidad que proporcionaba un 4 x 4. Encendió la música ya que apaciguaría a una Olivia ya enfadada de por sí, mas sabía que ante la noticia ella no derramaría una lágrima, sino que en lo hondo iría naciendo un fuego tan intenso que sería capaz de matar con la mirada.
Las calles cercanas a la escuela estaban todas cerradas. No dejaban pasar a los coches ni a los ciudadanos. Elric aparcó el coche al lado de las Oficinas de Empleo que se encontraba a veinte minutos andando.
Sin pensarlo dos veces, salió corriendo del coche. La entrada de la escuela daba a una gran avenida y estaba abarrotada. La escuela constaba de cuatro edificios altos que se unían entre ellos por largos pasillos. El edificio más viejo que aparentaba ser una gran casa de campesino, correspondía a la clase de los niños más pequeños, mientras que el edificio que parecía un bloque de pisos era el de los más mayores. Cada planta correspondía a un curso, Mary era la tutora de primero así que su clase se encontraba en la primera planta. Olivia se conocía todas las entradas y salidas, incluso aquellas que no estaban marcadas en los mapas. Se escabulló debajo del precinto policial y fue directa a la salida de emergencia clausurada de la cocina tras sólo saltar una gran valla blanca. El lugar estaba desierto en apariencia, pero de repente sintió un escalofrío.
–Debes ser Olivia ¿no es así, puta? –Oyó que decía una voz justo detrás.
Era una hermosa mujer de espeso cabello negro, aquello fue lo que destacó Olivia, de sus ojos salían chispas de rabia. No era mucho más alta que ella, pero en comparación con las curvas exóticas de su cuerpo se sentía una hormiga. Al verla allí, enfrente de ella, le vinieron unas escenas que no era capaz de comprender.
«Que alguien me ayude. Traigan agua. Por favor, hay niñas en el interior», oía que decía la mujer llorando desconsolada. Con media cara quemada y ropas que no eran más que harapos de un hermoso vestido. Veía altas llamas rojas y azules que consumían una pequeña casa de madera junto a una playa norteña.
–¿Ysabel? –preguntó con cara desencajada.
–Así que sabes quién soy. En ese caso no hará falta que te diga qué es lo que quiero.
–A Elric.
La cogió bruscamente del brazo y la arrastró hasta el interior. Cuando llegaron a la clase, la empujó y cayó de bruces al suelo.
–Mondý. Deja a los mortales irse, ya tengo lo que estábamos buscando –exigió.
La obedeció.
Mary empezó a llorar al ver que a quién esperaban era a su hija, se acercó cautelosamente a su hija. No sabía cómo expresar el miedo que sentía por ella. Una madre sin su hijo era como una planta sin sus raíces fuera de la tierra, moría poco a poco, agonizando hasta el final.
–Cariño… –pronunció casi sin voz.
–Vete, mamá, Richard, Edu. Iros lejos. ¡¡¡Iros!!! –gritó Olivia para que reaccionaran.
Una vez la mujer y los niños abandonaron el aula, Ysabel cerró la puerta y quedó plantada delante de la muchacha.
–Qué suerte la mía, pensaba tener que enfrentarme a muerte con la próxima pretendiente de mi marido, sin embargo, no eres más que una criaturita nacida hace dos días. Todo es tan fácil que me aburre.
–Ysabel, déjala en paz –ordenó Elric entre dientes, intentando acercarse a la chica.
–Ya sabes lo que sucederá si das un paso más, o hace falta que te advierta –lo miró con aquella mirada seductora que sabía que lo derretía.
–Podrás poseerme en cuerpo, Ysabel, pero mi alma te repudió hace mucho.
–Duras palabras de un traidor. Tendría que ser yo quien te odiara por abandonarme la noche de bodas. Pero mi amor por ti es tan grande que puedo perdonártelo todo.
–¿Señora, mato a los amigos?
–Haz los honores por mí.
El vampiro se puso en posición.
–¿Piensas que es tan fácil acabar con nosotros, perro? –advirtió Sasha desenfundando de debajo de la camiseta en la espalda su pequeño pero mortal boomerang metálico. Se puso recta y esbozó una sonrisa malévola. Siempre que tenía que luchar contra alguien pensaba que era Reilha, así rendía al cien por cien. Mikael no dijo nada, pero se colocó junto a su amiga, mientras que Elric estaba más pendiente de la agonía interior que estaba viviendo Olivia. Ésta no podía permitir que hirieran a Mikael, a Sasha sí, ya que era una arpía. Pero él la había ayudado y reconfortado sin tan sólo conocerla. Ver derramar sangre simplemente la escandalizaba. Además estaba el tema de Ysabel, no sabía que querría hacer con ella, pero debía huir cuanto antes.
Modrý atacó en primer lugar, se colocó justo detrás de Mikael para propinarle un puñetazo en la cabeza, pero éste se apartó, agachándose para que Sasha  reventarle la nariz con su boomerang. Pero el vampiro herido se curó sin siquiera preocuparse por la hemorragia, cogió el arma de Sasha con una mano y la partió en dos. Ambos amigos quedaron sin palabras ante tal fuerza. Sasha lo miró con odio por romper su arma favorita, pero tenía un as en la manga. Fue corriendo hasta el fondo de la pared para coger la pizarra con ambas manos, estampándosela en la cabeza al enemigo. Ysabel no parecía preocupada porque su amigo estuviera perdiendo, mas no parecía querer intervenir en la pelea, y no le faltaban motivos. Como si de un papel se tratase, Modrý se deshizo de la pizarra que había atravesado el cráneo. ¿Pero qué narices?, pensó Olivia, ¿realmente eran inmortales? Mika lanzó los pupitres que se encontraba encima de él, pero éste los esquivaba con una facilidad asombrosa. Cogió a Mika del cuello y lo lanzó, estampándose en una pared del aula. Sasha abrió los ojos de par en par, emitía un aura negra llena de furia por el dolor de su amigo. Quería vengarse de él, y quería abalanzarse sobre Modrý con todas sus fuerzas. El vampiro estaba tranquilo ya que sabía que  ella no era rival para él.
Tal vez fuese una conocida asesina de humanos, pero toda su fuerza desaparecía cuando eliminabas su arma. Elric permanecía impertérrito, observando la escena sin poder intervenir en ella, mas sabía que cualquier movimiento que diera podría poner en peligro a Olivia  quien los miraba sin ver. Sólo veía el rojo sangre que emanaba de las heridas de Mika. La vida de Sasha le importaba más bien poco, pues  la odiaba, pero Mika era una buena persona, gracioso, divertido y sincero. No merecía morir por su culpa.

