Siempre nos quedarán las  palabras

Eureka

Exordium:

La grisácea mar furiosa y los huracanados vientos azotaban la majestuosa navegación en la que se embarcaba el capitán protagonista de esta historia; un hombre bravo, combativo, defensor del bien común y gran seguidor de la palabra de Dios. Tal era su devoción que había sido enviado como mensajero oficial de arzobispo de Montpellier, resguardando con suma discreción y secreto en su camarote unos documentos oficiales de la Santa Iglesia de contenido desconocido que traía desde las lejanas tierras otomanas, la pagana Anatólia. Basta tierra de campos y grandes extensiones de estéril arena, lugar de habitantes cuyo sudor y esfuerzo habían alzado grandes edificaciones que maravillaban al mundo entero. Famosos también por su pericia como navegantes y por su indestructible armada naval competidor de la griega, quienes se encontraba desde muchos años atrás en manos otomanas.

Nuestro capitán llegaba exhausto y con la baja de miles de hombres a causa de la escasez de alimentos y agua potable. Las ratas ya hacía días que habían sido asadas y así se nutrieron de ricas proteínas arrancando con sus amarillentos dientes la dura y ennegrecida carne del omnívoro. Los pocos hombres fuertes que, penosamente, tumbados en el suelo, sin saliva en los labios, sin aire puro en sus pulmones, delirando, con la mirada extraviada a otra dimensión però aun y así con vida, encontraban como última esperanza una intervención divina.

El aire putrefacto que envenenaba el barco se producía por la putrefacción de miles de sus compañeros, los cuales amontonados, esperaban todavía ser arrojados a la mar y que sus almas fueran arrastradas entre destripadas velas que volaban al son del viento. El capitán miraba desesperado la amplitud de la mar, veía las empalidecidas y etéreas siluetas de sus compañeros muertos: un preludio de muerte.

Las gaviotas que planeaban ras de mar anunciaban tierra firme, el capitán al verlas alzó la mirada y como aturdido por al debilidad del cuerpo y el malestar producido por el continuo oleaje de las olas exclamó «¡Eureka, Eureka, lo he encontrado, lo he encontrado!»Alzando los brazos, esbozando una sonrisa de esperanza. Quienes aún contaban con suficientes fuerzas y oyeron las palabras del capitán fueron levantándose penosamente para poder divisar el horizonte, allí en la lejanía, a pesar de la neblina matinal, allí se encontraba, como un oasis en medio del desierto, la silueta de las casas lo indicaba, era tierra francesa, la protagonista indiscutible desde el principio.

 

Cuéntame, Musa, la historia del hombre de muchos senderos, que anduvo errante muy mucho después de

Troya sagrada asolar; vió muchas ciudades de hombres y conoció su talante, y dolores sufrió sin cuento en

el mar tratando

de asegurar la vida y el retorno de sus compañeros.

Mas no consiguió salvarlos, con mucho quererlo,

pues de su propia insensatez sucumbieron víctimas, ¡locas! De Hiperión Helios las vacas comieron,

y en tal punto acabó para ellos el día del retorno.

Diosa, hija de Zeus, también a nosotros,

cuéntanos algún pasaje de estos sucesos.

La Odisea de Homero

Corría alrededor del siglo XV del Señor y en las empedradas calles de París, entre la miseria y la pobreza de sus habitantes, un hombre, dicen que de nombre Tolomeo, se paseaba a cuatro pies por detrás del recién nombrado obispo de la capital. Su amplio séquito de diáconos seguían pasivos sus pasos y satisfacían los muchos caprichos del clérigo que con aires de grandeza, fastuosas vestimentas y hermosísimos cristales preciosos que colgaban de su cuello y adornaban sus rechonchos dedos, olfateaba con parsimonia el aire, dijo detenido en medio de la calle, congestionando el tráfico de carros y caballos, con pose señorial, señalando a uno de los sin techo de aquella avenida:

––¿Qué es esta pestilente olor que capta mi olfato, Tolomeo?

