Siempre nos quedarán las  palabras

Sombras al atardecer (capítulo 1)

Se congelaba mientras se vestía. Llegaba tarde, como siempre, no era ninguna novedad y encima no se decidía a qué ropa ponerse. La ocasión lo valía, así que debía elegir algo especial: unos zapatos súper caros de tacón que hacía pocas semanas había comprado, unos pantalones tejanos de pitillo, una camiseta azul celeste, no demasiado gruesa, pero como la combinaría con una chaqueta no le importaba. Tardó unos segundos en elegir el bolso. «El nuevo de charol», se dijo ilusionada y gritando como una endemoniada fue a la habitación de su madre para que le prestara colonia. Ya hacía días que todos los frascos se habían vaciado, pero por falta de tiempo, o simplemente por falta de ganas, no había comprado más. Su madre, la mujer afable, bajita y regordeta que vestida con pijama estaba muy concentrada sentada en la silla delante del ordenador jugando al Candy Crush al oír los chillidos de su hija se giró con parsimonia.

Era una tarde fría en la ciudad. Había quedado con su prima para ir a ver el estreno de la primera película de El Hobbit y se sentía realmente emocionada porque hacía cuatro años que la esperaba con fervor.

–Te ves muy guapa, pero ¿no crees que te has arreglado demasiado para ir al cine?

La miró con desánimo, se llevó una mano a la cintura y adoptó una posición chulesca para lucir el modelo.

–Bien que algún día tendré que ponerme guapa.

La mujer rió para sus adentros. Menudo elemento de hija que tenía.

–Venga, pásame colonia. Rápido que llego tarde –se levantó y con premura fue apretando el difusor del frasco.

Con una mano, le pidió que diera vueltas sobre ella misma para espolvorear el líquido por todo el cuerpo y casi a punto de caer al suelo medio mareada se detuvo.

–Quieres hacer el favor de dejar de darle al cacharrito, apesto a abuela –exclamó procurando mantener el equilibrio.

–Es que no dejabas de dar vueltas… –razonó con los brazos al aire.

–Porque no parabas de echarme colonia –sentenció, poniendo los ojos en blanco.

Menuda discusión más estéril.

Rauda como el viento, se rodeó la bufanda alrededor del cuello y bajó al portal. Sabía que su prima llegaría tarde, nada a extrañar pues eran de la familia. Se miró larga y tendidamente en el gran vidrio del portal. Unos días le gustaba su cuerpo y otros no. Aquel no era de los buenos: se veía bajita, de anchas caderas y prominentes pechos. Suspiró dándose media vuelta para no pensar más. Era mujer, y como tal, le gustaba verse guapa, y cuando no le gustaba lo que veía, se deprimía. De personalidad extraña, su madre siempre decía que aquellos que la encontraban encantadora era simplemente porque no la conocían del todo bien.

Ese comentario siempre le hacía gracia porque en fondo era cierto. Su gran facilidad para crear falsas máscaras complacientes y sumisas durante largo rato: siempre sonriente, con buenas palabras, afable, juguetona e inocente. Sabía que si descubría al mundo su verdadera personalidad acabaría sola y la soledad la asustaba. Era como un juego y sabía que su inocente rostro le facilitaba el terreno. Unas luces de un coche a lo lejos iluminaron intermitentemente en la lejanía, era Natalia. Al fin había llegado, menos mal porque se estaba congelando viva afuera. Bajó por las escaleras, se montó en el coche y relajó todo su cuerpo. El calor la invadía y el silencio reinaba. Se saludaron con cortesía y sin tener mucho en común hablaron de la última noticia familiar: la exclusiva de la semana, e incluso del año.

Natalia era su prima, su querida prima. Tal vez fuera porque era la única que la había cuidado de pequeña, que era la más joven de todos sus primos o que era una mujer muy parecida a ella. La adoraba y admiraba en muchos aspectos. Natalia era unos diez centímetros más alta, de media melena lisa castaña y grandes y expresivos ojos del mismo color. Era muy guapa, de tez clara y figura delgada.

Ya habían comprado las entradas, las palomitas y entrado en la sala de proyección. La sala estaba a reventar y empezaba a agobiarse por estar rodeada de tanto ser humano. Las luces se apagaron, y la película empezó. Concentrada en las palomitas, en la historia y en la mezcla de sensaciones se percató de una figura que subía por las escaleras centrales. Todos lo miraba y ella no entendía el porqué. «La gente es idiota», pensó. Era un hombre alto, buen cuerpo: musculoso y atlético y se sentó justo enfrente tapándole con la cabeza media pantalla. Lo maldijo para sus adentros, quería decirle algo. Se estaba quitando la chaqueta sin ningún consideración por los demás, sin pensar en cierta bajita de detrás y lo único en lo que ella estaba interesada era en saber qué sucedía con Gandalf. Un hombre de su lado tosió y otros empezaban a cuchichear. Le pareció que todo el mundo estaba más pendiente del recién llegado. Tendría que ser un hombre muy guapo.

Sencillamente le importaba un bledo cómo era y ya se estaba cabreando por no poder ver las escenas en su totalidad. El susodicho no se quedaba quieto: la cabeza de un lado a otro y cambiaba de postura constantemente. Si fuera paranoica pensaría que la estaba incordiando a propósito. Natalia notó su malestar y la agarró de la mano en un acto que decía «paciencia». Pero se le estaba agotando.