Sasha emitió un grito grave de rabia. Deseaba ir a socorrer a Mika, quien a su vez intentaba recomponerse del shock, levantándose con dificultad aferrado a la pared. Elric se debatía entre impedir la muerte de sus amigos y camaradas de hacía centenares de años, o ayudar a aquella niña inocente poseedora de su propia vida por medio del Medallón. Sasha se abalanzó sobre Modrý con todas sus fuerzas, enseñando sus colmillos y con la clara intención de arrancarle el cuello de cuajo, pero éste la empujó con ambas manos con tanta fuerza que atravesó la puerta de la clase, las cristaleras ya rotas del pasillo y aterrizó en el centro del patio de la escuela, a muchos metros de donde ellos se encontraban. La cabeza de la vampiro rebotó en el suelo y se abrió en canal. Permaneció quieta.

–¡Ysabel, dime qué es lo que quieres y detén esto! –gritó Elric, intentando calcular cómo era de grave el estado de Sasha.

–Ya te lo he dicho, te quiero a ti –respondió al vampiro esbozando una sonrisa, y sujetando con una mano el cuello de Olivia.

–Nunca me tendrás como deseas.

–Estoy segura de que cambiarás de opinión cuando acabe con tu querida mocosa –dijo mientras le lamía el cuello de arriba abajo–. Modrý acaba ya con el trabajo.

–No puedes hacer eso… –susurró. Olivia tenía miedo, pero sabía que aquel no era el momento de actuar como una cobarde.

Modrý dio un paso hacia un indefenso Mikael.

–¡No puedes hacerlo!–gritó Olivia.

–Pero, querida. ¿No ves que todo esto es tu culpa? –miró a Modrý– Adelante.

Se oyó un gruñido proveniente de la garganta de Olivia. Se liberó de la presión del brazo de Ysabel sobre el hombro y se giró

–Por mucho que hayas sufrido, eso no justifica que puedas comportarte como una hija de puta.

