Siempre nos quedarán las  palabras

Sombras al atardecer (capítulo 2)

Entró por la puerta metálica. El frío recorrió hasta lo más profundo de los huesos. El apartamento del cual había hablado no era más que un loft situado la planta baja de unos altos edificios de una ciudad cercana. Habían tardado tan sólo media hora y no menos por culpa del terrible tráfico. Era espacioso y sobrio: cocina americana, gran sofá gris con una pequeña mesa color blanca, televisión de plasma colgado de la pared, dos grandes cuadros color rojo sangre y negro, y separado por unas finas cortinas, el dormitorio, al cual no pensaba entrar. El suelo era una tarima color madera oscura, a doble altura. Casi se comió el suelo al no ver el escalón. Al andar notaba un dolor agudo en el tobillo izquierdo. Esperaba no habérselo torcido.

No había ventanas ni ninguna rendija que dejara entrar luz. Parecía un búnker, un escondrijo, un agujero oscuro. Cerró la puerta tras ella, y le indicó con una señal que se acomodara en el sofá. Ella titubeó durante unos segundos pero ya había llegado hasta allí esperaba no arrepentirse de ello. Al sentarse se colocó el carísimo y roto bolso delante del cuerpo a modo escudo. No se había olvidado que le había arrancado la ropa de la parte de arriba y empezaba a notar un descenso en la temperatura corporal. Elric se dio cuenta de que la chica se estaba pelando de frío, pero por más que sufriera no le diría nada. No habían intercambiado palabra alguna desde que subieran al coche. Extraño en ella. Se sentía incómoda y temía haber sido una inconsciente por haber aceptado su propuesta. Pero no tenía que temerle, sólo estaba interesado en el Medallón.

–¿Se te ha tragado la lengua un gato? –preguntó él, con la intención de provocarla. Sabía que funcionaría. Ya empezaba a conocerla demasiado bien.

–Lo que le pasa a mi lengua es que se me ha congelado del puñetero frío que hace aquí, ¿no tienes calefacción? –Tenía los pies congelados y los tobillos cada vez se le hinchaban más y más por lo que no dejaba de mirarlos.

–Quítate los zapatos. –Rápidamente lo miró desconfiada– Te traeré una zapatillas. No tengo de tu número, –Sonrió imaginándose aquellos pies tan pequeños– y también te daré una camiseta para que dejes de temblar. Me pones nervioso. –Y fue directamente al dormitorio.

Lo siguió con la mirada.

–Gracias, don amabilidad. Es lo mínimo que podías hacer.

Y por fin, un poco más relajada, se tumbó en el sofá como si estuviese en casa. Estaba tan tranquila que, por la poca iluminación del apartamiento, tuvo la tentativa de dormirse. Ya casi con los ojos medio cerrados Elric le lanzó la ropa a la cara, y a propósito, tiró pasivo las zapatillas al suelo. La había dado una fina camisa abotonada, una gruesa chaqueta de cuero negra y las zapatillas eran unas simples chanclas de la playa. ¿Qué número tendría, un 46?

–Si quieres dormir prefiero que lo hagas en la cama. Sólo tengo una, así que si yo quisiera estirarme, tendríamos que dormir juntitos. ¿Qué te parece? –Se sentó a su lado.

–Que parecería una escena de la Bella y la Bestia y ¿adivina quién es quién? –bromeó desatándose los cordones de los zapatos y quitándoselos, así como las finas medias que llevaba, sucias y rotas– Te importaría darte la vuelta, quiero abrigarme un poco… –Simplemente tenía que separar el bolso del pecho pero no le daba la gana de que aquel hombre la volviera a ver en sujetador. Además tenía muchas ganas de quitárselo, liberarse de él, pero era una chica sensata y no lo haría.

–Ya te he visto antes además en lo único que me fijaría sería en ese tatuaje que te ha salido hoy –le contestó acomodándose también en el sofá; se estiró y reposó la cabeza en un cojín, después se cruzó de piernas y con un pie empezó a darle patadas.

–He dicho que te des la vuelta o te vayas, una de dos. No quiero que me veas

–Cerraré los ojos. Lo único que tienes que hacer es quedar de espaldas hacia mí. Así no veré nada, ¿contenta? –Detuvo las patadas.

Suspiró, pero hizo lo que le había pedido. Al fin y al cabo era todo un caballero. Dejando el bolso a un lado, empezó a abrocharse la camisa, no sin antes comprobar si el medallón aún estaba anexionado a la piel. Lamentablemente, así era. Y una vez subida la cremallera de la chaqueta, se giró. Elric seguía en la misma posición que antes, y continuaba mirándola con aquellos ojos de un gris pizarra.

–Ya está, puedes hablar

–Agradezco que me des permiso. –Sonrió con un gesto débil y abatido. Estaba cansado o relajado, o tal vez ambas cosas. Era increíble que se sintiera tan bien al lado de aquella mocosa. Tan pronto lo desesperaba, como le transmitía paz y calma– Pero antes que nada, ¿tienes que avisar a alguien de que pasarás la noche fuera?

¿La noche fuera? Espera, espera. ¿Estaba insinuando lo que estaba insinuando?

–Le he enviado un mensaje a mi madre. –«Espera Olivia, tienes que dejar las cosas claras»– Que sepas que no voy a acostarme contigo, chaval.