La cabeza a la derecha, y de nuevo a la izquierda, levanta un brazo, se aguanta la cabeza con ambas, coge lo que parecía una riñonera, y empieza a enviar mensajes con el móvil. La luz, ahora también tenía que soportar la estúpida luz de su estúpido móvil. Se tensó y todos los vasos sanguíneos le empezaron a arder, la vena de la rabia se le había hincado. Y todo el mundo parecía hipnotizado por aquel sujeto, todos lo miraban como si fuera un alienígena sin cortarse un pelo. ¿Es que acaso habían pagado nueve euros para no ver nada? Y como no, Natalia ajena a todo, como si estuviera en su propio mundo. Después de media hora de película, le comentó preocupada. ¿Qué le sucede a todo el mundo? Aleluya, pensó. Por fin había aterrizado a la tierra.

Sólo necesitó un ingrediente más para hacerla estallar. La música reggeatón que sonó. Le estaban llamando y no había puesto el móvil en silencio, y encima ese tipo de música. Qué cani. Se echó hacia delante. Quería a decirle algo educadamente y con una sonrisa de oreja a oreja para que se diera cuenta de que la estaba incordiando muchísimo. Agarró el asiento de delante con las manos: las piernas eran tan cortas y el sillón tan grande que le costaba tocar el suelo. Se inclinó balanceándose y con los ojos medio abiertos le dijo al oído con un tono lo suficientemente alto para que la oyera, «Disculpe, puede dejar de moverse constantemente, es que soy un poco bajita ¿sabe? y no puedo ver». Todos los de alrededor estaban más pendientes de ellos que del pobre Bilbo Bolson. ¿Eran una atracción? «Hola, soy un payaso», pensó cínica.

El hombre se giró lo suficiente para mirarla directamente. Dios, qué guapo; como salido de una revista de modelos. Moreno, ojos grises claros, largas pestañas, pómulos bien definidos, y unos labios finos y dulces. La combinación perfecta para hacerle que su «yo» interior le hiciera la ola, no una vez, sino dos. «¿Qué culpa tengo yo de que seas bajita?», contestó.

Pero será arrogante el tío. Diez en belleza, cero en educación. Le respondería. Estaba apañado si pensaba que cedería. «No es cuestión de quién tiene la culpa, que tenerla la tiene mi madre» –Mierda, ¿qué haces diciéndole eso?– «sino más bien es cuestión de educación». Bien dicho, estaba orgullosa de ella misma. A ver qué le soltaría ese. Natalia la detenía por el brazo para hacerle retroceder porque de la rabia se había echado demasiado para delante y había acabado de pie.

Natalia la miraba con los ojos teñidos en pánico, todo el mundo lo hacía. Estaba más que irritada, ¿qué caraja le sucedía a todo el mundo? «¿Pero puede saberse que cáspita sucede?», gritó, pero nadie decía nada, simplemente se la quedaban mirando con un nudo en la garganta. Aprovechó que estaba de pie para girarse, ya nadie estaba interesado en las apasionantes aventuras de los enanos, sino en ella, en qué sucedería a continuación. Lo peor era qué no entendía nada. Tragó saliva y miró a su prima, blanca como la nieve, dirigió la mirada al final de la sala y chilló «¿Qué le sucede a todo el mundo?», ahorrándose el «imbéciles de mierda».

El chico de delante se levantó, la miró a los ojos y ella se derritió al ver su cuerpo entero, pero se mantuvo en sus trece. «¿Puede saberse de qué vas?, ¿me vas a dejar ver la película de una vez o no, maleducado?» Sus palabras eran atrevidas, muy pocas veces sacaba su verdadera personalidad. Contaba con una gran paciencia que en ocasiones como aquella eran necesarias, pero había algo en él que no soportaba: su mirada, su sonrisa irónica y sádica, su postura chulesca y prepotente y su comportamiento rudo e inmaduro. Todo aquello que más odiaba. Lentamente abrió su boca y vio unos grandes y blancos colmillos, se pasó la lengua encima. «Qué asco», pensó. Al parecer, necesitaba asimilar la información lentamente. Un hombre, colmillos, igual a… Oh Dios. La había cagado del todo. Había encarado a un ser capaz de desgarrarle el cuello allí mismo. ¿Qué debía hacer?, ¿pedir perdón? Eso nunca, era demasiado orgullosa para ello.

El hombre de ojos grises apoyó las manos en el respaldo de su sillón para acercarse más a la menuda chica. Era chillona, orgullosa, pedante, atrevida e inconsciente. Sonrió. Tan pequeña y tan valiente. ¿De dónde había salido? La repasó de arriba abajo con la mirada; calculó un poco menos de metro sesenta, grandes senos, y un culo de escándalo. Su rostro era bonito, como la de una niña de quince años: ojos oscuros pequeñitos y rasgados y pelo corto ondulado con una pinza que la sujetaba un mechón rebelde en el lado derecho. Pequeña boca, labios gruesos… Toda ella era de un moreno bonito natural. ¿Le daría lo que quería? De momento lo dejaría allí. No tenía ganas de reprenderle todavía. Así que cómo había llegado se fue. Lentamente. Sin prisa. Quedó anonadada, ¿qué narices había sucedido? Tras un corto silencio, empezaron a vitorearla, silbar y darle palmadas en la espalda. Bufó sin poder creerse que hubiese sido la última del lugar en darse cuenta de que se trataba de un vampiro. «Bien por ti», se dijo internamente con tono de reproche.

Una vez en el coche hubo silencio, aunque una leve sonrisa alertaba a que en cualquier momento Natalia haría algún comentario. La sonrisita se convirtió en una carcajada exagerada. Se sentía avergonzada. Mira que ser tan idiota para no darse cuenta. Aunque su prima también había tardado en percatarse.

–Lo que más me gustó fue su mirada de «¿qué narices me estás contando, niña?» que puso cuando empezaste a chillar por toda la sala.

–Prefiero cambiar de tema, por favor. Podemos hablar de la peli ¿qué te ha gustado más? –no quería recordar lo sucedido. No había podido controlarse y eso lo odiaba.

–Déjate de tonterías. Le has plantado cara a un vampiro y sigues viva. Estoy orgullosa de ti, enana.