–¿Una hija de puta? Sólo me comporto como me han enseñado.

–Eran sus hermanas las que estaban dentro del fuego –intervino Elric–. Yo estaba allí. Pero no llegué a tiempo para salvarlas. Su madre sobrevivió.

–¿A aquello lo llamas vida, El? ¿A una vida sin sentido ni razón? –gritó Ysabel intentando bloquear de la mente las miradas vacías de su madre, las palabras huecas y las sonrisas negras.

–Lo siento Ysabel. Nos enteramos demasiado tarde. –Elric se arrepentía tarde, y lo sabía. La culpabilidad lo había carcomido todos aquellos años y se había resignado a vivir con la culpa el resto de su vida.

–Eres un mentiroso asqueroso, Elric de Calus. Me vendiste porque no tuviste el valor de luchar por nosotros. Te acobardaste al saber que quería matar a tu creador.

Tanto odio, tanta tristeza. ¿Cómo una persona puede sufrir tanto y continuar andando? No sabía cómo, pero ella lo había hecho. Tras lo sucedido le tocó continuar con el papel de princesa del reino, de fiel y beata prometida de Elric, pero cada día le costaba fingir más. Lo que era tristeza se iba convirtiendo en resentimiento, y del resentimiento a la más profunda amargura. La había dejado porque no había sido capaz de olvidar el dolor y las lágrimas. La había abandonado porque ya nunca más volvería a ser la que fue antaño.

–Dejaste de amarme aquella misma noche, Elric. Ya no me mirabas como antes, ya no me hablabas como antes ni siquiera me tocabas. Te convertiste en un desconocido para mí. A pesar de ello mantuve la esperanza de recuperarte, de ser felices. Pero el Gran Incendio todo lo quemó, incluida mi ilusión. Me entregaste para que me matasen, cabrón. No te importaba para nada. Pero no te preocupes, tu ejecución será espectacular.

–El odio te ciega, no hace falta seguir infligiéndonos dolor. Olvida como yo he hecho.

–¿Suplicando ahora, amor? En cuanto recuperemos el Medallón acabaremos con este patético sistema que se inventó Leo. Todo volverá a ser como antaño, y la gente se arrodillará ante mí otra vez. –Fijó la mirada en Modrý quien había seguido la conversación con gran emoción– Modrý, acaba con el hijo de Albano.

Olivia susurró unas palabras, eran casi imperceptibles para sus oídos. Una potente luz roja le emanó del pecho. Era tal fuerza la que desprendía que dejó anonadada a Ysabel. La luz empezó a descender hasta la palma de la mano derecha, concentrando toda la luminiscencia. Elric aprovechó la distracción de Ysabel para lanzar al suelo a Modrý y ayudar a su amigo a mantenerse de pie. Vieron una larga espada dorada y rojiza que surgía de la mano de Olivia, cuando vio el puñal de éste, ella agarró su empuñadura y señaló directamente a Ysabel.

–¿Acaso sabes manejar una espada? –le preguntó con acritud.

–Sé que se mata por la punta –contestó desafiante.

–Pequeña, puedo deshacerme de tu aguja con un simple soplido, –Fingió hacer uno– pero a Lucrecia le interesará saber cómo has hecho esto –dijo pensativa y con desprecio. Se veía que no estaba de acuerdo con su creadora–. Modrý, levanta. –El vampiro aún seguía yaciendo en el suelo, donde lo había lanzado Elric– ¡Modrý!

Olivia buscó de reojo a Elric. Quería enviarle un mensaje: debía aprovechar que la mantenía más o menos a raya para eliminar a Modrý. Coge una estaca, coge una estaca, se decía interiormente. Elric pareció entender el mensaje al ver como los ojos de su amiga se dirigían todo el rato a las patas de la mesa del profesor que se encontraba a pocos metros de él.