Elric abrió los ojos de par en par. «¿Chaval?» Empezó a reírse para sus adentros. Que fácil era para aquella humana decir las cosas tal y como las pensaba. Cuanta sinceridad

–No te preocupes, no pensaba acostarme contigo. No eres mi tipo.

–¿Eres gay? –Que no era su tipo, ¿cómo se atrevía? Sus pechos eran su mayor atractivo y los había visto en primer plano.

–No, no soy gay. Pero no me gustan las mocosas impertinentes. A ver si vas a ser tú quien me va a atacar.

–No te preocupes, estás a salvo. A mí tampoco me gustan los muertos. –Se levantó muy molesta por aquella insinuación. ¿Acaso había sido ella quién lo había toqueteado de arriba abajo como a un diamante?– O me dices lo que tenías que contarme o me voy. –Le encaró. Cuánto empezaba a gustarle que lo tratara así.

–Muy bien. –La imitó, la cogió por los hombros y la tiró al sofá con delicadeza– Te voy a contar lo que sé de este collar. –Aún de pie, fue a uno de los cajones de un armario y, sacó un libro con gruesas y desgastadas tapas. Sopló encima de la portada, y escampó mucho polvo. Se detuvo unos segundos, pensando si lo que hacía era lo correcto. No quería meterla en su vida, pero ella poseía el Medallón, y quisiera o no, aquello los vinculaba. Se volvió a sentar, y sin cuidado fue pasando las páginas. Parecía que se conocía muy bien aquel libro, y que se lo había leído en más de una ocasión. Se detuvo en una página en concreto y empezó a leer para él– ¿Este es el Medallón que te encontraste? –Le enseñó un dibujo hecho con grafito: una gran elipsis que sujetaba un ojo de bronce, sujeto de una cadena de diamantes y rubíes.

–Sí, es este a excepción de la cadena. Ya lo viste, estaba sujeto a un cutre cordón de cuero.

–Este collar tiene diferentes nombres. El medallón perteneció a la familia Di Castri durante generaciones por ello algunos lo llaman el Medallón Di Castri, pero este también tiene en su interior una gema, una gema de dragón, por lo que también recibe el nombre de Medallón de Fuego.  ¿Estás bien?

–Sí, sólo dos preguntas: una, –Lo miró incrédula– ¿Dragón? ¿Me has dicho dragón?, y dos ¿Tú no te apellidabas Di Castri?

Mierda, había cometido un error al presentarse de tal manera, tendría que haber utilizado su pseudónimo.

–Primero: sí, he dicho dragón. Los dragones existían, pero ahora no. Se extinguieron, murieron, desaparecieron, –Empezó a gesticular con los brazos para que entendiera el mensaje– Así que no tienes porqué preocuparte, y segundo sí, mi apellido es Di Castri, pero no significa nada.

–Acabas de decirme que tu familia era la dueña de este maldito collar, y ahora dices que no significa nada, ¿qué me estás ocultando?

No había manera de engañarla, se las pillaba todas. No le apetecía lo más mínimo contarle su historia. Se sentía patético

–Te lo resumiré en pocas palabras: Di Castri es el apellido de mi esposa.

Toma notición. Así que estaba casado.

–¿Y vives solo? ¿Dónde está ella?

–Está muerta.

La chica se quedó de piedra. Hacía tan sólo una hora lo había gritado, insultado y menospreciado, y ahora le decía que era viudo, que el amor de su vida había muerto y que había tenido que vivir con esa pena el resto de su vida. A lo mejor estaba exagerando, y no la amaba o él mismo la había matado, pero en el fondo se sintió mal consigo misma, sucia y despreciable

–Lo siento, no pretendía…

–No te preocupes, pasó hace muchísimo tiempo… –Agachó la cabeza.

El móvil de Elric sonó rompiendo aquel profundo silencio. Volvía a sonar aquella canción reggeatón que tanto odiaba, y encima lo tenía a todo volumen, como en el cine

–Por dios, cambia de sinfonía de una vez –espetó.

Elric la miró y le sacó la lengua malévolamente. Cada vez la divertía más cuando se enfadaba. Y se apartó a la cocina para hablar.

–Hola, asesino. Desde que te mudaste no hay quien te vea –susurró una voz masculina llena de vida y diversión, su amigo Mikael–. Sé que estás muy entretenido muriéndote de aburrimiento entre los humanos.

–Benditos sean mis oídos, con quien tengo el placer de hablar –imitó el sonido de una trompeta–. El gran Mikael, el fugitivo.

–Dejaos de mierdas. –Oyó una voz femenina en el fondo– Mika, dile porqué lo hemos llamado. Es importante, joder, y os dedicáis a comportaros como dos críos.

–Tranquila, Sasha, mujer, ahora voy, qué agonías. Es cierto, tío. Tenemos un problema y de los gordos. Reilha ha vuelto a la ciudad subterránea con sus hombres. Sash ha ido preguntando a los comerciantes y al parecer van buscando tu paradero.

–¿Han comentado lo qué querían de mí? –preguntó más flojo para que no lo oyera su visita.

–Simplemente quieren saber dónde estás. Corren rumores sobre que el Medallón no se destruyó, que alguien lo posee y que podría despertar en breve. El, dinos que no sabes nada.

–Ojalá pudiera, pero no es así. –Suspiró– Es mejor hablarlo en persona. ¿Nos encontramos en el muelle a la hora de siempre?

–Intentaremos escaquearnos, pero cada vez hay más vigilancia, y no queremos que nos encuentren. Ya sabes, soy un fugitivo, y Sash, bueno, mejor sin comentarios.

