Siempre nos quedarán las  palabras

Mis últimas palabras a Marcos (entero)

Sólo la verdad nos hará libres

1.

Aún soñaba con él. Todavía sentía su piel sobre la mía e incluso lo notaba en mi interior, recuerdos de las noches tórridas en el motel. No me explico cómo, pero recordaba vívidamente, como  si estuviera a mi lado, sus jadeos en el oído, su respiración agitada e irregular sobre el pecho, el calor de su piel sobre la mía y los húmedos y apasionados besos en los labios.
    No era ningún sueño, no al menos desde mi perspectiva. Lamentablemente sabía que de explicarlo a mis allegados no solo me mirarían, al principio, con estupefacción y asombro, sino que además antes de acabar el día me recomendarían que acudiese a un loquero. Mi reafirmación de lo sucedido no solo cuestionaba mi cordura, sino también la posibilidad de padecer un mal superior, un mal mental irreversible semejante al de la tía Enriqueta, mi tía-abuela quien a mediados de 1940 se había encerrado en su habitación en la vieja casa familiar durante veinticinco años y la mañana en la que había salido se lanzó de cabeza por el balcón, abriéndose la cabeza y despedazándose los órganos internos.
    Mi abuela, su hermana, siempre había dicho, antes de pasar a mejor vida, que su hermana había enloquecido tras la muerte de su marido, y que, su tía por parte de madre, según le habían explicado de pequeña, había perecido en circunstancias similares. En ocasiones, incluso, cuando salía el tema de la tía Enriqueta a la palestra, había insinuaciones a modo de chanza de una posible maldición familiar, conjurada por alguna gitana llena de mala fe cuyos motivos, si lo tuviera, han caído en el olvido.
    Pero tan segura estaba de que no padecía el mal de la tía Enriqueta como de las marcas de amor que Marcos me había dejado dos días atrás a las tres del mediodía. Recuerdo la hora porque significó el adiós, la hora de la revelación. La hora de despertar de un sueño, cuyo amanecer fue una pesadilla.
    Marcos y yo habíamos sido como dos barcos a la deriva que el destino determina que en mitad del océano se crucen y en una abrupta colisión uno derriba al otro. En este caso no estaba claro quién había tumbado a quién, porque a ambos nos engulló la soledad y la tristeza de vivir el uno sin el otro. La maldición de no estar junto al ser amado.
    Es difícil concretar el día exacto en el que lo nuestro se convirtió en algo más que pura amistad cordial, pero si hay una fecha destacable es el 1 de agosto a las cinco de la tarde, el último instante de vida que el cuerpo de mi madre pudo tastar. Porque a las cinco y un minuto ya no respiraba, y por ende, ya no existía en este mundo.
    Fátima y yo nos habíamos pasado los últimos diez años sin hablarnos y no llegué a tiempo para que en su lecho de muerte oyera la voz de su hija menor. Había llegado tarde, había pensado que el cáncer no se la llevaría tan pronto, había pecado de tranquilidad y acababa de sufrir las consecuencias. Mi hermana Tania, sin mirar a nadie, fue directa al cuarto de baño para encerrarse y llorar.
    Yo estaba hecha de otra calaña. Puede que no tuviera el corazón tan blando o que, como me había dicho mi madre años atrás, era un monstruo sin consideración ni respeto. Solo sé que el cuerpo me pidió permanecer quieta como una estatua de hierro enfrente del cuerpo recién fallecido de Fátima.
    En aquellos instantes no me percaté de que Marcos estaba justo a unos metros detrás de mí ni que contemplaba mi templanza y entereza con admiración como después me contaría bajo el amparo de las sábanas, llenándome de un inesperado orgullo.
    Marcos era así, llenaba todos y cada uno de mis vacíos, veneraba con silencios mis actos y me hacía sentir como la única mujer enamorada en toda la superficie cuando estábamos juntos. Era el amigo, compañero y amante ideal que hubiera deseado que existiera para siempre.
