Siempre nos quedarán las  palabras

El extravagante jeremy stuart (capítulo 2)

Estaba hasta las narices de mí, y no me extrañaba, ya le había provocado suficientes dolores de cabeza con el juicio para querer volver a oír mi voz, pero en aquellos tiempos era tal mi desesperación que estaba dispuesto, una vez más, a confiar mi presente y mi futuro al dientes conejo de señor Mill. Recuerdo que de pequeño no hacía otra cosa que burlarme de la fealdad de su rostro, tenía una gran imaginación a la hora de inventar motes, y Joe era un blanco extremadamente fácil. Y lo paradójico de la historia era que el niño rata del instituto había logrado algo que yo veía imposible e inviable: una familia.
Relajé la espalda en el respaldo de la silla y esperé a que Joe me mandara a tomar por culo.
–No puede ser –pronunció entre sorprendido y altamente asqueado al cuarto toque de llamada–. ¿Otra vez tú, Stuart? Estoy por esconderme en una cueva para no saber más de ti.
–Me rompes el corazón, primo –contesté irónico– Te estuve esperando con una pancarta y un gran pastel de chocolate a mi salida de aquel agujero pestilente que llaman cárcel.
–Es el lugar al que van sujetos como tú, Jeremy –razonó–. ¡Por amor bendito, Stuart, atracaste a una anciana!
Otra vez con aquella historia. Estaba cansado de tener que narrar siempre lo mismo.
–En mi defensa diré que estaba en mejor forma que tú y que yo juntos.
–¡Oh! Venga ya. Estás mal de la cabeza.
Estaba cansado de contar siempre lo mismo. Al principio no tenía nada en contra de la señora Smith, a quien conocí por casualidad una temprana mañana de otoño en el supermercado justo en la esquina de mi calle, al lado de la óptica y justo delante de la panadería de toda la vida. Por más mala pinta de delincuente que tenga –que la tengo– mi día a día solía transcurrir de modo muy tranquilo y común, así que aprovechando que el Ladilla no había picado a mi puerta con el sobre del encargo del día, aproveché para rellenar mi para entonces nueva y recién estrenada nevera no-frost plateada y de dos años de garantía y ya de paso pasarme por delante de la pastelería Azucarillos y ver a mi amada no correspondida Peige.
Con las bolsas en cada mano con lo imprescindible para vivir unas dos semanas, cambié mi ruta natural que era pasar por el quiosco a por un paquete de chicles de menta e ir directo a Azucarillos. Había llegado a mis oídos que Peige se había comprometido con un soplagaitas llamado Ron. Menudo nombre más de gilipollas. Y estaba convencidísimo de que la prostituta de mi vecina, Dorothy, la responsable de comunicármelo, quería que agachara la cabeza y me rindiera respecto a Peige para que centrara mis atenciones en una de sus descerebradas y alocadas nietas: ocho tenía, ni más ni menos.
Dorothy, fumadora obsesiva y de cabello demasiado oxigenado, había aprendido a lo largo de su dilatada vida como profesional de la calle a mantener los ojos bien atentos, los oídos abiertos y romper la discreción cuando conviniese. La madre de Peige, una beata religiosa y compasiva, le había confesado confidencialmente que la semana anterior se había prometido con Ron, y sabiendo que yo moría por sus huesos, vio oportuno romper una de sus reglas de oro, como era la discreción, y darme la noticia.
La mujer me conocía bien y sabía que no aceptaría su palabra tan fácilmente, así que me había aconsejado que fuera y lo viera con mis propios ojos. E y tanto que lo hice, solo que la señora Smith, a quien me crucé por el camino, detenido absorto sin apartar la mirada de Peige para llegar a localizar su anillo anular, me había tomado por un acosador.
–Agarró el carro con ambas mano y me aporreó con él. ¿Qué señora sexagenaria tiene tanta fuerza?
–Acosabas a su nieta, tarugo.
–¿Pero qué me estás contando? Peige y yo somos amigos de parvularios.
Peige Miller, mi amor de la infancia, la musa de los años más inocentes y puros de mi vida. No olvidaría nunca las florecillas amarillas del vestido verde que trajo el día del baile de fin de parvulario ni su sonrisa infantil medio desdentada ni el caramelo que me ofreció mientras lloraba en el suelo tras una pelea. Sería el inicio de un duradero y profundo amor platónico.
–Pues eso no fue lo que le dijo al juez.
Había tenido la desgracia de tocarme la magistrada Carolina Trueba, una vieja conocida con rencillas en el pasado.
–¡Trueba la manipuló! No paró hasta que Peige dijo no saber nada de mí.
Todos en el distrito nos conocíamos y no es que el nombre de Jeremy Stuart fuera sinónimo de ejemplaridad ni pulcritud. El paripé de mi juicio había levantado una gran expectación entre amigos y conocidos, y entre ellos asistió casi la familia al completo de Miller, pues había sido precisamente su abuela quien presentara la denuncia y moviera cielo y tierra para desterrar a un «acosador pervertido» como yo lejos de sus vidas.
–¿A quién intentas engañar, Stuart? Yo estaba allí. Tu amada Peige se desentendió de ti en cuanto pudo.
–¡Porque estaba todos los evangélicos catequistas de su familia allí presentes!
Peige tenía un buen nombre de niña bonita, mientras que yo era todo lo contrario.
–Miéntete todo lo que quieras, pero por hacer no fue ni a verte al trullo los meses que estuviste encerrado.
–Estaría entretenida con la mierda de la boda.
–Ajá. Aceptas que se va a casar.
–No me lo repitas. Voy a vomitar.

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Sombras al atardecer

Trailer de la novela Sombras al Atardecer, colgada semanalmente en mi blog.

 

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Mi nombre es Lídia Gilabert y aquí dejo mis humildes creaciones, diseñadas con el mayor mimo y amor para el disfrute de todos los lectores.

 

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