Siempre nos quedarán las  palabras

El extravagante jeremy stuart (capítulo 1)

Hay muchas maneras de morir y necesariamente no todas se centran en la física. Cuando dejas que el mundo decida por ti, que el entorno dictamine tus pasos, cuando uno no se cuestiona qué sucede a su alrededor y permite que todo continúe adelante, resignado y sin ánimos para combatir contra las fuerzas de los designios de la vida, es cuando, de manera definitiva, eres un jodido cadáver andante en esta mierda de sociedad.

Es duro e hiriente, pero solo expreso una verdad que muchos acallan dentro de su ser por miedo a la reacción del quienes te rodean: de los amigos, la familia, de aquella mujer que te guiña un ojo con una copa en la mano en un bar… ¿Cómo confesarles que estaba podrido por dentro y que el estado de mi demencia era superior a cualquier otro ser humano con el que me topara por la calle? Imposible. Era un inadaptado, yo, Jeremy Stuart, un maldito ido de la cabeza ya convencido de que acabaría solo para el resto de mi existencia. Lejos de cualquier redención o perdón, me había pasado la mitad de la vida, si no más, mintiendo y metiéndosela doblada a todo aquel que me dejase, y al que no, con dos tiros en la nuca tenía más que suficiente para que suplicara mi nombre y entre gimoteos y lloriqueos me diera los billetes. No es que disfrutara especialmente ver lo lamentable que puede llegar a ser el ser humano y lo rápido que pierde la dignidad cuando ve su final inminente, pero mis motivos eran superiores, merecedores de la redención y el perdón de, si creyese en ellos, todos los dioses del universo. Lamentablemente si los dioses no eran capaces de remediar el asco de cena de aquel día, mucho menos tenían derecho alguno de juzgar mis pecados.

Así era yo, simple, llano, el que comía con desgana la comida china que acababa de comprar en un restaurante asiático, regentado, y esto era lo gracioso, por un matrimonio turco muy bien avenido. Özlem, mujer de corta estatura, cabello castaño oscuro recogido siempre con una gran pinza y de sonrisa contagiosa, que al verme por la calle siempre me detenía y me preguntaba que cómo me iba la vida, a lo que yo solía responder con un encogimiento de hombros “Pse, podría irme mejor”. Era una mujer encantadora, vivaracha y de gran corazón, y por mejor que me cayera, lamentablemente y por su seguridad, debía mentir como un bellaco. Siempre me la encontraba en el restaurante o por el barrio, ya fuera con sus dos niños, de cinco y ocho años, o sin ellos, pues asistían a un colegio cercano y su marido, Umut, además de ayudarla con el restaurante, trabajaba como repartidor de un supermercado, cuyo nombre no voy a revelar para no darles más bombo de lo que tienen. ¡Solo faltaría!

Noté algo extraño en la lengua, había algo entre los fideos y el brócoli troceado. Entre una mueca de asco, intenté quitarme lo que fuera que se había colado en la comida con los dedos. El resultado: un largo y oscuro pelo de mujer. “Qué puto asco, tío”, protesté efusivo y llevé la mano directa a la lata de la cerveza más barata, y evidentemente, más asquerosa del mercado, para que la comida masticada descendiera por la garganta. Encendí el televisor que tras unas interferencias la pantalla se apagó sin solución, a aquello le continuó las tres bombillas que desnudas colgaban de un techo lleno de humedades (su color blanco ya hacía años que se había transformado en uno amarillento, con manchas de grasa y suciedad por doquier) y grietas, y finalmente todos los electrodomésticos. Vale, sí, solo la vitrocerámica y el microondas de cuando mi madre aún jugaba con muñecas, pero oye, todavía calentaba todas las latas de comida pre-cocinada que le metiera.

Sentado en el sofá que meses atrás había recogido de la calle (¿cómo la gente puede deshacerse de mobiliario en buen estado?), delante de una improvisada mesa construida a base de un palé y cuatro palos de madera que había sacado de extranjis un colega de su curro, la oscuridad invadió cada rincón de aquella estancia, que tanto usaba de comedor, cocina, dormitorio y urinario. Para lo último solía acudir a mi vecina de al lado, una veterana prostituta de ochenta años que no estaba dispuesta a ¿subirse las bragas? ¿Se dice así? No sé, simplemente que no estaba dispuesta a dejar tirados a sus clientes. ¿Que por qué me permitía pasearme por su casa y usar su baño sin quejas? Puede ser por dos motivos, el primero es porque es una mujer con un gran corazón y el segundo, por el que yo apuesto, es porque me fotografiaba desnudo en la ducha para después vendérselas a sus amigas de la residencia de ancianos. ¿Crees que miento? Juro que es la verdad.  Me llevé las manos a la cabeza cuando recordé qué narices había pasado.

“Me han cortado jodida luz,” caí en la cuenta, maldiciendo a mi mala cabeza. “Mierda.”

No había domiciliado la factura. Vivir al margen de la ley era excitante, sin lugar a dudas, a los veinte o veinticinco años, pero rozando los treinta y siete como yo podía considerarse algo incluso patético. Era un patético jodido ido de la cabeza, en fin… Dejé los palillos encima de una mesa que al mínimo despiste se le saltaban astillas y se me clavaban en la planta de los pies y recé por que el teléfono móvil tuviera el saldo suficiente para llamar a mi abogado, y aunque lejano, primo, Joe. Mejor así. Aún con el sabor de la espesa salsa dulce de aquellos tallarines con pollo, zanahoria y extra de brócoli, me dispuse a llamar al cortito, pero cerebrín, de Joe, a quien sus padres le habían podido costear la carrera de derecho para que el chaval aprendiera algo de leyes y mucho de póquer y fórmulas para ligar (aunque siguiere siendo igual de palurdo) y marqué su número muy consciente de que probablemente me mandara a tomar por culo ya harto de mis gilipolleces, y lo cierto es que no le faltaría razón.

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Sombras al atardecer

Trailer de la novela Sombras al Atardecer, colgada semanalmente en mi blog.

 

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Mi nombre es Lídia Gilabert y aquí dejo mis humildes creaciones, diseñadas con el mayor mimo y amor para el disfrute de todos los lectores.

 

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