    Era un hombre reflexivo y discreto, vestido casi siempre con un polo negro, unos tejanos oscuros y tanto en invierno como en verano solía cubrirse con un abrigo le lino negro hasta los pies. Le gustaba fumar cigarrillos mentolados, algo que hacía tan a menudo que alcanzaba la categoría de adicción, pero él nunca replicaba mis quejas por aquel vicio perjudicial de manera grosera ni desconsiderada, tan solo agachaba el mentón, cerraba los ojos y sonreía dulce mientras pronunciaba, «este es mi único placer en la vida», a lo que yo contestaba fingiendo disgusto, «¿prefieres el tabaco antes que a mí?». A lo que él me respondía siempre ,«eres mi esencia, Angélica, nada está por encima de ti».
    Lo nuestro fue desde el principio una relación extrañamente simbiótica. Una especie de adicción que dominaba nuestros cuerpos y nuestras mentes. Nada ni nadie podía detenernos a pesar de que el viento siempre soplase en contra.
    Iluminados por la luz de las velas e impregnados por el aroma a jazmín del incienso que se consumía lentamente encima de una repisa, abrazada por sus brazos y sintiendo el calor que emanaba de su interior me hacía mil y una preguntas sobre la sinceridad de sus sentimientos. ¿Era su amor tan puro como el mío? Si sus palabras, en una aparente sinceridad, expresaban sus verdaderos pensamientos o había algo más escondido detrás de tanta zalamería y amorío. Quería creer que así fuera, pero aún así estaba obligada a hacerme tales preguntas en silencio y sin que él se percatase. ¿Por qué ocultaba mis dudas y zozobras con tanto ahínco cuando en realidad lo más sencillo era decírselo? No sé la respuesta, la única verdad era que no había nadie como Marcos que leyera con tanta facilidad mis pensamientos. "Eres tan clara como el agua", solía decirme en ocasiones, y la verdad es que con él todas las barreras protectoras se derrumbaban al unísono y me desnudaba  al mirarme.
    Hubo un día, era invierno y en uno de nuestros encuentros me sorprendió con una cena romántica en nuestra habitación, la veintidós del motel, había estirado una alfombra persa en el suelo y una gruesa manta de pelaje de oso con la que rodear nuestros cuerpos desnudos. Cojines colocados estratégicamente encima de un baúl de madera que hacía función de mesa improvisada y un vino descorchado.
    Me recibió desnudo, sentado sobre sus rodillas aún con la cerilla encendida en las manos, la sopló y me deleitó con una de sus tiernas sonrisas. "Acércate, amor", susurró sensual. Se le veía hermoso, el reflejo de las llamas resaltaba cada uno de sus músculos. Marcos no era atlético en exceso pero aquella imagen me recordó a la escultura de Adonis que había estudiado en la juventud; tan hermoso, simétrico y varonil. La suave textura de su piel brillaba, como si acabara de aplicarse alguna crema o aceite de esencias, y la sonrisa juguetona que me brindó por haber descubierto mi regalo de cumpleaños hizo que me transportara a un mundo paralelo, un mundo en el que solo estábamos él y yo.
    Él era mi regalo, tanto su cuerpo como su alma, todo me lo entregaba a mí: cada partícula de su ser, a pesar de que oficialmente perteneciera a mi hermana, pues era su marido. Sí, nuestra relación estaba destinada al fracaso, o eso pensé antes de saber la verdad.
    Antes de la revelación.
    ––Esta va a ser una noche especial  ––dijo todavía sentado en el suelo recogiendo la manta de piel y rodeándosela por cintura. Se levantó perezoso y estiró las piernas anquilosadas de haber esperado tanto rato.
    Me quité la chaqueta y la colgué en el perchero. Sin saber si debía desprenderme de las prendas de vestir o esperar a que él diera el paso, me descalcé y me dejé atrapar tanto por sus brazos como por su mirada: de un verde claro azulado. Recordaba cómo de hipnotizada me había sentido la primera vez que nuestras miradas se habían cruzado. Aquella vez en la capilla del hospital.