––Es el olor humano, excelencia, juntamente con las aguas residuales acumulas por las constantes lluvias que se filtran en los desgastados y mohosos pedruscos en los que estamos andando.

––¡Oh! Tolomeo. ––Le miró sorprendido–– ¿No me diga que lo que ahora estoy pisando son orines y micciones humanas? No hay decencia en estos barrios. ¿Sabe usted cuántos francos cuestan estos pies que ahora se ven mancillados. Sabe usted cuánta es la responsabilidad de tener pies de santo?

––Lo lamento, excelentísimo señor, si usted prefiere podemos llamar a un cochero y pedir agua sagrada para volver a santificar, purificar sus... ––Nervioso–– sus pies.

––No, Tolomeo, no. Yo vine aquí para ver de primera mano, con mis propios ojos, las inhumanas condiciones de vida que describías con tanta pericia y detalle en tu misiva. Mi humildad y bondad me mostrar a todos los hijos, súbditos de Dios, el gran poder de la Santa Iglesia, pero yo siendo un hombre como tú, como ellos, y quiero verme como un amigo, un confidente, un compañero que quiere ofrecer ayuda y consuelo. ––Alzó la mirada–– Aunque nunca creí que dentro de los perímetros de esta gran ciudad se encontrasen tales deficientes barriadas. ––Señaló al suelo–– Mire a aquel hombre, Tolomeo, se me parte el corazón, es tan… ––Arrugó las cejas conmovido–– tan sucio, pestilente, moribundo, con esos trapos destripados que muestran la figura de su cuerpo. ¿Cómo es posible que se encuentre en ese estado de letargo tan profundo, con todos sus músculos impertérritos? ––Se puso de cuclillas para observarlo mejor–– ¿Cómo mantiene los ojos cerrados, cómo… ?

––Su Excelencia Reverendísima, si me permite decirle, pero creo que este hombre no duerme.

––¿Qué me esta intentando decir, Tolomeo? Si este hombre no duerme, ¿qué puede estar haciendo? Por Jesús, ¡qué insinúa!

––Que este pobre diablo hará semanas que se encuentra en el Cielo con nuestro Señor y en su reino permanece en gloria. En un lugar mejor, más digno.

Compasivo, mirándole de nuevo fijamente, susurró:

––Pobre hombre...

––Pues sí, pobre hombre. Muchos como él han muerto a causa del hambre, la sed, el frío, miles de personas se encuentran en esta situación...

––Pobrecito, morir sin haber recibido paz católica, encontrarse entre las fraguas del infierno, ¿cómo se llama el dios griego a quien le concierne todos estos temas?

––Hades, el invisible. Rey de los muertos y marido de Persérfone.

––No, aquel hijo de Zeus a quien despreciaba, casado con Afrodita.

––¡Ah! Vos os referís a Hefesto. Pero señor, Hefesto no es el dios griego de la muerte.

––No me replique Tolomeo. Exacto, Hefesto. Se encontrará en las profundidades del Averno con almas en pena deambulando sin rumbo, bañándose en las corrosivas aguas del Estigia con las miradas de Can Cerbero y Caronte, el barquero.

––¿Cómo tiene usted tanto conocimiento del Panteón griego?

––Ay, Tolomeo, esta es una larga historia, tan larga que ni tan siquiera voy a perder ni un solo minuto en contártela, pero mi mente ya no es lo que era, mis conocimientos han ido en detrimento con el paso de los años. En mi juventud podría nombrarte de memoria todos los versículos de la Biblia, palabra por palabra, sin un error, ni uno solo.

