Siempre nos quedarán las  palabras

Adan (entero)

Lo recuerdo como si fuera ayer. La vi entre la multitud de multitudes; no era nada especial, camuflada en la sociedad, nadaba como un pez acostumbrado a bucear en aguas frías y turbias. Yo me detuve, ¿cómo no iba a hacerlo si moría por dentro? pero observé, lo hice como pueden hacerlo los espías profesionales. Escudriñé cada milímetro de su cuerpo y repasé cada gesto de sus articulaciones tratando de configurar en mi mente cómo sería aquella desconocida. Trataba de adivinar sobre su vida. Lo cierto es que era un juego para mí, a pesar de la seriedad, y más aún de la gran importancia que suponía para mí estar junto a ella. En lo general, cuando se explica relato parecido a quien no ha pasado por lo mismo, suele creer ser un juego de la mente, un reto para saber si contamos o no con esas aptitudes que dotan a todo detective de una supuesta inteligencia superior. Divertido, curioso, entretenido y morboso. Sí, todos estos adjetivos podrían usar para calificarme. A fin de cuentas, ¿qué se le llama al sujeto que persigue ciegamente a otro sin que éste sea percibido? Y ninguna de las posibles respuestas pasan por honorable. Pero qué es honorable hoy en día… ¿Nuestros jóvenes conocen siquiera el significado de éste? No me atrevería a poner la mano en el fuego. Volviendo mi cuestionable afición de perseguir al ratón, como lo llamo yo. Admito que me excitaba el no ser visto, el figurar ser un fantasma, un ente invisible a quien nadie rinde cuentas ni nadie espera ni nadie sospecha. Un ser tan ordinario y vulgar que no merece ser ni mirado ni percibido ni atendido. Uno de tantos; inofensivo, inocente, que simplemente pasaba por ahí sin motivo ni razón alguno, y en lo tanto que está ahí sólo por sentir el placer de estar en aglomeraciones. Nadie se pregunta el por qué ni quién es, hasta que llega ese momento preciso, ese momento mágico, que el cuerpo desaparece y te conviertes en un verdadero fantasma de la ciudad.
    Avanzaba hacia ella como pueden hacer los guepardos a sus presas; camuflado entre la selva, pero mi selva era la gente y la desconocida era un presa, no con el propósito de alimentarme de ella. Mis dientes no son los de uno de los mayores depredadores del mundo animal, mis garras tampoco son de felino, yo usaba el cerebro, los ojos y la paciencia a mi favor para incrementar mis conocimientos sobre ella. Me atraía por su aire de decadencia; tan ordinaria y vulgar como yo mismo, una criatura para mis ojos que había vivido demasiado y había probado demasiadas cosas nocivas de la vida, de piernas firmes pero magulladas con hematomas púrpuras y azules, la desconocida no se preocupaba por esconderlas bajo la tela del pantalón negro de cuero sintético, pues se lo había roto precisamente al nivel de las rodillas y también rajas por donde los muslos queriendo dar una imagen atractiva y rebelde de sí misma. La siguiente composición de sus prendas también parecían tener el mismo fin; vestida con el monocromo color negro y algunos grises, los pantalones se ajustaban a la cintura a pocos centímetros por debajo del ombligo, dejando éste al descubierto, ya que su camiseta, también rasgada y hecha jirones, empezaba justo donde las costillas, con un escote en forma de barco que abarcaba los hombros y las mangas descendían hasta las puntas de los dedos como una cascada de fuel. Tenía un cuerpo fino para vestir como lo hacía, pero a mi juicio, un gusto terrible. Andaba ágil, con prisa, como creyendo que la perseguían, pero no miraba a sus espaldas, por lo que me quedé puede decirse que aumentó aún más la constante tranquilidad y seguridad sobre mi mismo. No sería atrapado, de eso estaba seguro. Era tal mi convicción que ni me molestaba en cambiar de barrio para las víctimas ni tampoco en usar otro método que no fuera la extracción ocular. La presentación de los cuerpos era fundamental para mí, llamémoslo, sacrosanto. Tanto el cuerpo como el paisaje debían verse tal y como había anotado en mis borradores semanas atrás, durante la planificación del acto. Desde la posición, hasta la ropa y las flores tenían una finalidad, y ésta no era otra que... ésta no era otra que... Gente pasa alrededor, turistas, jóvenes estudiantes, personas mayores, todos me miraban de reojo, recelosos de tenerme ahí. Algo no iba del todo bien, sabía que empezaban a sospechar de alguien como yo en aquel rincón de la ciudad. Mi uniforme los incomodaba. Al final de la calle doblé la esquina, introduciéndome en una estrecha callejuela poco transitada a la espera. Mi ratoncita acababa de entrar a una tienda de ropa de segunda mano. Se encontró con una amiga y saludó al dependiente con quien estuvo largo rato hablando. Cuando acabó la conversación se despidió con alegría y retomó el camino. Tenía una sonrisa hermosa, llena de vida y dulzura que no hizo más que alentarme más en mi cacería. Ella se apresuró en su paso, introduciéndose en tal marea humana que por unos segundos la perdí de vista. Me concentré en la persecución del ratón y avancé la marcha. Gracias a mi aspecto todos se apartaban a mi paso, con unas miradas entre esperanzadas y otras confusas e intranquilas. A mí no me importaba nada de aquello, solo adónde se dirigía ella. Cruzó la carretera, atestada de coches y ruidos, y fue directa hasta una humilde librería de barrio y esperé a su salida. No podía entrar, no con aquella vestimenta. Llamaría demasiado la atención. Me posicioné para que cuando ella saliera, automáticamente se topara con mi cuerpo. La puerta era pequeña y estrecha y mi cuerpo ancho abarcaba gran parte del marco. Además, a la entrada había un pronunciado escalón y al subirlo era donde reflejaba con mayor claridad el sol del mediodía. Saldría cegada, desorientada y entonces iniciaría la segunda fase: la seducción.