    Si bien mi hermana Tania se había encerrado en el baño, yo había deambulando sin rumbo por los pasillos hasta encontrarme con una humilde y recién antigua capilla en la planta baja. Era oscura. Lo único que alumbraba el camino eran las velas pero silencio y oscuridad eran justo lo que había necesitado entonces.
    ––Acabo de acordarme de la primera vez que nos vimos ––susurré escondiendo el rostro y cerrando los ojos. Quería recrearlo en mi mente, saborear la sensación de nuestro primer encuentro––. Me preguntaste qué entendía como vida.
    Marcos cerró levemente la mano que me agarraba el brazo, inclinó la cabeza a la derecha y sonrió mostrando sus blancos dientes. Cada vez que sonreía entrecerraba los ojos, centrando el brillo justo en el medio y se le formaban unas tímidas arrugas en la comisura de los labios. Cada vez que sonreía me derretía por dentro como chocolate fundido.
    ––Nunca respondiste.
    ––Porque aún no tengo la respuesta.

2.

Las despedidas son amargas, en especial las que no pueden ser formuladas. Sientes impotencia, rabia y frustración, y a pesar de que durante el transcurso de la vida pasamos por muchas, nunca estamos preparados. Los seres humanos no aprendemos a decir 'adiós' ni con la experiencia nos inmunizamos al dolor. Somos seres incompletos, o simplemente nos crearon defectuosos desde el principio para que nunca olvidáramos nuestra esencia, de dónde venimos y a dónde nos vamos al final: la naturaleza nos da la vida y la naturaleza nos acoge tras la muerte. De algún modo u otro siempre le devolvemos a la Gran Diosa aquello que la avaricia y la soberbia humana le arrebata día tras día.
    Somos ecologistas por esencia.
    Los pétalos eran mi pasión. Tan frágiles y delicados, su belleza se borra tras un simple soplido, escampándose por el suelo, mancillados por el fango y la grava, como una casta y pura doncella siendo violada por el más vil y malvado de los villanos.
    Marcos recogía pétalos para mí, mis preferidas eran las de rosas amarillas, bastante difíciles de encontrar en el pueblo, pero él cada semana me traía una cesta entera. A la tercera semana de conocernos le pregunté dónde los conseguía. Lejos de sonreír, ensombreció el rostro y se volvió serio. Le agarré una mano e insistí que me respondiera. Había algo oscuro en él, tan oscuro como atrayente que había percibido desde el primer día.
    ––Las encuentro donde surge la vida ––me confesó al oído como si fuera un gran secreto.
    Lo cierto es que en ocasiones Marcos hablaba entre acertijos que era incapaz de resolver, misterios de los que solo él sabía la respuesta. Aquel día no entendí a qué se refería. Una parte de mí desea haberlo descubierto antes, pero la otra la convence de lo contrario, defender que lo mejor hubiera sido no oír su confesión. ¿Pero mi ignorancia hubiera alterado lo que ya estaba escrito? No, solo habría prolongado la agonía.
    Aceptaba los regalos como las flores absorben el agua para vivir. No tenía la sensación de estar haciendo nada censurable. Dejaba que la vida fluyera y que el amor condujese mis pasos. Era la primera vez que me sentía tan llena de joya y gloria.
    De niña había tenido una vida fácil. Con todas las necesidades básicas y necesarias cubiertas, no había nada que perturbase el transcurrir de aquella etapa tan importante y crucial en la formación del carácter y la personalidad del ser humano.
    Así pues, la pequeña Angélica Hernández había crecido en un entorno lleno de amor y cariño. Incluso con mi hermana mayor, Tania. Ambas manteníamos una relación tan íntima y especial que éramos más amigas que hermanas. Pero el sino, como siempre, tuerce el camino y frustra las esperanzas y, sobre todo en mi caso, la inocencia.
    Nacer sin padre, a diferencia de lo que pudiera parecerle a vecinos y amigos, no supuso en mí un trauma sustancialmente crucial. Desde que desarrollé la capacidad del lenguaje y el pensamiento razonado me habían configurado para no echar en falta una figura paterna dentro del hogar más íntimo.  