–¡Cállate, Mika! –protestó una voz al fondo.

–Tened cuidado, –Miró a Olivia– por cierto, llevaré a alguien conmigo.

Colgó el teléfono y miró en dirección a la muchacha quien lo contemplaba, con aquellos ojos rasgados marrones y una mirada fría y penetrante. Aún no se le habían olvidados sus palabras, y sentía un poco de pena y curiosidad por saber que le había sucedido. No sabía cómo pero siempre acababa relacionado de una manera u otra con mujeres llenos de traumas sin resolver.

Su fiel amigo Mikael le había dicho que había una gran presencia de los hombres del presidente, Leethan. Desde la caída de su reinado, había tenido que ver como su mundo se veía regido por descendientes de León; ambiciosos, déspotas y dictadores. Pero él no era el más apropiado para hablar. Leethan, sin embargo, era diferente, hombre responsable y coherente. Gracias a él había podido vivir en una paz relativa los últimos ciento cincuenta años. Tendrían que pasar desapercibidos para llegar hasta el puerto. La mejor cualidad de aquella ciudad era que siempre estaba infestada de turistas día y noche, y ante tanta aglomeración de personas, su presencia pasaba inadvertida. Pero no las tenía todas consigo mismo, esperaba que aquella humana colaborase y no desbaratara sus planes.

–¿Quién era? –preguntó, levantándose del sofá para dirigirse a la barra de la cocina americana–. Tenemos  problemas, ¿verdad?

¿Tan transparente y expresivo era?

–Me temo que sí. Me andan buscando con el fin de encontrar el Medallón.

–¿Cómo pueden llegar hasta la joya a través de ti?

Ese era otro tema delicado. La miró con unos ojos perdidos en la nada. ¿Cuántos secretos de su mundo tendría que desvelar? Ya había contado demasiado, joder.

 –Eso ya no es de tu incumbencia. Ya te he contado suficiente.

Salió de la cocina y fue a coger su cazadora del perchero, con la intención de salir. Si continuaba atrapado con aquella metomentodo acabaría contándole su vida desde su nacimiento.

Que no era de su incumbencia, le decía. Al parecer no se había dado cuenta que quien tenía aquella lata incrustada en la piel era ella

–Es algo relacionado con tu difunta esposa, ¿verdad? Aún te duele hablar de ella, recordarla… –No se había movido. Seguía sentada en un taburete en dirección a la nevera.

Elric se giró con ganas de pelea.

–Corta el rollo, vale. –Y fue a donde estaba ella. Apoyó sus manos en sus rodillas– No duele recordarla. Fue hace mucho tiempo. Además al final enfermó de la cabeza. Cambió de tal manera que no podía reconocerla. Se volvió una persona cruel y miserable, sádica y traidora, y por ello dejé de amarla.

Se levantó y lo agarró de la camiseta, estirándola hacia su altura, brillándole los ojos de emoción con intensidad.

–Pero te dolía, ¿verdad? Cuando decidiste dejarla de amar, dolió porque aunque fuera lo correcto, no podías olvidarla… –¿Por qué se comportaba de aquella manera? Había sentido su mismo sufrimiento al hablar de aquella mujer. Se le trastornaba el corazón. Los ojos se le avivaban con unas llamas de odio y de pasión. ¿Quién podía haberle causado tanto sufrimiento? Era un hombre tozudo e insoportable, pero no se merecía sentirse así. Lo notaba, cómo poco a poco se le iba haciendo trizas el corazón, al imaginarse su imagen en la mente– Debíais ser felices, ¿verdad? Queríais ser felices en libertad.

¿Cómo lo había sabido? Había dado en la diana. Antes que todo sucedieran tenían pensado huir y empezar una nueva vida, pero ambos estaban atados con gruesas cadenas invisibles. Tuvo una sensación extraña: desolación. Que ella lo hubiera sabido era sin duda cosa del Medallón

–Así es –respondió impasible–, pero todo acabó mal. De la tristeza me consumí en cenizas, pero de éstas resurgí, haciéndome más fuerte e impermeable al amor.

Olivia alzó una ceja incrédula.

–Lo que dices no te lo crees ni tú. Pero no soy nadie para ir dándote lecciones. Todos tenemos nuestras penas que nos hacen ser quienes somos. Este Medallón, ¿verdad? Es por él que puedo notar lo que sientes, sufrir contigo. Es por el Medallón que me encontraste cuando me sepultaron. ¿Quién más lo busca?

–No debes preocupes, Olivia, no permitiré que nada malo te suceda. Eso es lo único que te puedo decir. –Le levantó la barbilla e hizo que lo mirara directamente a los ojos. Emitía calor y cariño, igual cuando la besó… Espera un momento, ¿Por qué la había besado? Bueno, eso no importaba, simplemente se quedaría con aquella sensación de protección. Quería abrazarlo, arrimarse a él y llorar desconsoladamente. Elric no entendía muy bien porqué le había dado falsas esperanzas, pero aquella no era más que una niña en un juego cruel. Irritante o no, no era más que una víctima que la miraba con ojos de cordero degollado que le hacían perder la razón.

Cuando llegaron al muelle, a la chica le costaba seguir los grandes pasos de Elric, quien lo hacía a propósito para echarle en cara su baja estatura. Aún no se había repuesto del altercado anterior: gemelos cargados, grandes hematomas en las piernas, dolor de talones, respiración agitada y cortes por todas partes. Por no hablar de las enormes chanclas que llevaba. Elric se detuvo en seco, ella lo miró desconfiada.