    La muchacha tardó escasos diez minutos. Ya sabría qué quería. Y la vi guardar un libro fino en un gran sobre color marrón que se pegó al pecho. La niña era leía, tan dulce y llena de ilusiones. Su risa sonó de nuevo retumbando en aquellas estrechas y cuatro paredes de piedra sonando cándida y jovial. Colocó un pie sobre el escalón y al segundo, mientras se tapaba los ojos con una mano, mi cuerpo ensombreció la imagen. Resbaló en la manida piedra y golpeó su pequeña cabeza sobre mi hombro. La sujeté suave y la arrastré a una esquina. Acaricié su mentón y procuré que no se hubiera hecho sangre. No era el momento.
    ––¿Está usted bien? ––mi pregunta fue cortés.
    Ella alzó la mirada con una mano aún tapándose la nariz por el dolor. Recogió en un impulso el libro que ahora yacía medio abierto y sin sobre a sus pies y volvió a mirarme confusa y acongojada.
    ––Disculpe, agente, la culpa ha sido mía. No he mirado al salir.
Recibí sus palabras con una tibia sonrisa de conformidad. Mis ansias me empujaban a tomarla allí mismo y a sacralizar su cuerpo como elegida del dios que era. Pero no quería asustarla. De contarle mis intenciones, ella no lo comprendería: el sumo privilegio de alimentar al dios de la vida y de la muerte. El dios estaba famélico. Se me aparecía en los rincones oscuros de mi piso. El dios odiaba el sol. Odiaba el sol. Siempre hacía presencia al oscurecer o a la hora nona. Hambriento y desnutrido, lucía un aspecto grisáceo de rostro despellejado y podridos colmillos. Babeaba. Se movía como los animales; con sus largas patas anchas torcidas de codos hacia afuera, una larga y fina cola de lagarto y dos grandes esferas amarillas que relucían en la penumbra.
    No recuerdo el primer día de mi nueva vida: el primero en que se me apareció. Parece hacer ya una eternidad. Ya había un centenar de elegidas que lo habían alimentado; hinchándose y engrosándose, daba latigazos entonces con una gruesa cola de dragón sobre mis muebles. Si bien no sé cuándo nos conocimos por primera vez, tengo el recuerdo vívido de sus apariciones en mis sueños de niño. Nunca hablaba. Solo gruñía áspero. Tras haber soñado con él, al amanecer sentía la necesidad de dibujarlo en esbozos en mis libretas, incluso en el colegio. Mi madre nunca lo comprendió: veía en mí el mal encarnado. Desesperada como estaba, acudió a la psicóloga del centro que temía que me hubiera poseído el demonio. Imagina la cara que se le quedo a doña Emilia. Jajajaja. Creería sin dudarlo que era mi madre quien no estaba bien de la cabeza.
    Con los años el dios lagarto fue desapareciendo por las noches. Mi madre se sintió entonces aliviada. Pensé que el dios me había abandonado, que no aprobaba mi mente adulta. Así lo pensé hasta la navidad del dos mil diez.
El dios me susurra, me acaricia, me tienta, me ama y me reclama que le corresponda. Quiere una expresión de compromiso, unas nuevas alianzas que vinculen una relación que no siempre ha tenido compromiso. Lo acepto, fallé al dios. Lo ignoré algunos años de adolescencia   y le di la espalda cuando andaba rondando a Estefanía, una princesa que vivía en mi vecindario. La espiaba por mi ventana cuando volvía de visitar a su abuela con la bicicleta y aquellas graciosas trenzas que volaban en el aire. Le di la espalda al dios y perseguí en sueños a la muchacha que hinchaba mi pecho y provocaba mis suspiros. Era tierna, dócil, mansa y comprensiva. De los jóvenes de mi edad del barrio, ella era la única chica que me sonreía al verme, que me dedicaba su tiempo y se tomaba las molestias de esbozar una risa con aquella perfecta mandíbula que al abrirla brillaba en la noche. Con el tiempo, Estefanía desapareció de mi vida. Desapareció de la vida de sus padres, familiares y amigos. Simplemente desapareció. Era un agosto caluroso e infernal, las farolas se derretían y las calles procuraban estar siempre desiertas, hasta que a las once de la noche de un jueves apareció un simple coche de policía y se detuvo delante de la casa donde vivía Estefanía. La madre abrió entre lágrimas y los agentes entraron prestos y corteses. La noticia se escampó como la pólvora aquella misma noche. La pequeña de la casa números 33 de la calle Manso se había esfumado, y todos los indicios descartaban que la marcha hubiera sido voluntaria. Meses y meses fueron los que pasaron que, entre la congoja, las esperanzas y el deseo por que la chica volviera, encontraran a la chica sin vida en lo más adentro del bosque: descuartizada. Estefanía había sido la primera ofrenda al dios; un presente de reconciliación de un pacto que dura hasta la actualidad.

El dios requiere vidas, y así será hasta que la existencia me resulte tan pesada que yo mismo le ofrezca la mía para su pervivencia y elija a otro más obediente que yo.

Fin

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Sombras al atardecer

Trailer de la novela Sombras al Atardecer, colgada semanalmente en mi blog.

 

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Mi nombre es Lídia Gilabert y aquí dejo mis humildes creaciones, diseñadas con el mayor mimo y amor para el disfrute de todos los lectores.

 

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