Mi afán aventurero me llevó a miles de lugares, recónditos, conociendo indígenas entre la espesa floresta, animales de todas las razas, de todos los tamaños y colores, carnívoros, herbívoros, omnívoros. Gentes honradas, malvadas, corruptas, bondadosas… pero siempre dentro del ámbito de la Santa Iglesia, siempre entre los manuscritos, documentos de san Pedro, san Tomás, san Lucas... he estudiado todos los clásicos de la literatura, desde los paganos hasta los doce apóstoles, obras de Homero, Eurípides, Plinio el Joven. Las grandezas de las mitologías grecolatinas me sedujeron a muy temprana edad. El estudio de todos ellos fue mi primordial afición en mi niñez y juventud, hasta... hasta que Dios se me reveló y vi la verdadera fe.

––A qué os referís cuando decís que nuestro Señor se os reveló, en forma de paloma, la Virgen María, tal vez... ¿Cómo fue?

––¡Ahí! Querido Tolomeo es tan difícil de explicar, que no encuentro vocablo ni en nuestro vocabulario ni en el todos los idiomas del mundo para poder explicar esa sensación que te invade cuando sientes la llamada del Señor para difundir su palabra.

Además, hace tanto, tantísimo tiempo que se ha ido borrando de la memoria paulatinamente. Solo recuerdo que contaba con muy poca edad, fue cuando mi heroico padre falleció en combate contra los paganos. Siempre lo recordaré, entonces mi madre, beata como la que más, se vio obligada a entregarme a la Santa Iglesia como ayudante, trabajo que aborrecía y en diversas ocasiones me di a la fuga aún a sabiendas de que no tenía a ningún sitio a donde ir. Solo quería ir al mar, verla desde cerca, saltar al son de las olas, gritarle al horizonte, quería sentirme libre, desplegar mis alas y mirar hacía al frente sin temor alguno...

––¿Y lo lograsteis?

El humilde hombre se sentó en un pedrusco, acomodándose y el obispo prosiguió con su historia, que parecía no ser precisamente corta. El séquito que acompañaba al obispo se fue desvaneciendo a medida que pasaban las horas, unos fuéronse a las tabernas, otros al mercado... hasta que solo quedaron ellos dos, el joven soñador y el experimentado abuelo.

––¿Quieres saber que me sucedió?

––Claro.

––Pues tras tres intentos fallidos de fuga con sus respectivas consecuencias, la idea de ser libre se fue disolviendo con el tiempo, me mentalicé de que aquella era mi nueva familia, con nuevas normas y conductas específicas. Que la irremediable finalidad del hombre es servir al verdadero Dios y al Papa, como su representante en la Tierra.

Pero mi estancia en el monasterio no evitó que no satisficiera mi curiosidad y ni mi atracción hacia los clásicos. Allí, entre mugrientos y centenarios libros, estanterías sucias y silencio me concentraba para transportarme a las aventuras de Ulises, aunque no salía de aquel agujero llamado bibliotheca, y a pesar de que unos pocos rayos de sol del mediodía permitían la visualización de las frases. Yo me encontraba en el mar, navegando en un gran navío, señalando la isla de Ítaca, donde Penélope y Telémaco esperaban a Ulises, al bravo e imbatible guerrero; o junto Agamenón en la Iliada, o Héctor, luchando dejando mi vida por la ecuanimidad.

––Ya veo, señor, que sus ojos se le iluminan al pronunciar tan extraños nombres, debe de quererlos mucho a todos ellos...

––Pero ¿qué dice, Tolomeo?, mis ojos lagrimean a causa de este incontenible hedor que me está dejando incluso sin respiración, además ¿cómo voy a querer mucho a personajes ficticios de una tragedia griega? ¿Acaso usted no conoce las peripecias que se narran en la Odisea o la Iliada, de Homero. ––Tolomeo puso cara de circunstancia–– ¿Los gemelos de Plauto, tal vez? ––El joven hombre no sabía que responder–– ¿No puede estar hablando en serio?