Le sacudió una pierna cariñosamente mientras miraba a la carretera. Se estaba mofando de ella, lo sabía.

Aún estaba taquicárdica perdida: había sido inoportuna e inconsciente y lo que más le asustaba era que se sentía orgullosa de su actuación. Eso sí, esperaba no volvérselo a encontrar en la vida, ya que apreciaba su monótona y tranquila vida. Bien era cierto, que a veces se ahogaba en el aburrimiento y la rutina. Como muchos jóvenes de su edad, estudiaba por la mañana y trabajaba por la tarde, y por ello casi no tenía nunca tiempo para sí misma. La vida pasaba ágil y sin tregua, corriendo y mirando a todas horas el reloj. Había un rincón de su mente que deseaba fervientemente tener otra vida, otro cuerpo, otra mente, otra personalidad, ser diferente…

Era curiosa e inconformista, pero hasta cierto punto. Con el paso de los años había llegado a la conclusión que la verdad solía doler y una buena opción era permanecer ignorante. Lamentablemente, odiaba la estupidez y el desconocimiento, y ya que lo predicaba, bien tenía que dar ejemplo. Era una apasionada de la historia: la clásica, sobre todo. Su habitación estaba repleta de libros que hablaban de diferentes épocas y civilizaciones y se conformaba con sus libros y la imaginación. Siempre había querido estudiar historia pero lo consideró poco práctico así que ya se había resignado. A la vez, odiaba la novela romántica, ya que no se ceñía a la realidad, y daba falsas esperanzas a unas lectoras poco contentas con sus vidas: con aquellas protagonistas débiles que siempre acababan cayendo en la sexualidad del que sería su compañero de vida. «Soy tuya, soy tuya en cuerpo y alma», solía leer en las novelas, perdidamente enamoradas. Pero serán imbéciles, ¿es que acaso sólo podía depender de un hombre, es que no era nada ni nadie sin él? Le entraban arcadas.

No se consideraba nada romántica pero cada vez más notaba en su interior la necesidad de compañía, de alguien que la escuchara, un amante y amigo fiel y de confianza ¿Tan débil era? El sentimentalismo barato era absurdo, aunque era muy consciente que era fácil entrar en aquella espiral de fantasía. El coche se detuvo, permanecieron unos segundos en silencio esperando a que alguna tomase la iniciativa.

–Bueno, me voy. Gracias por llevarme.

–Por supuesto.

–Bueno, pues nos veremos en la próxima. El año que viene ¿verdad?

–Tú tranquila, mujer, que nos encontraremos antes. Recuerdas las bodas.

–¡Ah! Sí, por supuesto

Bajó del coche saludando con una mano y cerrando la puerta con la otra fue enviando besitos al aire. Y se fue. La había dejado cerca de casa, aunque tenía que descender por una larga avenida durante unos minutos.

La noche era negra. No veía ninguna estrella, con lo que a ella le gustaba. La polución la fastidiaba al no dejarla contemplar el manto de luces blancas. El fuerte viento la empujaba furioso hacia delante. El pelo revuelto tapaba sus ojos y la bufanda le molestaba. Su estado de ánimo estaba como el tiempo: cambiante. No tenía ganas algunas de volver a casa. Sabía que su madre no la haría caso, mirando el ordenador, y no tendría más remedio que cenar sola ante el televisor, y cansada de brujas de poca monda y teletienda optaría por coger un grueso libro y ponerse a leer. Seguramente, sería tan patosa que se chocaría con el canto de la mesa al sentarse, todo se movería como un terremoto y acabaría ensuciándolo todo. Menudo optimismo.

Estaba nostálgica, era un día especial para ella, aunque no recordase por qué. Los pies, a pesar de los tacones, no le dolían, y le condujeron solos a través de toda la ciudad. No era consciente de sus movimientos, tan sólo obedecía la órdenes de su cuerpo. Había andado durante veinte minutos en una noche donde parecía que su ciudad fuera fantasmal. Se plantó delante de una gran puerta doble con filamentos de cobre oxidados. Un grueso candado indicaba claramente que estaba cerrado. ¿Por qué había ido al cementerio? ¿Qué se le había perdido allí? Cayó en la cuenta: su padre hacía doce años que reposaba en aquel lugar, en uno de los nichos. Había llegado hasta allí con la voluntad de una muñeca de trapo, no había podido ceder a los impulsos. Su interior quería mostrarle algo. Tal vez que aquella noche debía llorar lo que no había llorado las noches anteriores. De momento, sólo sabía que una gran puerta y unos muros la separaban de profundizar más en aquella extraña sensación.

A pesar de no haber sido nunca muy buena en la escalada, y de llevar tacones, fue trepando por entre los huecos de los filamentos oxidados y sorprendida por su propia capacidad, pretendió dar un salto y caer de manera digna y no aparatosa. Estaba alta, y una caída en una mala posición podría hacerle mucho daño. Ignoró sus propios miedos. Ya estaba allí arriba y se lanzó. El resultado: cayó de cara y se clavó piedras en el rostro, amoratándole un pómulo y partiéndole el labio inferior hasta sangrar. Se levantó con dificultad. Toda la ropa estaba sucia y rasgada; se había roto los pantalones y sus zapatos estaban llenos de polvo, por no decir de su súper caro bolso con media asa rota. Maldijo a todos los demonios y su mala cabeza. ¿Quién la mandaría a ella hacer tal estupidez? Pero cuando contempló el paisaje se reconfortó. El esfuerzo había valido la pena.