–¿Qué haces ahora, te has equivocado de camino?

–Andas medio coja ¿Quieres que te lleve a cuestas?

–No me trates como a una cría –bufó.

–No seas así, mujer. –Le agitó el cabello cariñosamente como a una muñeca– Estás herida, cansada, te duele todo el cuerpo e intuyo que tienes hambre. Sé que eres muy cabezona, y por salirte con la tuya eres capaz de pasar por todo lo que haga falta, pero esta vez acepta mi ayuda. Acepta tu debilidad.

Quedó perpleja ante sus palabras. No parecía burlarse de su condición de humana, sino que procuraba que ella estuviera bien. Se preocupaba por su estado físico y su bienestar. Pero se había olvidado de algo, que además estaba aterrada. Si bien decía que estaba conectado a ella, bien debía sentir su constante preocupación. Olivia no reaccionó, permanecía pensativa, y Elric por su parte suspiró y continuó su camino, dejándola atrás. Lo agarró de la camiseta, deteniéndolo. «Espera», dijo con débil voz. Tenía razón, debía aceptar su agotamiento y dejar que la llevara. Total, a él no le constaría nada. Elric aún estaba de espaldas a ella, pero podía imaginársela perfectamente: con los ojos vidriosos y aún más rasgados, con los mofletes rojos de vergüenza y humillación y apretando fuertemente los dientes.

Sopló un aire fresco que le atravesó hasta los huesos, empezó a temblar de repente y tuvo un mal presentimiento. Alguien los espiaba. Abrió los ojos de sorpresa, intentó apartarse pero una flecha le atravesó el hombro derecho en cuestión de segundos. El dolor apareció rápidamente, mientras una gran mancha de sangre se expandió rápidamente por la chaqueta negra. Un fino hilo de sangre descendía desde la comisura de sus labios hasta la barbilla. Y cayó al suelo del dolor. Elric corrió hacia donde minutos antes había visto una sombra que había preferido ignorar. Sabía que la dejaba sola, y era algo que no deseaba, pero tenía que atrapar a aquel desgraciado. A medio camino, una espesa niebla y vaho aparecieron de la nada, impidiéndole ver más allá de sus narices. Lo había perdido, pero tenía que estar cerca.

Vio dos siluetas en la lejanía.

–¿Perdiendo facultades, El? –preguntó una voz que le era familiar. Era Mika. Ya habían llegado. Con una mano sostenía al pobre diablo por el cuello, quien se había  desmayado tras el golpe que le había propinado Sash con su boomerang–. Pobre idiota, pensaba que podía huir de nosotros. La liebre ha atrapado a la tortuga.
–No te mofes, que casi nos habrían atrapado los de Reilha, sino los hubiera despistado –dijo Sasha, recogiendo una flecha del suelo, miró su emplumado–. Estos colores no son propios del Régimen. –Y después olfateó su punta– Está envenenada.
–Mierda –blasfemó Elric–. Olivia.
–¿Olivia? –se preguntaron ambos al unísono. Mikael empezó a reírse, mientras que Sasha miraba atónita.
La muchacha estaba tumbada en el suelo boca abajo, con los brazos y la piernas estiradas y sin casi poder abrir los ojos. Notaba un dolor agudo que le recorría toda la espalda, y la hemorragia no cesaba. Cada vez se sentía más débil y sabía que no tardaría en desmayarse. Alzó la cabeza y vio a Elric delante de ella en cuclillas y le meció el cabello.
–Aguanta un poco. Primero hay que sacarte la flecha.
–Ni se te ocurra –gritó presa del terror. Pensar en que le tocaran en aquella zona la horrorizaba. No podía imaginar cómo pensaba extraerle la flecha, pero sabía que agradable no sería. Y conociéndolo no sería precisamente cuidadoso en sus métodos. Oyó unas voces cerca, y miró a su derecha; era un chico y una chica de veinte tantos años, cuchicheando a un tono tan bajo que no era capaz de seguir la conversación. Pero sabía que hablaban de ella.
–¿Es esta la chica? –preguntó Mika, mirándola curioso. Se puso también en cuclillas junto a Elric y fue repasándola arriba y abajo. Era muy incómodo.
–La llevaremos al escondite –sugirió Elric.
–¡Ni hablar! –gritó Sasha con disgusto –No estaremos a salvo allí. Los centinelas han tomado toda la ciudad. La sombra de Leetham está en todos los rincones. Al intentar salir de allí, un poco más y no lo contamos.
Sasha era una mujer directa, de facciones duras, ojos azules claros y pelo ondulado negro, no le gustaban los mortales y no disimulaba en ello.
–¿Y aquí sí? En cuestión de horas la han atacado dos veces. Si los espías de Reilha saben nuestro paradero… –Elric se detuvo. Se estaba enfadando y se sentía agotado. Cada vez más notaba la vinculación del Medallón, pero nadie, a excepción de Olivia, podía saber que su destino estaba ligado al de ella.