––Que me corten en rodajas si miento, he oído hablar de ese tan Homero, pero yo creí que era un personaje de la política romana. Así pues, puede comprobar los conocimientos que ustedes los clérigos poseen, pero nosotros, el pueblo llano no puede acceder a tales conocimientos. Si desconocen las vocales y las consonantes.

––No puede usted estar hablando en serio, la educatio es imprescindible. ––El hombre alzó la mirada y suspiró–– Ya entiendo.

––Lo comprende, aquí ser sabedor de las obras de Homero o Plauto como ha dicho no tiene ninguna utilidad, no les da de comer, para que le sirve a un pobre campesino leer obras dramáticas, para que le sirve a un herrero la comprensión de un poema de Safo... ¿Era un poeta. verdad?

––Poetisa griega.

––Efectivamente, a estas personas solo les preocupa tener un techo donde resguardarse, pan suficiente para alimentar a los hijos y un trabajo con que ganarse la vida, usted más que nadie, usted que ha visto el mundo entero, ha conocido a todo tipos de gentes debería saberlo, no crea que yo ahora le pretendo dar una imagen calamitosa de la vida de estas personas con el fin de lucro, yo nací en estos barrios pero ya no habito en ellos, crecí junto a estas personas que ahora veo muriendo en el suelo de frío y hambre, conocí a sus familias... pero Dios me brindó una nueva y mejor vida, en la que vivo cómodamente, y aunque no puedo compararme en conocimientos con usted, me enseñaron a leer y a escribir correctamente. Tal vez sea por ello que desea tan férreamente ayudar a estas personas, porque sé como se vive entre la miseria y la pobreza más absoluta, quiero ayudar a estas personas porque son tan humanas como nosotros e hijos del mismo Dios. ¿No le concierne también a la Iglesia la cura y mantenimiento de todos los hijos del Señor?

––Qué hermosas palabras, Tolomeo, realmente me han conmovido. Le contaré la historia que he mantenido encerrado y oculto en un rincón de mi memoria, una hito de mi vida lleno de dolor y desesperación.

Tolomeo resignado se mantuvo en silencio y aunque se mostraba impaciente para pedirle el Gran Favor al obispo, no encontraba el momento exacto para decírselo sin tapujos.

Continuo el clérigo:

––Al cumplir los veintidós años, el santo Papa por medio de un heraldo me envió una carta, (yo me encontraba como todos los días, en la bibliotheca por la cual cosa fue fácil localizarme) en ella ponía que se me brindaba la oportunidad de servir buenamente a Dios y que sería generosamente compensado con bienes gananciales si la operación se lograba con éxito, este no era más que viajar con barco hasta la ciudad de Estambul y citarme con el máximo representante de los musulmanes de nombres impronunciables para mí. Desconocía los motivos por los que me enviaban y mucho menos a mí, pero, sin muchas alternativas asentí temeroso con la cabeza, entonces el arzobispo enviado por el Papa me dijo «reúne a una tripulación brava y combativa, diles que serán compensados con veinte monedas de oro si logran llegar con vida y su familia estará bajo nuestro amparo». Entonces le pregunté: «cuando me reúna con aquel pagano tan importante qué queréis que haga» «Sólo dale esta carta, y procure que la lea, sino su viaje habrá sido en balde y una cosa más, no le mire fijamente a los ojos, sobretodo no lo haga tiene el peligro de caer en las garras del diablo. Piense que le estamos enviando a la cueva del lobo feroz», contestó y respondí: «No se preocupe, mantendré los ojos cerrados y la boca también».

––¿Cómo es que había sido enviado precisamente usted a este periplo por mar?

––Realmente lo desconozco Tolomeo. Pecaría de mentiroso si le dijese que fue por la confianza que tenían en mí, que realmente me necesitaban... Durante la larga estancia en que estuve en la mar no dejaba de repetírmelo «¿Qué vieron en mi para tal difícil encargo?» Y después de darle más vueltas que a la orbis, llegué a una conclusión.