Arrancó una de las patas de la mesa de madera, saltó encima de Modrý y cuando lo tuvo inmovilizado en el suelo, elevó el brazo para coger el impulso necesario y estacarlo en el corazón. El ruido de una bomba se oyó en la oscuridad del exterior. Oía a la gente gritar y correr despavoridos en el exterior. Las sirenas de la policía y la ambulancia se dirigían hacia otro lugar. Unas manos le arrebataron el arma y lo arrojaron a un lado. Recibió fuertes patadas y golpes en la cabeza que lo dejaron bastante tocado. Tumbado donde se encontraba, junto a Modrý, unos hombres uniformados lo inmovilizaron con grilletes. Lo mismo hicieron con su enemigo.

¿Qué sucedía?

–Gracias por llevarnos hasta Ysabel y el Medallón, Elric. –Era la voz de Reilha, apoyada en el marco de la puerta. Mantenía a Olivia agarrada por la cintura, rozando el rostro con los cabellos de la muchacha.

Los cinco guardias que la acompañaban se encargaron de los demás: dos maniataron a Ysabel, que con gruñidos no dejaba de blasfemar y quejarse, otro se había encargado de Mika, quien medio inconsciente, a penas se percataba qué sucedía a su alrededor, un cuarto apareció con Sasha en sus hombros, como si fuera un saco de patatas. Reilha miró su estado y no pudo aguantar una carcajada de satisfacción.

Oía el crujido de unas cadenas. No estaba sola en aquella habitación. Olivia no estaba segura de dónde se encontraba, pero suponía estar en la ciudad subterránea que había oído hablar a Elric. No la había maniatado en el trayecto, pero si tapado los ojos para no ver hacia donde la conducían. Tampoco sabía a ciencia cierta cuantas horas llevaba allí dentro, pero estaba deshidratada y desnutrida, todos los músculos agarrotados y la garganta áspera de la sequedad del ambiente.

Durante el trayecto se había estado oponiendo a todas las indicaciones de aquellos salvajes sin corazón, dando patadas y manotazos esperaba que se cansasen de ella y la devolviesen a casa. Aquel era solamente un deseo que sabía que no se iba a cumplir. Forcejear no sólo la había llevado a recibir los mismos golpes que ella propinaba, sino que había llevado al cuerpo a un estado total de debilidad, hasta sucumbir al sueño.

Cuando se había despertado aún la mantenían con los ojos tapados, medio sentada y apoyada en una pared, las manos estaban con unos grilletes sujetos a unas largas cadenas adheridas a la misma pared. Que medieval todo, pensó.

–¿Olivia? ¿Estás bien? –Oyó preguntar a Violeta.

–¿Viola, puedes verme? –gritó, dando un salto hacia delante. Pero las cadenas la retuvieron.

–No, pero he sentido que tenía a alguien a mi lado y he supuesto que eras tú. –Gimoteaba a punto de llorar– Liv, lo lamento. La he cagado y bien.

–Deja de lamentarlo. La culpa es mía. Ahora hay que encontrar el modo de salir de aquí.

–No hay modo –dijo otra voz. Era la de Elric.

–¿Elric? ¡Oh dios, estás vivo! –suspiró más relajada siguiendo el recorrido de la voz.

–Pareces aliviada.

–Claro que sí, hombre, ¿por qué no debería estarlo? –aún estaba molesto por sus palabras en el coche. Lo notaba. puertas dime, ¿puedes ver?

–Perfectamente.

–¿Y por qué a nosotras nos han tapados los ojos y a ti no?

–Supongo que quieren que os volváis locas al estar encerradas y ciegas a manos del enemigo.

–Lo que me voy a estar es muy cabreada, no loca.

–¿Cabreada? ¿Hay algo que a ti no te cabree?

–Ya basta, Elric. Lo siento, vale.

–¿Qué sientes?

–Sabes perfectamente qué es lo que siento.

–No, no lo sé si no me lo dices.

–¡Oooh! Cállate ya.

–¿Qué es lo que piensas?

–No, Elric. No pienso continuar. Me desquicia no poder verte y quiero hacerlo bien…

–¿Si pudieras verme me dirías lo que piensas en realidad?

–Mmmmm, sí. Claro –dudó un poco. Le estaba pidiendo que le dijera que empezaba a sentirlo de una manera muy profunda y real, que empezaba a quererlo como a un hombre al que se puede desear y que querría probar sus labios y  su cuerpo más de una vez. Si fuera cobarde lo soltaría todo sin mirarlo directamente a los ojos, pero quería saber cuál era su reacción. Estaba segura que la rechazaría ya que era mucho más joven que él. ¿Pero quién no? O por ser una infantil, creída y prepotente muchacha que lo saca de sus casillas, como había dicho en más de una ocasión. Tenía que ser muy cruel para insistir que confesara sus sentimientos, sabiendo los que eran sólo para rechazarla y regocijarse con su dolor.