Los cipreses la saludaban conducidos por el viento. Una sensación de paz y armonía inundó toda su alma: la vegetación se había adueñado de aquel lugar, y tanto los nichos, como los panteones y las lápidas estaban en perfecta sintonía con las enredaderas y los nidos de los pájaros. Respiró profundamente, se sentía liberada y plena. Toda la furia desapareció, podría dormir en aquel lugar tan a gusto como en casa. La oscuridad no la asustaba y ya no sentía frío. Quería descubrir cada rincón de aquel lugar. Nunca antes se había atrevido a entrar, no había sido por miedo a sentir tristeza, simplemente nunca se había sentido atraída. Ahora, sin embargo mientras andaba curioseaba los nombres de los fallecidos y miraba sus fotografías. Qué idea tan extraña. Veía las flores que adornaban los nichos, los que estaba bien cuidados y los abandonados. Tuvo la tentativa de entrar en un panteón pero podía caerse con facilidad por culpa de los tacones. El viento la seducía a bailar y no negaba sus peticiones. Alegre como nunca empezó a marcarse unos pasos, no sabía de qué, pero no le importaba nadie la veía, nadie la juzgaba. Alzó los brazos y como si en una gran fiesta estuviera, empezó a dar vueltas sobre sí misma Tarareaba canciones que le venían a la mente y miraba directamente al cielo. Qué paz.

Giró la cabeza y miró a la izquierda. Había algo en el suelo que brillaba de un color rojo intenso cerca de una hilera de nichos, y fue a recogerlo. Era un collar: la correa era de cuero gastado y había, lo que parecía, un ojo de cobre sujeto por dos elipsis plateadas. Consideró que era un objeto extraño, pero le gustó, era original y se lo colgó en el cuello. Inmediatamente, la joya empezó a brillar de nuevo. Se asustó. ¿Desde cuándo existían collares con vida propia? Desde luego no en su mundo racional.

Tan buen punto la luminiscencia se apagó una extraña sensación le invadió todo el cuerpo: las manos le sudaban, un escalofrío le recorrió la espina dorsal y se le creó un nudo en la garganta. Notó una presencia detrás y percibió una silueta escondiéndose rápido detrás de un panteón. Era tan raudo y todo estaba tan oscuro que no lo podía ver con claridad. Retrocedió unos pasos y se apoyó en una lápida. Con los nervios a flor de piel, la tensión y la ignorancia la estaba matando. ¿Quién podría haber a aquellas horas?, ¿alguien la había seguida?, ¿quién? Por Dios, necesitaba respuestas urgentemente. A modo de protección se escondió el collar debajo de la camiseta, no sabía muy bien por qué lo había hecho pero en aquellos momentos no le dio importancia. Dio unos pasos y echó a correr. El sujeto se colocó delante y la lanzó con una fuerza descomunal tres metros hacia atrás hasta caer al suelo. Quedó descompuesta y deshecha. Nunca había sentido tanto dolor como hasta entonces. Aún intentando recobrar todos los sentidos el desconocido caminó en su dirección. La oscuridad impedía que pudiera verle el rostro y los moretones en las piernas impedía que pudiera realizar ningún movimiento extraordinario de defensa. El hombre era alto, musculoso y caminaba lento, sin prisas. Parecía disfrutar con su agonía. Maldito sádico.

Una imagen le pasó por la mente, un recuerdo fugaz de aquella tarde. ¿Podría ser que fuera el mismo? Retrocedió con los brazos, y las manos se toparon con algo detrás que no sabía identificar pero su tacto era duro y parecía de hierro. El sujeto se puso en cuclillas y repasó el rostro con detalle. Fue acercándose cada vez más y cuando tan siquiera se encontraba a unos pocos centímetros le mostró sus colmillos; eran blancos y enormes. Abrió tanto la boca que vio la gruesa lengua y el fondo de la garganta. Soltó un gritó, cogió el instrumento desconocido y le propinó un golpe, partiéndole  el cráneo en dos.

La sangre se derramó hasta cegarle y quedar aturdido unos segundos. Aprovechó el efecto sorpresa para levantarse y echarse de nuevo a correr. No miraba atrás: el corazón latía a mil por hora y las piernas no dejaban de temblar. Intentó despistar a su posible futuro asesino introduciéndose en una especie de laberinto de nichos: primero a la izquierda, derecha, todo recto y otra vez a la izquierda. Se detuvo y con la respiración agitada intentó tranquilizarse. El villano no parecía haberla seguido. Cuando de repente dos manos la sujetaron por las caderas y con fuerza la pegó junto a él. Notaba todo el frío cuerpo aplastándola y también algo entre sus piernas estaba duro como una piedra. Se defendió arañándolo y propinándole patadas, gritándole e insultándole hasta quedarse sin voz. No se quedaba quieta a pesar de estar entre sus brazos. Mediría un poco más de metro ochenta y a pesar de la oscuridad la miró a los ojos y quedaron en silencio unos segundos. Eran azules oscuros como el fondo del mar y brillaban con mucha intensidad. No había odio ni furia en la mirada, sólo la analizaba. Era una muñeca atrapada en las garras de un gigante que no parecía soltarla. Se le acercó al oído y susurró «No puedes vivir». Y sin poder evitarlo, la arrojó a un hoyo en el suelo y la sepultó en una tumba vacía.