–Preguntémosle al amigo –sugirió Mika–. Si es el único que sabe donde nos encontramos lo matamos y punto. Además, Sash ha comentado que esta flecha no pertenece al Régimen, pudiera ser que no trabaje para ellos.
–Sasha, sonsácale a este malnacido todo lo que sepa. Tortúralo lo que haga falta. Mika, ves a mi apartamento y asegúrate que no haya nadie. Yo llevaré a Olivia al coche para que entre en calor y cuando Mika me avise que todo está seguro, nos dirigiremos hacia allí y avisaré a Gus para que la ayude.
Tras darles las indicaciones, ambos afirmaron con la cabeza, Mika desapareció a una velocidad extraordinaria y Sasha empezó a lamerse el labio superior, pensando cómo torturar a aquel asesino a sueldo. Pensó en Reilha y lo que le gustaría hacerla. Mostró los dientes y ató al menudo hombre con una cuerda en una farola del puerto. No había nadie cerca, así que podía emplearse a fondo. Elric se fijó en el rostro desencajado de Olivia, ¿Iba a torturarlo allí, en medio de una vía pública?
–Sash, me la llevo al coche. Cualquier información que puedas obtener de él me la cuentas inmediatamente.
Elric no dejó que le respondiera y desapareció con Olivia entre los brazos. Se introdujeron en lo que parecía el interior de un calidoscopio en constante movimiento. El viento le azotaba la piel y hacía que lagrimeara. Buscaba calor en Elric pero tan sólo se encontraba con un frío bloque de hielo. La sangre no dejaba de gotear del hombro, las extremidades no le respondían y mantenía los ojos, a duras penas, abiertos. Aún estaba agarrada a su camiseta, en la cual en un primer momento había buscado cobijo, pero las manos estaban tan congeladas y agarrotadas que le era imposible abrirlas. Cuando se detuvo, la introdujo en el coche con tanta elegancia y delicadeza, que acabó por darse un coscorrón. Veía a Elric tambalearse y apretar los dientes en señal de protesta.
–Tan pronto pareces un líder capaz como un niño que no sabe llevar a cuestas a una mujer. –Su voz apenas era perceptible. La veía blanca como la nieve, los huesos del rostro se le marcaban y estaba tan fría como el hielo. Quería cuidarla, mimarla y aquella sensación era algo que sobrepasaba el poder del Medallón, era algo suyo, propio, íntimo…
–No dejarás de meterte conmigo aunque estés a un paso de la muerte, ¿verdad? –Se quitó la camiseta, la rasgó en tiras y fue taponando la herida para detener la hemorragia.
–Lo ensuciaré todo de sangre. –La había tumbado en los asientos traseros, con los brazos y las piernas estiradas. Estaba abatida y no era capaz de aguantar el peso de sus pestañas– Me muero, ¿verdad, colmillos?
–No puedes, no puedes –empezó a gritar desesperado. No podía permitir tal cosa. Era cabezudo en todos los aspectos, y ella bien sabía que si se había propuesto salvarla, lo haría. De eso estaba segura.
–¿Por qué va a importarte tanto mi muerte si me conociste esta tarde? Además, así podrás sacarme este trozo de metal oxidado que tanto deseas –señaló donde se encontraba el Medallón con un dedo. La idea que le había sugerido era una barbaridad. ¿Tan poco valor creía que tenía su vida como para decir tal cosa?
Se tumbó encima de ella, apoyando sus manos en los cojines del asiento para no aplastarla. Rozó la nariz con la suya y aspiró la fragancia. Olivia frunció el ceño. No daba crédito a lo que veía. La besó en la frente y después en ambas mejillas. Aquello parecía un ritual para Olivia, pero no lo era, y se mantuvo en silencio para no romper aquella atmósfera tan íntima que había creado. Menudo bipolar. Se le acercó a la oreja y la mordió para después recorrerla con su lengua. Lo miró incrédula.
–Eres una idiota. –Acarició ambas manos con las yemas de sus dedos para darle calor.
Mika apareció detrás de él.
–Todo despejado. –Miró a la muchacha. Tenía peor aspecto que antes: toda ella pálida, con un pie en la tumba.
–Perfecto. La llevaré de vuelta y veré si Gus puede pasarse. Ve con Sasha y controla que no mate a nuestro prisionero. Nos puede ser útil
–Nos ha sido muy útil –intervino la mujer irónicamente–, pero en el fondo del mar no hablará más. Lo siento. –De las manos goteaban sangre, así como de los labios. Después de haberle pegado una paliza, lo había degollado con sus propias manos. Toda su furia había sida canalizada– No trabaja para Régimen. Ha sido un encargo de un particular, cuya identidad desconoce. Al parecer se comunicaban mediante emails, y nunca se vieron en persona.
–Eso lo complica todo. Puede que ambos trabajen para la misma persona –dijo Elric pensativo
–¿Temes lo peor? –preguntó Mika, sabiendo perfectamente a qué se refería.
–Si ella vuelve…, no sé lo qué sucederá, además Reilha y Leetham no tardarán en dar con nosotros.
Oyó dos fuertes portazos que retumbaron en sus tímpanos. Eran Elric y su temperamento, y Mika. La llevaría a su apartamento y la curaría, había dicho, pero ella sentía que era demasiado tarde, aunque no perdía la esperanza. Se negaba a desmayarse de nuevo, no quería volver a introducirse en aquella estrecha y horrible habitación oscura, pero por otro lado, deseaba dormir tranquila, cerrar los ojos y olvidarlo todo. Sentía cada vez más dolor, cada movimiento, cada olor, cada sensación: Elric estaba aterrado y tenía motivos. Si era cierto lo que había dicho, su muerte también supondría la suya. El olor a gasoil la mareaba, las curvas, la rapidez, los fuertes y violentos giros del volante, etc., y acabó por dejarse llevar, como las olas del mar; profunda e intensamente.
Cuando Olivia abrió los ojos sólo vio el techo. Tumbada en la cama, estaba tranquila, relajada, y el dolor había desaparecido. Más bien dicho, estaba medio drogada, como flotando en una nube.
–Duerme, debes dormir más –le decía una voz melodiosa que desconocía. Tal vez era aquel tal Gus, del que había oído hablar a Elric.
Olivia se repasó todo el cuerpo para analizar qué la habían hecho, y se alarmó al verse otra vez vestida simplemente con un sujetador, y unos pantalones de deporte grises tres tallas mayores de la suya. Un ancho vendaje le recorría todo el hombro y se unían con un esparadrapo en las axilas. No se atrevía a tocarse la herida, pero agradecía haberse deshecho de la flecha.
–¿Quién me ha cambiado?
–No te preocupes, muchacha. He evitado que Elric echara un vistazo –dijo un hombre bajito de espesa barba y ojos pequeños.
–Elric, el Medallón…
–No te preocupes. Gus es de confianza. Sabe todo lo que hay que saber. Por ahora sólo concéntrate en comer algo. No quiero tener que apuntar una muerte más en mi lista.
–¿Y es larga esa lista?
–Muy larga.
Y la dejó sola.