–En ese caso, ya puedo quitarte la venda de  los ojos. –Se agachó. Agarró su rostro con ambas manos, y la besó en ambas mejillas y en la frente, y después desató el nudo que ataba el paño de sus ojos, volviendo a ver la luz. Tan sólo era una luz de fuego que colgaba del techo pero era suficiente.

Allí estaba, totalmente libre, sin cadenas ni grilletes, mirándola con una rostro lleno de dulzura y cariño, suplicando con los ojos sus palabras.

–¿Por qué estás desatado y yo no? –dijo sin creerse a qué niveles llegaba su manipulación. Lo tenía todo previsto.

–Tú también estás desatada.

–No, no es cierto. –Estiró los brazos para abrazarlo, sabiendo que estaría impedida por una gran cadena que limitaba sus movimientos, pero lo alcanzó. Colocó sus brazos sobre los hombros de Elric y se agarró a su nuca– ¿Entonces los grilletes? –Movió sus muñecas en círculos y cayeron al suelo. Olivia se dio cuenta de lo que sucedía. Aun entre los brazos de un Elric en cuclillas y muriéndose por las carcajadas– ¡¡¡¡¡Pero serás!!!!! Capullo, engreído, prepotente, manipulador, cabrito… –Unas lágrimas empezaron a descender de sus ojos. Elric se las enjuagó– Sabes el miedo que he pasado por ti, imbécil. –Miró a su amiga, estaba sentada en una silla de madera al lado de la blindada puerta, riéndose tímidamente y pidiendo perdón con las manos.

–Lo siento, Olivia. Fue idea de Elric. Dijo que así se te aclararían las ideas.

–Que os den a los dos –protestó finalmente, escondiendo el rostro avergonzado entre los cabellos marrones de Elric.

Ella seguía entre sus brazos, gimiendo por todos sus sentimientos encontrados. Elric le acariciaba la cabeza con una mano, relajado y feliz por sentir como Olivia se liberaba al fin de toda la presión. Debería haber llorado desde el principio, pero su terquedad se lo impedía. Había tardado más de lo esperado.

–Llora, llora lo que necesites. –Notaba el cuerpo fundirse con el suyo. Era gelatina pura, temblando por la impotencia, la emoción, la tristeza y la furia– Olivia, mírame a los ojos.

–No quiero. –Sabía que si lo miraba no podría detenerse. Sus labios lo confesarían todo sin ningún filtro por en medio.

–Sé que me amas –le susurró al oído.

Lo miró con cara de sorpresa, justa la reacción que él había esperado.

–¿Tanto se me nota? –preguntó, enjuagándose las lágrimas con las yemas de los dedos.

–Se te nota lo mismo que a mí –dijo, riéndose entre dientes.

–¡Cállate, no quiero oírlo!

–Deja de huir, Olivia, deja de temerle a los sentimientos –la zarandeó para que abriese de nuevos los ojos y dejase de comportarse de manera infantil– Deja de comportarte como una niña –la abrazó, apoyando la cabeza en sus hombros– Eres una mujer valiente y fuerte, amor. Eso es lo que eres. Y ahora estás asustada porque nunca te has atrevido a amar a nadie.

–A todos los que amo acaban por abandonarme tarde o temprano, y sucederá lo mismo contigo. –Volvió a abrir los ojos y apoyó sus manos en la cabeza de Elric– Abandonaste una vez a Ysabel, ¿quién dice que no harás lo mismo conmigo? Y no me digas que me amas más a mí que a ella. Lo he visto, Elric, y lo he sentido. Tú lo eras todo para ella, al igual que ella para ti.

–No tengo excusa alguna para hacer lo que hice. Sólo que ella cambió de tal manera que me era imposible seguir queriéndola. La idealicé de tan manera que cuando vi sus demonios me asusté. Yo te conozco, Olivia. He visto más facetas tuyas en dos días de las que nunca pude ver en Ysabel en tres años. Conozco tus defectos y tus virtudes, y te acepto tal y como eres. ¿Tú me aceptas a mí a pesar de mi poco honorable comportamiento en el pasado?