Tumbado en el sofá de su apartamento, había estado durmiendo desde que llegara del cine y conociera a aquella insufrible niña, cuando una voz lejana le despertó: parecía proceder un sueño. Una voz lo llamaba desesperadamente «Por favor, que alguien me ayude, por favor». Oía los gemidos, notaba la respiración entrecortada y el dolor en su interior. Unas lágrimas recorrieron sus mejillas: estaba llorando y no sabía por qué. Hacía muchos años que no sucumbía al dolor emocional. Desde aquel día. El corazón empezó bombear sangre, los pulmones le exigían aire. Se estaba ahogando sin entender cómo. Nunca, desde su conversión, había vuelto a respirar aire puro, ni a notar el corazón latir. Se incorporó, echó la cabeza hacia arriba esperando poder saciar los pulmones, e intentó levantarse pero las piernas le flaqueaban, los brazos estaban los sentía débiles y no podía dejar de llorar. Estaba ligado a alguien, eso no lo dudaba. La voz dentro de la cabeza era cada vez más fuerte, una voz que le sonaba, que le resultaba familiar, pero ninguna imagen le venía a la mente. Lo atraía como su polo opuesto. «Me muero, me muero», gritaba la voz. Y él también parecía que moriría de continuar así. Olía a hierba, tierra húmeda, piedra, granito y a huesos. «¿Huesos?», pensó. Entonces ya sabía dónde podría encontrarse. Un cementerio, pero, en cuál. Con dificultad cogió la cazadora y se la colocó en un hombro, bajó con el ascensor al garaje, y activo con su llave el sensor de su coche. Era un Nissan Juke granate para no llamar la atención. Le encantaba aquellos carros de cuatro ruedas impresionantes.

Confiaba en sus instintos, pues que nunca antes le habían fallado, y se incorporó en la autopista dirección norte. Conduciendo notó un cosquilleo en la espalda, un sudor frío le empapaba la frente, y tiritaba de frío. Increíble sensación. Las manos le temblaban y las piernas casi no le respondían. ¿Llegaría tarde? Volvió a oír la voz, alta y claramente en la cabeza, «¿Hay alguien ahí, hay alguien ahí?», cada vez más potente en la cabeza, y cuanto más se acercaba más la notaba. Se desvió por una carretera nacional a su derecha y condujo hasta donde le llevaba sus sensaciones.

La garganta de Olivia ya estaba seca de tanto gritar, toda la boca se le había llenado de tierra y piedras, las fosas nasales también estaban colapsadas, y de tanto llorar ya le escocían los ojos. Cada vez le costaba más respirar, y dejó que tanto el cuerpo como mente tomase el camino a seguir. Ya no se opondría, no había nada que pudiese hacer. Cuanto más se removía entre la tierra, más atrapada estaba. Era demasiado joven como para acabar así su vida. La entristecía pensar que iba a dejar a su buena madre sola y desolada. Era su vida y sin ella estaría perdida, eso lo sabía. A pesar de haberse resignado con una vida que no deseaba siempre había tenido la esperanza de que todo cambiase. Tenía todo un futuro que la esperaba, toda una vida para vivirla. Ya no. Chilló como nunca antes había hecho; de rabia, de dolor, de miedo, de impotencia, de salvación. Las lágrimas derramadas se aglomeraban para formar un enorme charco. Notaba como sus huesos crujían. Iba a resquebrajarla. No quería verlo, prefería desmayarse.

Aún, totalmente consciente, notó unos labios rozando los suyos. Los aceptó plácidamente: trasmitía amor, cariño, preocupación y desespero. Del beso tierno pasó a toda una invasión. Todo el cuerpo reaccionó a la pasión, la lengua buscaba la suya como a un tesoro. Topó con unos dientes pero no se detuvo. El calor la invadía, un aura le recorría todo el cuerpo. Abrió los ojos para ver quién era su salvador, y agradecerle lo que había hecho con la más sincera sonrisa. En un principio todo estaba oscuro, le dolían los ojos y  no podía abrirlos completamente. Apoyó las manos en el suelo para incorporarse, con la otra buscó el rostro del desconocido. Estaba allí, arrodillando junto a ella, a una distancia mínima. Levantó la mirada y lo único que vio fueron unos grandes colmillos. Toda ella entró en pánico, y empezó a chillar como si le fuera la vida en ello. Se levantó para salir corriendo, pero no tenía las fuerzas suficientes, la detuvo atrapándola de un brazo y tapándole la boca. Se tranquilizó, le miró a los ojos; grises oscuros, y cayó en la cuenta de que los había visto antes.

La cara era de la chica era un poema: una veces sonreía, otras gritaba, otras miraba extrañada. La bipolaridad se quedaba corta con ella. Llevaba la misma ropa que cuando la había visto en el cine, aunque sucia y rasgada. Le habían pegado una buena paliza. Suspiró resignado. No podía creerse que se tratase de ella: la niña chillona. Casi había muerto por su culpa.

–Quita tu mano de mi boca, bicho con colmillos

–Yo también me alegro de verte –dijo irónicamente. Menuda niña mimada, prepotente y borde. Ya tenía más adjetivos para añadir a su lista. Parecía buscar algo con la mirada, y lo encontró: su estúpido bolso.

–No puede ser, –Lo cogió– se me ha ensuciado entero. Ahora cómo lo limpió.

–Veo que no eres materialista. –Le quitó su preciado objeto de las manos y lo repasó con los dedos. Abrió también la cremallera y cotilleó en el interior. Inmediatamente se lo quitó de las manos con cara de pocos amigos.

–No seas maleducado, amigo. Nunca se debe cotillear en el bolso de una mujer. –Se lo colgó cruzado por un hombro, y empezó a caminar hacia la salida.

¿Tal sólo aquello? Casi la matan y pegando cuatro gritos ya se le pasa el disgusto, pensó extrañado.

–Siempre es bueno recibir consejos de una… –¿Mujer, chica, muchacha? ¿Cómo podía llamarla? Lo repasó como si supiera en qué estaba pensando.

–Sí, dilo. Siempre es bueno recibir consejos de una mujer.

–Yo no te denominaría así, prefiero cría o enana –dijo enarcando una ceja.

–Mira, bonito, llámame como te dé la gana. Tampoco es que me importe la opinión de un muerto andante. –Quedó pensativa. Había algo que se le escapaba de las manos– Por cierto, ¿no me habrás estado siguiendo desde que salí del cine?

Se sorprendió por tan disparatada idea.