––¿Y cuál fue esa?

––Si te lo contase ahora, desvelaría toda la trama de la historia y entonces no captaría vuestra atención, por lo que lo mantendré en secreto y lo desvelaré al final de mi historia.

––¿¡Es que piensa dejarme aquí con la duda!?

El Excelente Reverendísimo Obispo lo ignoró, fijando la mirada en el grisáceo y púrpura cielo del atardecer.

––Seguiré con mi historia... Al llegar a tierras árabes me agasajaron con todo tipo de manjares tanto a mi tripulación como a mi, éramos extranjeros cristianos en tierras paganas, éramos el enemigo más directo que tenían, pero aun así no sentimos más cómodos que en nuestro hogar. Estuvimos en esa situación dos meses. Imagínate, Tolomeo, dos meses comiendo y bebiendo sin límite, divirtiéndonos, relajándonos, tumbados en una especie de cama color grana, con doncellas bailando al son de una dulce melodía, con todo tipo de placeres a nuestro alcance. Era pulchrissimus, rodeados de ornamentos de oro y plata, el ruido del agua invadía toda la sala, con grandes cortinas de colores claros, alfombras de seda azules claros y oscuros por todo el suelo, todo delicatissimus.

Hasta que a la salida del sol, entre los radiantes rayos de sol que se filtraban por los ventanales de colores alegres, apareció un hombre con larga barba blanca y ojos negros de halcón, éste nos miró a mis camaradas y a mi que estábamos tumbados bebiendo unos líquidos llamados te rojo, de gusto ni agrio ni dulce pero ardiente, y ligeramente inclinándose dijo «Salam malecum» yo no sabía que significaban aquellas palabras y entre la humareda que desprendía aquella bebida de oriente solo se me ocurrió una cosa... contestarle con la misma frase. Realmente en mi interior, aunque nervioso y temeroso que me encontraba por la peligrosidad del viaje y de la misión, no podía evitar encontrarle también el punto cómodo de ésta, pensando «quien te iba a decir a ti que te encontrarías a miles de pies de tu hogar, que no has pisado más que tierra francesa, quien te iba a decir a ti que el primer viaje en el que te embarcarías sería para visitar a las peculiares gentes de oriente»

––¿No había viajado usted nunca, ni por la propia Francia? ––preguntó intrigado Tolomeo.

––Ahí, Tolomeo no me interrumpa usted, ahora que había encontrado el hilo de la historia, insecto como te atreves a tomar la palabra cuando no te la piden.

––Si siempre lo hago ––replicó en voz baja.

––¿Qué ha dicho, Tolomeo?

––Que continúe usted con su interesantísima aventura por Anatólia.

––Lo que iba narrando, Tolomeo, es que mientras andaba por los anchos pasillos de aquel palacio, no era un palacio era mucho más grande, mucho más grande de los palacios que te hayas podido imaginar, lo que decía, cuando andaba por dichos pasillos de alfombras azules, paredes granas con jónicas columnas con filamentos de aurum et argentum, mirando a todas las bandas, contando los pasos que habíamos andado, pasaron ante nosotros un cuarteto de bellas damas, tres de ellas era de ojos negros, una sin embargo, era la criatura más hermosa que mis ojos contemplaron jamás, a pesar de ir cubiertas con voluptuosas vestiduras negras negándoles a mostrar sus cabellos y la forma de su cintura, aquellos ojos, unos tan hermosos como la puesta del sol, a primera vista no pude distinguir si eran verdes, azules o marrones, solo sé que con solo parpadear sería capaz de destrozar montañas, producir tormentas torrenciales, huracanes, tornados... despertar del eterno sueño a todos los dioses que el hombre ha creado, tal era su hermosura que no pude despegar mi vista a su silueta hasta que húbose desvanecido en la lejanía. ¡Oh, bella de Oriente!, ¿cómo los hombres estamos condenados a sufrir tu divina maldición? Créame, Tolomeo cuando le digo que ni un solo hombre en la tierra sería capaz de no caer tentado por la sensualidad de aquella mujer. No le vi la figura mas no me importó verla grandiosamente, eran aquellas dos lunas en la cara lo que me encantaba, con unas pestañas negras como la noche y de gran abundancia, créame Tolomeo cuando le digo que el hombre que yace en su lecho encuentra la gloria infinita, mas no volví a verla por más que quise.