    Tanto Tania como yo nos sentíamos agradecidas por contar con una figura materna que abarcase ambos roles. Puede parecer sorprendente, pero ninguna se preguntaba nunca el porqué de nuestra situación. Era algo tan normal como que las floren nacían en primavera y que los árboles perdían su follaje en invierno. Un hecho de la naturaleza. Y en el fondo, Fátima tampoco adoptó nunca una actitud que hiciera accesible satisfacer una posible curiosidad. Como una espina clavada en el alma, cuando hacíamos alusiones a su esposo, ella juntaba sus delgadas y flácidas piernas, con la espalda bien recta en la silla y miraba al horizonte sin pestañear. Aquello nos hacía sentir culpables y barría cualquier posibilidad de saber lo sucedido muy lejos de allí.
    A la Angélica Hernández de cinco años no le importaba saber qué había sucedido con un hombre que no había conocido nunca, pero la de quince empezó a hacerse preguntas y con ello también despertó un dragón escondido en las mazmorras en el interior del inconsciente de Fátima. Una bestia que incordiaría y la haría estallar.
    La única familia que tenía cerca a parte de la ya comentada era mi abuela, quien moriría un año después. Vivía en otro pueblo cercano solo accesible con vehículos de dimensiones reducidas de anchas y resistentes ruedas, y bien preparados para correr monte a través.
    Los visitantes casi siempre acababan perdiéndose en lo profundo del bosque, pero por suerte para mí había recorrido aquellos caminos desde que había aprendido a ir en bicicleta. Era la ruta obligatoria con los amigos para demostrar que eras uno de la pandilla. Una especie de prueba ritual: ir y volver al pueblo de la Mata antes del anochecer y ser engullido por las sombras de la noche.  
    María Matilda era mujer huraña y supersticiosa. De espalda jorobada y larga trenza blanca que negra, incluso con el viejo bastón que había pertenecido a su madre tenía dificultades para desplazarse. Era obstinada y orgullosa, de agrio carácter que suponía haber desarrollado con la edad. Había enviudado a los veintitrés años.
    Siempre enlutada, de pies hinchados, calzaba las mismas zapatillas azules y negras de ir por casa de horma especial que le habían regalado los hijos seis años atrás. Por la vejez y el maltrato de la vida pudiera parecer que padeciera de una severa sordera o ceguera, sin embargo, la vida sana del campo y el aire fresco y libre de contaminación le había conservado los cinco sentido, en cierta medida, como el de una señora veinte años menor.
    María Matilda, o Matilda como ella prefería que la llamaran, era una mujer de costumbres y tradiciones. Incapaz de entender los cambios generacionales que prefería callar antes que condenar cualquier blasfema que fuera en contra de las creencias que le habían enseñado de pequeña. A pesar de que toda la familia respetaba aquella arcaica mentalidad, ante la escasez de visitas de seres queridos, había dirigido su estrategia hacia la adquisición o adopción de felinos callejeros.
    La última vez que la había visto conté ocho.
    La gran cantidad de animales unida a la discapacidad propia de una señora de su edad en lo referente al saneamiento de su hogar daba como resultado que, aquellos parientes que de Pascuas a Ramos se mentalizaban a recorrer doscientos kilómetros en carretera para acabar en un pueblo de menos de cincuenta habitantes, solo porque la abuela se negaba a abandonar la casa que antes de la guerra su marido había construido con el sudor de su frente, se lo repensara dos o tres veces.
    Yo los comprendía, pero a la abuela le sabía a rayos.
    Recuerdo detenerme con la bicicleta delante del pequeño huerto de enfrente, de calabacines, melocotones y tomates que cosechaban los vecinos. Ella se limitaba a regar cuando se acordaba. Recuerdo también envidiar su valentía por no querer separase de lo último que le quedaba del abuelo, sabiendo incluso que su tiempo se estaba acabando y que el Alzheimer no tardaría en alterar su rutina.