–No te creas tan importante, mocosa.

–¡Oh! Que ahora soy una mocosa. Qué ingenioso.

–Ignoraré las idioteces de una idiota, y ahora dime, enana ¿tienes en tu poder algo que no te pertenece?

–¿Me preguntas si he robado algo? Sí, me has descubierto, entre clase y clase me cuelo en las casas de los ricos y cojo sus joyas. ¿Tú eres tonto? Claro que no.
Dios ese bicho era más terco que él. Y su ironía, como la odiaba.

–Repito la pregunta porque parece que no has asimilado bien la información en ese cerebro de mosquito que tienes, enana. Te pregunto si tienes un collar, un bonito collar con un ojo en el centro.

Tragó saliva. Así que era el collar el culpable de todo lo sucedido, ¿pero debía entregárselo? Éste había llegado a su poder por algo, a lo mejor importante, y quería aprovecharse de su ignorancia. Lo miró directamente a los ojos.

–No sé de qué me hablas. –Le dio la espalda y siguió caminando. La interceptó y se puso delante de ella, bloqueando la salida.

–Creo que sabes perfectamente de qué hablo. –Se agachó y detuvo el rostro a la altura de ella. Qué ojos tenía, qué labios…, podría morderlos durante largo rato hasta saciarse deellos– Has encontrado un collar con un ojo petrificado en su interior, te los has colgado en, –Le tocó el cuello y ella retrocedió– y después ¿qué? Pesabas que el collar te otorgaría la vida eterna y por eso te has enterrado, pero te has visto pasándolo mal y has cambiado de opinión, siendo demasiado tarde.

–¿Qué historia de ficción te estás inventando? –¿Realmente creía que la idea de sepultarse había sido suya, tan inconsciente la creía?– Tienes que estar mal de la cabeza para pensar que yo intentaría suicidarme. Y referente al collar, no sé de qué collar de piedra me hablas. A mí me han atacado, estúpido. La víctima aquí soy yo –le espetó a la cara.
Se estaba enfadando, no le gustaban los juegos y le estaba tomando el pelo en sus narices. Todo en ella lo desquiciaba y enfurecía. Sólo el Medallón de los Di Castri tenía el poder para someterlo de aquella manera, para reclamarlo y atraerle como lo había hecho. ¿Se pensaba que era tonto? Claramente, sí. Le había deleitado sus sentidos con sus amables palabras demasiadas veces.

–Visto lo visto, no me queda otra alternativa de rebuscar por mí mismo –quería asustarla. Tal vez si la presionaba un poco conseguiría que fuera sincera.

–Ni me toques, cerdo asqueroso. Aléjate de mí. –Comenzó a trepar por la oxidada puerta de filigranas.

Era patosa y temía que acabase cayendo. Cuando llegó a lo más alto de la puerta, se balanceó sin ella quererlo. La muy estúpida llevaba tacones. Tuvo la tentación de ayudarla, de ser un caballero, pero para qué, si acabaría insultándolo otra vez. Dejó que siguiera con la suya sin quitarle el ojo de encima. Si creía que se volvería con las manos vacías iba muy equivocada. Quería el Medallón, era lo único que ansiaba. Pensaba que éste se había destruido juntamente con la desaparición de los Di Castri, pero su energía aún estaba presente por lo que todo indicaba, a manos de una humana. Seguía aún allí arriba, perdía el equilibrio con facilidad y se pasó largo rato pensando como saltar aquella altura sin hacerse daño.

La cruzó con un simple salto, luciéndose delante de ella, enrabietándola cada vez más al ver como se chuleaba. Pero tendrá morro, se dijo para sí misma. Qué se creía aquel chulo, engreído, maleducado. Se sentía muy patosa, mucho más que antes; las heridas la escocían, cada vez sentía más los morados de las piernas y encima se le había atascado un tacón en un huequecito de la puerta. ¿Qué más podía pasarle?

–Oye, majo. ¿Podrías ser un caballero y ayudarme, por favor? –Pidió con una sonrisa falsa.

–Ahora por lo que parece soy un caballero. Cambias de opinión según te interesa. –Le divirtió aquel comentario porque se había esperado algo por el estilo. Viéndose atrapada y sin poder bajar, no tenía más remedio que, o, pedirle ayuda, o pasarse allí toda la noche como una asalta tumbas.

–Me vas a ayudar ¿sí ó no? –preguntó cada vez más nerviosa. Cada vez se veía más esperando allí arriba hasta que alguien apareciera, eso si no había muerto antes de pulmonía. Qué condenado viento soplaba. Titubeó un poco.

No tenía un manual de instrucciones de cómo tratar a una cría insufrible, pero sabía que dejarla allí, sola a su suerte, estaba mal. Además, por lo que había deducido, podía ser la portadora del collar por algún motivo en especial…, descartó la idea. Si ella tenía el collar, seguramente era por casualidad, o lo había robado o…, no sabía, pero no podía ser que el collar hubiese llegado hasta ahí. Era imposible. Dio un gran saltó y se colocó a su lado en lo alto de la puerta, pero cedió un poco por el peso, y tuvo que agarrarse con ambas manos porque si no, se veía saludando el suelo con la cara otra vez.

El vampiro contempló su silueta: estaba casi totalmente tumbada hacia delante con el culo en pompa, y una de sus piernas estaba atrapada. Cuando había intentado sacar el tacón del agujero había metido toda la pierna en él. Tenía que girar todo el cuello hacía detrás para verlo. ¿Qué la haría? Un vampiro la había atacado anteriormente, ¿sucedería lo mismo con aquel? Pero si hubiera querido hacerlo, nunca le habría sacado del hoyo. Y respecto al collar, no dudaba que era la señal que inconscientemente estaba buscando. ¿Entonces por qué sino se encontraría justo debajo del nicho de su padre? Pero eso no se lo diría a él, ese tonto del culo hablaba de un collar petrificado, y el suyo era de cobre y plata. Tal vez no fueran el mismo.