Oyó unas voces cuchicheando en el comedor. Eran Mikael y Sasha. Agudizó sus sentidos para poder oír lo que decían. Quería relajarse y olvidar, pero a la vez sentía curiosidad por lo que pudieran decir de ella.
–Si esta niñata es la nueva portadora del Medallón ya puedes darla por muerta –le dijo Sasha a Elric. Qué bien empezamos, pensó Olivia–. El Régimen no se detendrá hasta destruirlo. Destruirlos a ambos.
–¿No deberíamos primero averiguar antes que nada cómo es que el Medallón ha elegido a Olivia? Es muy extraño, no es más que una persona corriente –preguntó Mikael.
–Eso no importa. Yo recomiendo quitárnosla de encima. Nos traerá muchos problemas. Ya somos fugitivos, sólo nos faltaba que el Régimen nos tenga más en su punto de mira por su culpa –le respondió.
–No seas insensible, Sash. Y a mi sí que me importa. Dependo de él para vivir.
–¿Qué quieres decir, El? ¿Qué tiene que ver ella con tu vida?
–¿No lo sabes, Sash? –preguntó Mika–. Elric se vinculó al Medallón hace muchos años, cuando se casó con Ysabel. Si el Medallón o la nueva portadora de éste muere, él también. Si aún sabiendo esto quieres dejar a esta pobre e inocente chica a su suerte, siento decirte que no te lo perdonaré en la vida.
Sasha calló. Mucho le debía además de un gran sentimiento de amistad. Si su amigo estaba en peligro, ella lo ayudaría a pesar de odiar a los humanos. No lo haría por ella, sino por él
–Si es cierto lo que me dices, no abandonaré a Elric, nunca. Ese fue mi juramento y no pienso quebrantarlo.
–Bien dicho, Sash –comentó Gus–. Pero seguimos estando ciegos. El Medallón ha despertado y no sabemos por qué. Y si significa que las reinas e Ysabel han despertado, ¿qué es lo que querrán?
–Me quiere a mí.
Se levantó de la cama y corrió la cortina. Allí estaban todos, Sasha, Mika y Gus, medio estirados en el sofá, y Elric sentado en una de las anchas butacas color gris, apoyando sus manos en sus rodillas y mirando al horizonte, otra vez pensativo. ¿Tanto le afectaba aquel nombre, que el inconsciente siempre acababa viajando a otro lugar y a otro tiempo? Elric alzó la cabeza y la vio. Una sonrisa se le dibujó en la cara como la más bella de las pinturas, y suspiró tranquilo. Fue hacia ella para que tomara asiento, y mientras la sujetaba del brazo, ayudándola a descender el escalón.
–¿Tu mujer no había muerto? –preguntó Olivia confusa.
El vampiro de ojos grises se tensó.
–No quiero hablar del tema –concluyó Elric. Y se levantó del sillón para volver al dormitorio y tumarse en la cama. No quería tener que recordar, le avergonzaba y apenaba decirlo con palabras, y mucho menos a Olivia.
–¿¡Tu mujer no estaba muerta!? Fue lo que me dijiste. ¿Mentiste? –le gritó per sólo recibió negación a cambio.
Los amigos no se extrañaron, sabían perfectamente que era el tema tabú para él. Nunca lo habían presionado para que contara nada, pero ahora estaba Olivia, y ella no se detendría hasta saberlo todo. ¿Pero sería ella tan importante como para explicarle todo su oscuro pasado?
Olivia dio un paso en su dirección, pero Gus la detuvo
–Déjalo. Nunca es fácil recordar tus más horribles pesadillas.
Elric estaba tumbado boca abajo, con las manos alrededor de la almohada en la que había hundido el rostro. La chica se sentía incomoda. Estaba triste, muy triste y cabreado con ella misma por hurgar en la herida. Se había precipitado para poder hablar con él, y ahora no sabía qué decirle. Empezaron a brotarle lágrimas de los ojos del hombre. Pero quién, sino ella, con la que estaba vinculado, podía consolar su dolor.
–Vete, Olivia. Por favor. Vete. –Se giró bruscamente y ocultó el rostro con ambas manos. Estaba llorando, más bien dicho, ambos lo estaban. Olivia lo miraba con aquellos ojos vidriosos y mirada de lástima y empatía. No apartaba la mirada de la suya. Sus labios temblaban de frío, sus mejillas rojizas como siempre, y sus ojos, sus ojos de cordero degollado, no dejaba de decirse Elric, aquella mirada que lo derretía. Si seguía así acabaría por abrazarse a ella buscando cobijo entre su pecho, y pasar ahí toda la noche hasta que amaneciera– Sabes niña, sabes que eres insoportable. Con esa cara de, «cuéntame lo que quieras, yo te comprendo, yo te ayudaré». No lo soporto. –Su voz era fría. Cruel.
–Yo sólo quería… –Seguiría llorando, pero no por él sino por sus duras palabras.
–¿Consolarme? –enmudeció. Había dado en el clavo–. No necesito tu consuelo, además, qué culpa tengo yo de que estés enamorada de mí. Que esté vinculado a ti no significa que vaya a desnudarme emocionalmente ante ti.
–¿Qué me estás contando? ¿Enamorada? –Apartó las manos y se levantó. Cómo podía haber sido tan estúpida de sentí lástima por él y querer ayudarlo– Eres insufrible –gritó a la vez que se levantaba–. Eres un imbécil, estúpido. –Lloraba, no dejaba de llorar. Lloraba por él, por su rudeza, por su insensibilidad. Mierda, sí que estaba enamorada. Pero porqué si ella no creía en el amor, y encima, porqué de él.
–Deja de llorar de una vez, pareces patética, como una humana más sin honor. –Le abofeteó. Pero el golpe le dolió más a ella que a él. Elric donde sintió el golpe fue en el alma. Se había pasado. Ysabel, Ysabel, ¿por qué me haces esto? ¿Por qué sigo sintiendo lo que siento por ti? Y veía a Olivia llorando, partiéndosele el corazón en dos. Quería abrazarla y besarla para que dejara de sufrir.
Se enjuagó las lágrimas.
–Sólo quería decirte que si quieres hablar con alguien, tengo entendido que soy buena dando consejos y escuchando a la gente. Nada más, imbécil. Si prefieres ahogarte en tu propia miseria, adelante, yo no te detendré, porque eres cruel, Elric Di Castri, eres cruel. Ahora entiendo porque te casaste con aquella mujer, Ysabel ¿verdad? He oído que era una bruja, si fue así entonces seguro que harías una buena pareja.
–Vete a casa  de una puta vez Olivia –gruñó enfadado.
–Sí, es lo mejor.
–Buena chica. Pero ten los ojos abiertos. Si algo sucede, avísame.
–Por supuesto. –Por supuesto que no. Después de lo que había hecho, como podía esperar que confiara en él. Y con el corazón a mil por hora, salió del dormitorio, huyendo como un corderillo.
–Mierda. –Se regañó Elric. La había cagado. Había sido oír el nombre de Ysabel y se había vuelto loco. Ese Medallón lo estaba destrozando.