    Por unos instantes me hizo olvidar para qué había pedaleado hasta allí, pero cuando la había visto saliendo por la estrecha y baja puerta de madera con una mano en la regadora y la otra en el bastón, abrigada en un gran fular negro que le llegaba hasta unas rodillas delgadas y huesudas, con aquel caminar tan característico suyo: las pantorrillas curvadas hacia fuera y pequeños y lentos pasos, directa a las tomateras que se enredaban en unas cañas colgadas y sujetas con cuerdas en la casa colindante, había aparcado la bicicleta en una valla y había ido corriendo hacia ella para ayudarla. Esperaba que mi altruismo animara su colaboración en lo referente a mi padre.
    Ahora que lo pienso no sé por qué lo hice. Mi madre siempre había llevado consigo un lema como bandera, «el pasado es irremediable, el futuro siempre está en construcción». No lo había valorado en aquel entonces pero Fátima era sabia y debería haber adoptado aquella filosofía de vida.

3.

«¿Qué es para ti la vida?».
    Cuando Marcos me lo preguntó me vino a la mente la imagen de la abuela Matilda con la regadera en mano, esforzándose por aportar vida a la cosecha que estaba germinando en el huerto. Pero aquel recuerdo arrastraba inherentemente lo que sucedió a continuación aquel día.
    Una vez ya dentro, sentadas en la oscuridad del húmedo y gélido comedor, con una tetera vieja en la mano temblorosa, vertiendo el líquido negro en una porcelana de cuarenta años atrás y ensuciando parte del blanco paño de motivos florales que ella misma había tejido, levanté la cabeza para hablar con mi abuela, pero ella se movía con su lento caminar desde la pequeña cocina justo en una esquina del comedor hasta la mesa del centro con el ceño fruncido y la mirada puesta en algún lugar del espacio que no era capaz de identificar. O tal vez no contemplara el presente y seguía inmersa en los recuerdos del pasado. Fuera como fuera, ninguna dijo nada y cerré la boca.
    Me quedé impertérrita e intranquila rodeada por una aura oscura y añeja que respondía ante las generaciones de hombres y mujeres que había vivido en aquel inhóspito e insólito habitáculo. Pero no seamos ingenuos, lo que están malditos no son los lugares sino las personas, y Matilda cargaba sobre su espalda el gran peso de la verdad. El conocimiento de aquello que debía ser olvidado y borrado de la memoria colectiva, que unido al desprecio de su familia hacia su persona, la convertía en una mujer miserable y cruel.
    En aquellos tiempos, la inocente Angélica creía que el carácter de su abuela no era más que un mal congénito y además desconocía la mala fe de sus hijos y nietos al abandonarla en los confines de la civilización, apartada del mundo, para que la naturaleza salvaje la engullera y la acogiera en su seno.
    En aquellos tiempos, la inocente Angélica creía que era amada por su abuela, que bajo aquella apariencia ruda y malhumorada había cariño por una criatura que compartía su sangre. Supongo que la inocente Angélica debió morir justo cuando lo hizo, antes de que fuera demasiado tarde y permaneciera para siempre en la ignorancia más absoluta como mi hermana.    
    Matilda se sentó con un deje cansado, una mano a la espalda y la otra reclinando en bastón a un lado. Disimuló el gesto de dolor y soltó un soplido que representaba más de lo que ella quisiera aceptar nunca: que cada movimiento le suponía un suplicio. Llevó ambas manos a la porcelana y temblorosas se la llevó a los labios. Imité el movimiento, aunque sin el tembleque, saboreé el café con la lengua y a medida que el líquido espeso iba descendiendo por la garganta notaba cómo el cuerpo empezaba a calentarse desde el interior. Tras el sorbo, Matilda volvió a dejar la taza sobre la mesa y clavó su mirada sobre todos y cada uno de mis movimientos: los ojos negros de un cuervo sobre su presa.
    ––¿Has recorrido toda el camino para tomar café?