––Incluso los más notables hombres no pueden evitar caer heridos por las flechas de Eros, pero es curioso yo creí que ustedes los comprometidos con Dios no podían sentir más amor que hacia el Todopoderoso.

––Tolomeo, ingenuo, como dijo un eminente sabio, los sentimientos son como las olas del mar, nunca sabes por que corriente irán y cuando te encuentras atrapado entre ellas te es difícil escapar.

––¿Quién dijo tales palabras, Francesc Eixemenis, Ramon Llull... ?

––No, ninguno de los citados es mas ni por lo más remoto adivinarías quien fue su creador; un hombre sabio, de gran experiencia y conocimientos, incansable luchador y excelente orador.

––¿De quién podéis estar hablando, quién posee tales cualidades? ––Tolomeo, eres un mentecato, zafio, cafre... De todos lo hombres que he conocido usted es el ser más zoquete que haya encontrado. ¿Es que no tiene ante usted un hombre que responde ante el nombre de «sabio», «luchador» y mucho más «orador», ¿no le ve ante sus narices cateto de provincia? ––Por supuesto señor, no he puesto en duda ni tan solo un segundo, que digo, una centésima de segundo, que aquel hombre al cual usted se refería era usted mismo, el mejor obispo que nunca antes ha pasado por la Iglesia, el más compasivo, humano, generoso y valeroso como usted...

––No sea lameculos, Tolomeo, que se le ve el plumero...

––¿Quiere decir usted? Yo solo cuento lo que estos oscuros y pequeños ojos que mi madre me dio, ven, la verdad y tan solo que la verdad.

––Ahora mismo si jurases ante Dios, que digo ante Dios, ante todos los dioses, éstos te fulminarían con un rayo que atravesaría todo su cuerpo hasta convertirle en copos de ceniza y no dejar nada más de su existencia que una oscura sombra que quedaría atrapadas en las cloacas con esos asqueroso omnívoros negros llamados ratas.

––¡Ah! ––aulló––. ¿Ratas?

––Así es, convivirías con las ratas hasta el fin de los tiempos, serás un alma sin vida, sin sentimientos ni emociones, todo el mundo te temerá, carecerás de amor porque no tendrás un corazón con el cual alimentarlo, vivirás solo...

––Ya hay suficiente monseñor, que me está asustando, ya sé que usted es mucho de la broma pero de la manera que lo cuenta parece tan verosímil.

––¿Quién ha dicho que yo esté de la broma, Tolomeo? ––Se lo pido por su amor a Dios, déjelo y continúe con su historia por Oriente y su aventura con aquella exótica mujer.

––Exótica no, Tolomeo, una diosa en toda su plenitud, un ángel, tan valiosa como un diamante, un amor tan efímero como el susurro del viento y una imagen que no pude eliminar de mi mente en la corta estancia en la que estuve allí, la imaginaba a todas horas, incluso, Tolomeo, mientras rezaba un padrenuestro, al cerrar los ojos y juntar las manos era ella la que se me aparecía reflejada en la cruz y no Jesucristo, mi mente se encontraba impura, dominada por el diablo pero lo peor era que no quería olvidarme de ella y que aquella imagen me proporcionaba calor, me recordaba a mi niñez, las caricias que mi madre, todas las noches, con suma delicadeza y mucho amor, me decía susurrándome al oído je t'aime. Malditas mujeres que te embaucan y no te dejan escapar.