Olivia miraba por la ventanilla del coche. Mika no había abierto la boca para nada, sabiendo que era lo que había sucedido entre ella y Elric. Era un imbécil, y ella se había comportado con mucha insensibilidad, pero sí era cierto que ya había pasado el tiempo suficiente para que Elric se deshiciera de esa losa  pesada que había sido su pasado. Además, Olivia, era incapaz de comprender su sufrimiento, y ahora, pretendía descubrir una historia que se había guardado como uno de los más cruciales secretos de su raza. ¿Qué sucedería si años atrás se hubiese descubierto que los Di Castri todavía vivían? La guerra no hubiese terminado y seguirían las revueltas y los enfrentamientos. Pero el presente era aquel y debía mantener la estabilidad entre aquellos dos, evitando sus constantes discusiones y peleas verbales.
Ella aún seguía enfadada y defraudada. Con ojos estaban hinchados y rojizos del mismo color que las mejillas, la había visto salir del dormitorio de Elric, enjuagándose las lágrimas, cordándose los botones de la camisa y alisándosela para mantener la mente ocupada y no sentirse como una idiota. Elric la había chillado e insultado, incluso se había atrevido a afirmar que ella estaba enamorada de él. Menudo cara dura, pensó Mika. Cuánto lo admiraba.
La volvió a mirar, seguía contemplando el exterior sin inmutarse, seguramente pensando en él. No sufras más, mujer. Todo se solucionará. En realidad, lo mejor es que no te involucres emocionalmente con él, pensó. Se imaginaba la reacción de Ysabel cuando, al despertarse, viera como el amor de su vida estaba entregando su amor a una mortal. Sintió pena por Olivia.
Sonó el teléfono.
–¿Sí? –preguntó ella–. ¡Mamá, no te preocupes…! Ya sé que es tarde… No, tranquila estoy bien. No ha pasado nada. –Después se fijo en la ropa. Mierda, los zapatos y los jeans rotos y vistiendo una camisa que no era la suya, y lo peor de todo, se había dejado el bolso y la chaqueta en el apartamento de Elric. Tierra trágame, pensó. Su madre continuaba hablando por el teléfono sin dejar que ella contestara. Estaba realmente preocupada al saber que su hija no se había ido a dormir a casa de ninguna amiga. Mierda de amistad, podría haberla encubierto– Lo siento, es cierto no tenía que haberte mentido, pero es que… Mamá, quieres escucharme.  –La llamada se cortó.
Se encendieron las luces del portal, pero Olivia, al estar de espaldas no vio la luz. Empezaron a caer unas gotas de lluvia, primero tenuemente, y luego caían furiosas contra el suelo. Olivia no podría creerse su mala suerte, se había empapado entera esperando a que Mika se fuera de una vez, quería estar sola por si bajaba su madre, así no tendría que darle explicaciones sobre quién era o qué hacía con él. Su madre era una mujer muy imaginativa, y podría incluso pensar que era su novio. El viento empujaba violento las hojas secas de los grandes y altos árboles de la calle. La mujer abrió la puerta, y miró a Mika indecisa, después se acercó con sigilo a la espalda de Olivia para asegurarse de que era su hija, le dio un golpecito en el hombro para que se girase, y ambas gritaron del susto. Olivia se levantó sobresaltada.
–Me has dado un susto de muerte, mamá –dijo ella mientras subía los escalones para resguardarse bajo el porche.
–Es que, cariño, no te reconocía con estas pintas.  –Repasó al muchacho que impertérrito seguía bajo la lluvia, sin saber  muy bien cómo reaccionar. Enarcó una ceja y pensó lo peor– ¿Y tu ropa?
–Pues– contestó ella–, en el atropelló se me rasgó toda, y me proporcionaron esta en el hospital.
–¿Has llamado a la policía?
–Ya hemos dado parte, y la policía hace todo lo que puede, pero al no ver la matrícula ni al conductor es una tarea complicada –intervino Mika.