Olivia notó que unas manos la rodeaban por la cintura para levantarla, y seguidamente fue al muslo derecho, rompió los filamentos oxidados y la liberó. Aún así no la soltaba. Sus manos agarraron fuertemente el vientre. Pero dónde tocaba ese bruto. Fue bajando hasta llegar a sus caderas, simplemente por el placer de tocar, el placer a notar su tacto, a sentirse dueño de su cuerpo. Lo consideró un examen anatómico, pero a ella no le hizo ni pizca de gracia. Se había quedado en una posición en la que intentaba no pensar, porque sino su interior ardería en pasión y era algo que quería evitar. Esperaba que la soltase, o la bajase pronto. Una de dos, pero allí seguían, como un perro. «Ejem, ejem», dijo para que se diera por aludido, pero estaba concentrado en su estudio anatómico. La palpaba por encima de la ropa, de arriba abajo, de abajo arriba, hacía movimientos circulares con sus manos, y cuando le dio un cachete en el culo, la chica gritó:

 –¿Qué piensas que estás haciendo, pervertido? Quieres hacer el favor de bajarme, o déjame aquí. Como tú quieras, pero suéltame y deja de manosearme. –Intentando apartarse de él para que no notase que reaccionaba por sus manos y sus roces. Se estaba poniendo muy cachonda, y no podía consentirlo. Lo odiaba, todo lo que era, todo lo que representaba. La había insultado y mofado de ella, y ahora ¿qué quería?

–Eres muy estrecha, nena –dijo con toda la desfachatez del mundo.

Primero cría, después enana y ahora nena… Bicho, incluso la había llamado. Aquello no tenía sentido. El cuerpo no reaccionaba de acuerdo a las directrices de la mente.

Temeroso por acabar sintiendo algo que no entendería, la obedeció. Extraño, sí, pero lo hizo. Por más que lo irritara, por más que le entraran ganas de estrangularla cuando lo insultaba, reflexionó y consideró que era mucho mejor hacer lo que ella decía para poder alejarse de una vez y tener el Medallón en su poder.

Una vez tocando el suelo suspiró. No había soltado ni por un momento ese bolso medio roto que tanto parecía gustarle, y esbozó una sonrisa de tranquilidad y alivio al verse a salvo, a pesar de estar al lado de aquel asesino. Se dirigió a él con una mirada desafiante. ¿De qué se quejaría ahora? ¿Qué le pediría, que la llevase a casa? Y extrañado por sus palabras, quedó perplejo. Le había dado las gracias. «Muchísimas gracias», con una sonrisa sincera e infantil, con una ternura y un sentimiento que activó todos sus sentidos.

Sus labios, pensó, volvía a pensar en sus labios. La mirada, pensó, otra vez aquella mirada. Deja de torturarme, concluyó al fin, enfadado consigo mismo. Se echó unos mechones que le molestaban en la cara hacia atrás con una sacudida de cabeza, cruzó los brazos y lo miró directamente a los ojos. Esperaba que se presentara.

–¿No vas a responderme? Te acabo de dar las gracias por ayudarme, –no reaccionaba– ni un «de nada, pequeña». «Era mi obligación» –tarareó intentando imitar su voz–, o un «no te preocupes, querida, yo siempre amparo a los más débiles». ¿Nada?

–¿Esperas que diga esas frases tan cursis o sólo te estar riendo de mí? Ya te he dicho lo que quiero.

–Y yo que no lo tengo. –Se volteó para marcharse, como dentro del cementerio. Ves a un anticuario a algún museo de joyas. –Esperaba que la dejase ir, pero notaba que cada vez se estaba enfadando más.

Mentía descaradamente y encima tenía la desfachatez de hablarle así. Hizo un sonido gutural que surgió del fondo de la garganta. Si quisiera podría darle un buen mordisco en aquel moreno cuello. Abrió los ojos como nunca  antes y la apretó de las caderas para juntarlo a él. Lo miraba desafiante, aunque sabía que en su interior estaba muerta de miedo. ¿Qué tendría que hacer para hacerla llorar? Una potente luz roja emanó de entre sus pechos, se asustó e intentó liberarse de él, y éste la arrancó la chaqueta y la camisa de cuajo, dejándola en sujetador.

Se había caído al suelo, tapándose sus carnes descubiertas, y fue palpándose entre el canalillo, hecho que lo excitó bastante. El rostro mostraba preocupación y extrañeza. ¿Qué coño había pasado? ¿Dónde se encontraba el collar?, pensó para sí misma. Mientras, el vampiro la miraba cómo se tocaba el cuello. Se arrodilló, agarró sus antebrazos y los separó bruscamente para saber qué había estado tapando sus manos. Y al verlo, ambos se miraron con sorpresa.

–Con que no tenías el collar, pequeña mentirosa.

–Tú me hablaste de un collar petrificado. ¿Esto te parece a ti petrificado?

El vampiro se dejó caer al suelo para estar a la misma altura que ella.

–Parece que está impreso en la piel.

Efectivamente. El Medallón de los Di Castri se había filtrado o impreso en la piel de la muchacha. Nunca antes había oído hablar de nada parecido. La correa que la sujetaba se había caído en el mismo momento que la arrancó la ropa, y allí estaba, un ojo de bronce con dos elipsis de plata en medio del canalillo. El color del abalorio era ahora color carne, como la suya, dando la impresión que se había filtrado en algunas capas de la dermis de la humana. ¿Cómo era posible?

–Muy bien, pequeña. –Se levantó y se la quedó mirando aún tirada en el suelo –Te seré sincero, no tengo ni idea qué significa esto. Sin duda es el collar que estaba buscando pero no me esperaba encontrarlo. –Se detuvo unos segundos, analizando lo que había visto– de esta manera.