A raíz de la reunión con aquellos hombres tan insípidos y de recibir un pequeño manuscrito con cinta roja destinado al Papa, nuestra suerte fue in decrimento, como si hubiésemos sido objetivo de una maldición, la mitad de los hombres se quedaron en tierra huyendo de las pésimas condiciones de vida en la que se encontraban en París, muchos de ellos eran campesinos que no veían beneficio alguno a su trabajo y estaban dispuestos a abandonar a toda su familia por su bienestar personal, otros eran criminales que se les eximía de sus culpas si embarcaban en tal misión pero con la condición de retornar a estas entre rejas cuando esta finalizara, preferían vivir en un país pagano antes de volver a pisar tierra cristiana, una gran mayoría eran jóvenes encontrados por las calles, abandonados por sus padres de pequeños y crecido, deambulando, robando, cometiendo un sin fin de fechoría por las callejuelas oscuras en las que uno no se atreve a transitar solo...todos ellos y muchos más se quedaron allí, por decisión propia, lejos de su hogar, de sus seres queridos, preferían lo nuevo y desconocido que lo conocido pero viejo. Yo me afligí mucho, no entendía que podía pasar por la cabeza de aquellos hombres para tomar tal decisión, tal vez tu lo comprendas Tolomeo, que has demostrado tener una gran empatía y descubrir muy bien el trasfondo de las ánimas, tal vez tu me lo puedas explicar… Fuera como fuese el caso es que quedamos unos pocos a bordo pero suficientes, y si ahora lo pienso estoicamente tal vez Dios no quería que desembarcásemos para ponernos rumbo a nuestro hogar, tal vez hicimos algo que le enfureció, irritó… a veces pienso que Dios y Poseidón (Ποσειδwν) hicieron un pacto de animadversión con nosotros o una especie de juego a ver quien conseguía más vidas...sólo sé que embarcamos del puerto de Anatólia un tres de agosto a la salida del sol y tan solo desamarrar cabos unas nubes cenizas se posaron en nuestras cabezas desatando rayos y truenos sin cesar, iluminando todo el cielo y descomponiéndolo para formar el caos, a pesar de sus advertencia nosotros les desafiamos y proseguimos nuestro itinerario como lo planeamos, tal vez estaba proscrito por los omnipotentes, pero no me dejé doblegar por las vicisitudes de los dioses, yo era un luchador, un aventurero… mi sangre hervía, miraba al cielo desafiante, los puños cerrados, los ojos bien abiertos, inspiré profundo y grité «Vencedme su podéis, soy Ulises, hijo de Laertes, vencedor de la guerra de Troya» Bóreas desató en furia, una fuerte ventisca llegó del norte sin ser pronosticada y con su rabia nos azotaba destrozando el casco, aireando las velas y partiendo en trozos el palo mayor, destrozando los árboles y helándolo todo con su aliento, entonces en los cielos se empezaron a distinguir entre las nubes cenizas, largos filamentos anaranjados y cálidos, éstos iban invadiendo el cielo por el oeste hasta desaparecer la tormenta, una brisa suave, ahora, nos acariciaba, una mariposas jugueteaban por el cielo, los árboles tornaban a dar fruto, la calidez de la primavera fue derritiendo los copos de hielo, que en unos segundos, habíanse formado a nuestro alrededor, las flores resurgieron y se abrieron todos los capullos de nuevo...había sido Céfiro que con su fuerza nos amparaba. Residíamos en su lecho como unos hijos endebles, como polluelos en un nido que es la inmensidad, a merced de las excentricidades y el antojo de los dioses. Nacemos desarmados y nos sentimos impotentes ante lo desconocido, aquello que nuestra razón no es capaz de comprender, o aquello que no somos capaces de controlar, somos hormigas en un mundo de hormigas, somos el entretenimiento preferido del todopoderoso, con nosotros se distrae en sus largas horas de soledad. Y no podemos revelarnos contra Él sino queríamos salir malparados.