–Me has salvado la vida antes y sé que lo volverías a hacer en el futuro. Claro que te acepto. Me irritas, me cabreas, me haces reír, me enterneces y me proteges. Despiertas en mi lo mejor y lo peor de mi misma, sabiendo que no te asustarás por mi comportamiento. No tengo que reprimirme contigo, ni fingir ser la persona que no soy como me ha pasado tantas veces. No tengo que vivir preocupada por decepcionarte al comportarme de una manera o de otra. Siento por ti algo tan profundo que no puedo catalogarlo simplemente como amor. –Notaba como las lágrimas volvía a recorrer sus mejillas.

Los ojos de Elric brillaron intensamente al oír aquellas palabras. Olivia se abalanzó sobre él, quien la aceptó plácidamente. Pensaba que podría estar abrazándola hasta la eternidad. A aquella cabezota y malhumorada chica cuyo destino parecía estar ligado al suyo desde largo tiempo atrás. Agarró el carnoso labio inferior con sus dedos, masajeándolo circularmente, le elevó el cuello para que sus miradas se encontrasen y estuviese a pocos centímetros de aquellos labios levemente húmedos. «Yo también te amo», y le atrapó la boca con los labios, como el primer día que la conoció; tierna y suavemente, sin miedo a que el tiempo los atrapase y recreándose con su sabor. Sus lenguas se buscaban con necesidad, sus cuerpos se fundieron en un pasional abrazo, bajo la discreta mirada de Violeta, quien sentía una envidia buena por la felicidad de su amiga.

–Leetham quiere ver a la humana. –Sé oyó más allá de la puerta que los incomunicaba del exterior. Elric la miró con el ceño fruncido, preocupado.

–Llévame con él, me muero de ganas de conocerlo.

Y era cierto. Sabía que iba a decirle, que ella no era el enemigo, ni Elric, ni Mika, ni Violeta, ni… aunque odiase reconocerlo, ni Sasha. Los peligrosos eran Ysabel, Modrý y las reinas. Era contra ellas contra quien tenía que focalizar toda su ira.

Esta vez no le taparon los ojos con vendas, y Olivia quedó maravillada por la belleza y la vida de aquellos pasillos de estilo clásico. Columnas corintias, grandes arcos, frontones, pinturas, mosaicos y esculturas predominaban una vez había llegado a la primera planta. Solamente habían tenido que subir unas escaleras de piedra blanca para encontrarse en semejante recordatorio de las culturas clásicas. Andaba pausada, con la constante mirada de cuatro vampiros de seguridad y el impertinente que la había abierto la puerta.

En aquella ciudad no parecía haber sol, el fuego parecía ser la base de su iluminación, y a pesar de encontrarse a muchos metros bajo el suelo el frío no era ni la mitad de lo que debiera. Mientras paseaba por los amplios pasillos vio una ciudad imperada de casas y gentes que la transcurrían. Olivia no podía creerse que aquel hubiera sido el hogar de Elric durante muchos años. En la lejanía podía ver una enorme montaña encabezada por un castillo medio derrocado. ¿Qué sería aquel lugar? Por no mirar al frente casi se chocó con una columna. Se detuvo por el susto, y todos se la quedaron mirando, escaneándola con los ojos.

Recorrieron otros pasillos con puertas que parecían laberínticos hasta encontrarse sin salida. Allí había una gran puerta ovalada y ocre. Toda ella estaba decorada con filamentos de plata que dibujaban un bosque. Los de seguridad se detuvieron y se pusieron en posición, junto a la pared y mirando al medio, donde se encontraba Olivia.

El carcelero picó a la puerta y esta se abrió lentamente. Todo era tan oscuro que Olivia no pudo ver nada en su interior a simple vista.

–Adelante –ordenó.

Y entró junto a ella.

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National CPR Association

Sombras al atardecer

Trailer de la novela Sombras al Atardecer, colgada semanalmente en mi blog.

 

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 ¿QUIEN SOY?

Mi nombre es Lídia Gilabert y aquí dejo mis humildes creaciones, diseñadas con el mayor mimo y amor para el disfrute de todos los lectores.

 

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