    Su voz era la de un carraspeó constante: áspera y dura. Pudiera parecer que a los quince años uno solo ve aquello que quiere ver y uno solo cree aquello que le interesa creer. Los adolescentes construyen una realidad paralela configurada por lo que consideran su verdad y su realidad más cercana. No hay nada más allá de esos muros, pero en aquel entonces intentaba dar los primeros pasos para derrocarlos, de una falsa utopía, con un martillo.
    Veía a Matilda como un fantasma Shakespiriano, sujeta a grandes cadenas y condenado por toda la eternidad a permanecer entre aquellos muros. Era una escalofriante sensación la que tenía sentada justo delante de mí.
    ––Quería verte. ¿No puedo querer verte?
    Mi voz era tenue y dulce, el fino susurro de una muñeca de porcelana en plena noche. Cuanto más la miraba más me sentía identificada con aquella figura indomable: espeso cabello rizado negro, pequeños ojos brillantes como el tizón, espesas y cuantiosas pestañas también oscuras, fina y redonda nariz y labios grandes y delicados. Era la viva imagen de mi madre y también la mía. Todas habíamos sucumbido a los caprichos de la genética y del destino, haciendo que la desventura nos arrastrara mar adentro.    
    La mujer tosió por la risa que le provocó la pregunta. Ante ella no vería más que el paradigma de la inocencia y la juventud, de la ignorancia y la bondad de quien no ha acumulado penas a lo largo de la vida.
    ––No me he movido en todos estos años. ¿Qué te ha hecho querer venir justamente en el día de hoy? ¿Ayudarme con los tomates? Si eres hija de Fátima nada es desinteresado. ¿Por qué no ha venido Tania contigo?
    ––Ni mi madre ni Tania saben que estoy aquí.
    ––Vaya, vaya, eso sí que es curioso. Eres prácticamente la sombra de tu hermana mayor y ahora parece que has decidido salir del cascarón.
    Su ironía era ácida y cruel, pero Angélica Hernández lo pasó por alto. No había llegado a entender el mordaz sarcasmo de sus palabras, ni de su tono, ni de su gesto, solamente oía vocablos de los que no era capaz de sustraer lo que había en lo hondo, se quedaba en la superficie de lo que era una realidad problemática para mi desarrolló mental.
    Mantenerse supeditado a alguien es la maldición de quien no aprender a andar por su propio pie, y cuantas más lunas pasan menor es la posibilidad de que algún día alces el vuelo por tus propios medios. En aquel momento, atrapada en el microcosmos que comprendía mi vida, le dediqué una sonrisa de circunstancia, me encogí de hombros y me apené por que mi propia abuela dudase del cariño que le profesaba.
    Achacaba su comportamiento a la demencia de la edad. Fátima no solía hablar demasiado de su madre y cuando lo hacía siempre encabezaba las frases con un «loca» o «cascarrabias», pero dijera lo que dijera, sabía que debajo de tanta palabrería y quejas, no había hija en el mundo que no amara a la mujer que la había gestado en el vientre. Una convicción fruto de mi propia experiencia.
    Nací en un pueblo de no más de cien habitantes, de viejas casas blancas y suelos empedrados, alejado de la mano de la civilización que debido a sus proporciones, como en lares semejantes sucede, no hay secreto que no acabe por ser desvelado, ni habladuría que no sea inventada ante la menor alteración de hábitos de comportamiento difundida por unos u otros, sin importar el estatus social ni el factor generacional. Todos pueden opinar de todos menos de uno mismo.     
    Sin embargo, dentro de este mar de chismorreos, difamaciones y engaños, mi microcosmos estaba lleno de tabúes y supersticiones más allá de las habituales. Los propios de una población imperada por ancianos y adultos de los años cincuenta, criados y educados lejos de la modernidad, cuya gran mayoría aún acudía a misa todos los domingos, cuyo calendario local estaba plagado de festividades religiosas y consideraban lugar sacrosanto un monolito que algunos decían asemejarse a la cruz de Jesucristo, encontrada veinte años atrás en la reforma de una vivienda a las afueras.