––¿Cuál fue el desenlace de vuestra historia? ––lleno de curiosidad preguntó Tolomeo.

––Ay, joven, ojalá recordase lo más mínimo lo sucedido los días, meses posteriores a nuestro desembarco, solo recuerdo estar en alta mar, alzar la vista y allí estaba, nuestro hogar, la majestuosa y gloriosa Francia. Con más de media tripulación muerta hubimos de lanzar sus cuerpos al mar y uno a uno desfilaban, hundiéndose poco a poco, siendo tragados por las frías aguas del Mare Nostrum, dejando una huella imborrable en nuestros corazones…

––Ya no se acuerda de sus nombres ¿verdad? ––¿Cómo puedes preguntar tal sandez si ni tan siquiera los sabía entonces? Pero sus rostros de putrefacción. Escuche Tolomeo aun los veo por las noches evitando poder entrar en sueño. Es horrible. Bueno nuestra conversación llega a su fin.

––¿Se está muriendo, monseñor? ––le preguntó Tolomeo con cara de tristeza.

––¡Oh! Tolomeo, no conozco a hombre más memo, torpe y necio que tú. –-Aún le seguía mirando con tal cara indicando que no había entendido ninguna de sus palabras–– No Tolomeo, claro que no me estoy muriendo es simplemente que los rayos del sol ya están empezando a escasear y estas calles son peligrosas las noches sin luna.

––No se preocupe por mí, obispo, ya vivo a cuatro manzanas… ––Quién dice que me estoy preocupando de ti, hablo de mí, que no sé como me he podido dejar engañar para que me traigan a tal lugar.

––Obispo, no es por insistir pero qué hay de mi petición, ya habrá entendido usted el motivo que me ha llevado a esta entrevista tan didáctica y entretenida, solo quiero una vida digna para estas personas, un lugar…

––Oh, sí Tolomeo, no te preocupes que aun la tengo en mente, mañana enviaré a unos heraldos para que te informen de cuáles serán tus nuevas tierras incluso con ganado, como muestra de agradecimiento por…no sé porque pero ya se me ocurrirá.

––No era esta mí…

––Sí, sí que lo era, quería tierras para poder cumplir el sueño de su difunto padre de tener propiedades ¿tienes hijos Tolomeo?

––Sí, un varón y una hembra.

––Pobrecitos, les compadezco por el padre tan necio que les ha tocado. Es un buen hombre pero le pierde esa bocaza. Bueno mi querido amigo fugaz, esto… ¿Cómo se llamaba?

––Tolomeo, señor.

––Ah, sí, como no. Un placer conocerle y hasta más ver.

––Pero, obispo, yo no soy campesino, no lo soy. ¡Ellos lo necesitan, no yo, ellos sí que lo necesitan! ––gritando nuestro amigo que veía como sus buenas intenciones habían sido contrarrestadas por el soborno y la corrupción.

La silueta oscura del clérigo fue disipándose juntamente con su séquito de la manera tan honorable como había llegado. Al día siguiente estando ya en la sede episcopal de París, en una conversación ordinaria con un secretario episcopal:.

––Amigo mío, qué ha estado usted haciendo toda la mañana por esas calles pestilentes.

––He conocido a un buen hombre, un tal Tolomeo, que tan grande era su corazón que me ha pedido muy gentilmente que mejoremos el estado de salubridad de la ciudad, la construcción de colegios para campesinos e hijos de artesanos así como la de más viviendas y un montón de sandeces más. Era un hombre muy gracioso, sí señor, que lástima que Dios los crea y Dios los destruye.

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Sombras al atardecer

Trailer de la novela Sombras al Atardecer, colgada semanalmente en mi blog.

 

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Mi nombre es Lídia Gilabert y aquí dejo mis humildes creaciones, diseñadas con el mayor mimo y amor para el disfrute de todos los lectores.

 

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