–No importa. Mañana iremos a la comisaría y les preguntaremos cómo llevan la investigación…
–No –gritó Olivia. La madre quedó anonadada–. Mamá, lo que realmente quiero ahora es olvidarlo todo. Allí me harán mil preguntas que prefiero ignorar –fingió unas lágrimas– Lo he pasado muy mal –Olivia buscó cobijo en el pecho de su madre donde continuó con el llanto. Mary la consolaba meciéndole el pelo. Como Elric, pensó ella.
–Oh. –Se fijó en el chico– Perdona no sé tu nombre.
–Me llamo Mikael –asintió él inclinando la cabeza para mostrar sus respetos.
–Si quieres pasar a casa y tomar algo caliente. La noche es peligrosa, además tienes que estar pelándote de frío.
–Ooooh, no se preocupe señora. Me están esperando en casa.
Ella lo miró extrañado y mientras la madre de Olivia preguntaba si quería un paraguas, desapareció. Ambas quedaron solas. La mujer dudaba toda la historia del atropello, sabía cuando mentía, pero realmente algo le había sucedido y trastocado. No la persuadiría con que le contara la verdad, ella lo haría por propia voluntad cuando encontrara el momento adecuado. No le había gustado en absoluto que la mintiera diciendo que estaba en casa de una amiga, pero Olivia no era de las que hacía locuras para después arrepentirse. Sabía que tenía la cabeza muy bien amueblada y que todo lo que hacía lo pensaba mil veces antes. Ahora sólo se preocupaba de que ella estaba a salvo.
–¿No vas a echarme la bronca? –preguntó ella con ojitos de cordero degollado.
Mary quedó en vilo, sin saber qué responderle. Quería gritarle hasta quedarse sin aliento. La había preocupado de sobremanera, pero aquello sólo le ayudaría a ella y no a saber la verdad. Jugaría a su juego.
–¿Por qué voy a enfadarme si casi te atropella un coche? Pero ahora subamos a casa, come algo y a la cama, mañana madrugas.
Subieron por el ascensor. Olivia no tenía fuerzas para dar ni un paso más, estaba completamente agotada, con las piernas y los pies doloridos. Estaban en total silencio, sin ganas de decir una sola palabra cuando una música rompió aquella fría situación y alertó a Olivia. Era su móvil y era un mensaje de… «No puede ser», pensó. Era un mensaje de Elric, cómo había conseguido su número, después cayó en la cuenta. Mika. Había añadido el número de ambos en sus móviles con el fin de que se reconciliasen y hablasen de sus diferencias. «Tengo tus cosas aquí»,  le decía el mensaje. Sería escueta en su respuesta, para que viera que aún seguía afectada por lo cómo la había tratado. «Lo sé. Devuélvemelas». Rió para sus adentros, llena de satisfacción. Estaba segura que él podía oírla con voz cortante y fría, mientras lo mira con desdén. Otra vez sonó la musiquita que alertaba que tenía un mensaje. Había tardado en responder comiéndose la cabeza con que palabras podía expresar lo que pensaba de su rudeza. «Ven a por ellas», la decía usando la misma fórmula que ella para desquiciarlo. «No quiero ni verte. Discúlpate, cerdo». Se estaba enfadando. «¿Cerdo?», preguntó. A Olivia le entraron ganas de tirar el móvil al suelo de la indignación al ver tal pregunta. Era increíble que se lo preguntara. «Si esperas una disculpa para verme, entonces no nos encontraremos nunca, y eso que te pierdes, enana».

Submit to FacebookSubmit to Google PlusSubmit to TwitterSubmit to LinkedIn
National CPR Association

Sombras al atardecer

Trailer de la novela Sombras al Atardecer, colgada semanalmente en mi blog.

 

logo-footer

 

 ¿QUIEN SOY?

Mi nombre es Lídia Gilabert y aquí dejo mis humildes creaciones, diseñadas con el mayor mimo y amor para el disfrute de todos los lectores.

 

Desarrollado por GRUPO PROYECTOS WEB