–¿Así que no me puedes ayudar a deshacerme de este trozo de metal que tengo metido en la piel? –preguntó, levantándose lentamente, mientras se tapaba con ambas manos el sujetado negro que alzaba sus, ya por naturaleza, grandes pechos. Él negó con la cabeza– Pues perfecto –suspiró indignada–. Me han atacado e intentado matar, me has roto el vestido y encima no tienes las respuestas que necesito. Todo genial, simplemente genial. –exclamó irónicamente mientras cogía de nuevo el bolso, su desgarrada ropa y tapaba sus carnes desnudas. Se dirigía al paso peatonal para cruzar la carretera y volver a su casa.

No la detenía. Aún tenía muchas dudas que resolver, muchas preguntas que necesitaban respuestas. Cayó en la cuenta en qué le había dicho anteriormente. ¿Había sido atacada por alguien? Dio simplemente unos pasos para encontrarse a su altura, se alteró porque no le gustaba que la sorprendieran.

–¿A dónde crees que vas? –preguntó sabiendo perfectamente cuál sería su respuesta.

–Voy a Miami, a tomar el sol y de paso a conocer a unos mulatos cachas– ironía, otra vez–. ¿Tú qué piensas, memo? –giró la cara y lo miró enfadada e indignada a la vez.

–Podrías simplemente, dejar de insultarme, es que no aguanto muy bien que me mangoneen –la detuvo, antes que cruzara el semáforo en rojo y un coche la arrojara, y le cogió la mano con ternura. Era una sensación extraña, como si fueran pareja desde hacía mucho tiempo. Notaba la complicidad, y su constante preocupación hacia ella. Pero no sería débil; el amor era la combinación perfecta entre estupidez y sufrimiento. Y ya había sufrido demasiado.

–¿Sabes lo qué ocurre? –Lo miró a los ojos, encarándolo de nuevo. Lo sonrió al pensar lo que iba a decirle– Es que yo no tengo la culpa de que seas un memo.
Quitó sus manos, que estaban entrelazadas entre las suyas y cruzó la carretera.

La vena de la rabia se le hinchó como nunca. Esa hormiga estaba acabando con su autocontrol. Siempre se había considerado un hombre paciente y comprensivo, pero lo que esa humana le estaba haciendo cambiaba todos sus esquemas mentales. Tranquilo, tranquilo, se decía y contaba hasta mil.

–Haz lo que te salga de las narices, enana, pero cuando vuelvan a atacarte no vengas a mí llorando. –Había dado en el claro. Lo necesitaría para protegerse de lo que la había atacado. Si fuera aquello cierto.

Olivia se detuvo en seco. Lo había oído perfectamente, y en el fondo tenía razón. Podría ignorar lo que había sucedido aquella noche, y poner en peligro a toda su familia, o podría dejar aconsejarse por aquel ser tan… –ya no encontraba más adjetivos originales para insultarlo. También podía suceder que al ignorarlo todo, no pasase nada. A fin de cuentas, aquel bruto que había intentado acabar con su vida, seguramente pensaría que había muerto. Pero había otro inconveniente: aquella impresión en el pecho. Y sin duda, si no hacía nada, no desaparecería solo. Se giró, y mirando al suelo derrotada

–Muy bien, tú ganas, ¿contento? –Se detuvo delante de ella.

–No creas, yo te soporto lo mismo que tú me soportas a mí. Me llamo Elric Di Castri, encantado. –Inclinó la cabeza a modo de reverencia. Era la primera vez que actuaba tan amistosamente con ella.

Suspiró. Al final tendría que decirle su nombre

–Encantada, me llamo Olivia Badía. –Ambos se miraron con cara de circunstancia– Muy bien, Elric Di Castri. –Rió porque le hacía gracia el apellido– ¿Qué tienes en mente para averiguar cómo sacar este trozo de chatarra? –no le dio tiempo a responder– ¡Ah! No, que no tienes ni idea. –Enarcó una ceja. Su maldita ironía otra vez.

–No he dicho en ningún momento que no tenga nada en mente, pequeña Badía. Sólo qué no sé qué significa, pero sí que conozco a alguien que puede ayudarnos.

–Mira qué alegría la mía. –Le miró con desdén.
–Pero antes que nada, vamos a charlar tú y yo tranquilamente. –señaló el gran Nissan Juke granate mal aparcado justo delante de la puerta del cementerio y con un mando a distancia lo abrió– Sube. –Indicándole el camino. Ella se cruzó de brazos.

–¿Acaso crees que me voy a subir al coche de un desconocido así de fácil?.

Desvió la mirada como si pensara algo, y volvió a mirarla directamente con una sonrisa entreabierta.

–Mira que bien, me presente por tanto no soy ningún desconocido. Te he sacado de un agujero y me has enseñado bastante de ti misma. –Señaló al ombligo– Yo diría que nos conocemos bastante bien. –Se fijó que la muchacha lo miraba con ojos vidriosos, esa mirada, no, por favor, esa mirada, no. No quería recordarla– No te preocupes, no voy a hacerte nada. –Le acarició la mejilla y con delicadeza le ordenó un poco el pelo– No soy tan ogro como parezco. La mirada de Olivia era contundente

–No te preocupes, no se lo diré a nadie.

–Por favor, no lo hagas –respondió sin poder detener sus carcajadas–. Mi reputación quedaría por los suelos.

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Sombras al atardecer

Trailer de la novela Sombras al Atardecer, colgada semanalmente en mi blog.

 

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Mi nombre es Lídia Gilabert y aquí dejo mis humildes creaciones, diseñadas con el mayor mimo y amor para el disfrute de todos los lectores.

 

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