    Tal consideración supuso la inmediata paralización de la construcción y la expropiación por parte del Ayuntamiento (sí, lo tiene) de todo el terreno, con el propósito de levantar un altar que acogiera a aquellos beatos para que conjugaran las plegarias que desearan. Evidentemente, dicha orden no fue recibida con gran entusiasmo por aquellos que ya habían invertido sus dineros en arreglar el papeleo y demoler parte de la casucha de principios del siglo xx.
    No estuve pendiente de cómo se resolvió el caso, que claramente fue a parar a los tribunales. Pero más allá de los dimes y diretes de poca monda que de nada vienen al caso, lo cierto es que había un rumor en particular que tocaba la fibra, no solamente de Fátima, sino de toda la familia en conjunto. Unas habladurías que recogían un suceso del pasado con muy mala fe e instigada por alguien de mente perversamente pérfida y vil, con el único objetivo de destrozar la vida de criaturas inocentes que para nada merecían tal estigma.
    Recuerdo oírlo entre susurros en fiestas patronales. Entre la multitud que acogía el espectáculo de fuegos artificiales de la plaza de la Iglesia, miraba atónita el conjunto de colores y formas, que como luciérnagas de fuego, se alzaban al cielo y desaparecían ni sin antes formar una cascada azul, roja y amarilla: de mar, fuego y sol, que con su manto nos abrazaba desde las alturas y atraía toda nuestra atención. Rodeada por risas e ilusión. Lo oí como fragmentos de una narración lejana. Lo oí como sucesos ajenos a mi mundo y a mis allegados. Lo oí…
    Tragué saliva.
    ––¿Por qué estás tan callada, niña?
    ––Porque a mamá no le gusta que hablemos del tema.
            
Pocas horas antes de desvelarme su secreto nos estábamos bañando en el cuarto de baño del hotel. Enjabonándome la espalda, dibujaba círculos y circunferencias que me abarcaban cada rincón de la espalda hasta llegar al coxis y detenerse ahí. Para su deleite y para el mío. En el baño había una saturación de vaho y un ligero olor a las sales perfumadas de vainilla que viajaba de una pared a otra esparciendo su olor. Sentada delante de él, con las piernas estiradas y el cuerpo relajado, Marcos manejó su mano para que su dedo emprendiera una vez más el camino ya trazado: resiguiendo la columna vertebral, deteniéndose en las caderas y creando ondas hasta deslizarse justo donde el permitía el juego. Con los cabellos remojados y enredados en una trenza que Marcos se había empeñado en diseñarla, esperé a que el silencio nos engullera a ambos.
    Cuando sus manos se detuvieron me estiré para que me acogiera entre sus brazos, sentir el calor que emanaba su piel y oír los latidos del corazón más cerca del oído. Me sentía amada y poseída. Él era tan mío como yo era tan suya. Solo existía la paz y la armonía cuando estábamos juntos. Solo había felicidad.
    Cerré los ojos y estiré la cabeza hacia atrás, acomodándola encima de su hombro, le miré de reojo con una sonrisa pintada en los labios y él me sonrió con otra aún más amplia. Me abrazó con más fuerza y sentí que la pasión y el amor era compartido. El único ruido que se escuchaba era el del agua emergiendo a presión por el grifo.
    ––¿Contestaste que a tu madre no le gustaría que supieras del tema? ––preguntó, siguiendo el hilo de la historia que veinte minutos atrás había iniciado.
    Marcos era curioso e impaciente. Sin poder soportar los secretos y los misterios de mi vida, no tardó en usar su encanto y elocuencia para persuadirme, y he de decir que fui una presa fácil. Nunca antes me había dejado atrapar por las redes de nadie sin embargo, mi cuerpo era incapaz de negarle nada a Marco, como obra de brujería.     
Asentí a la vez que parpadeaba.
    ––Era la verdad y no era sensato poner a prueba la paciencia de mi abuela. De haber contestado una mentira, ella se lo hubiera olido, como los tiburones la sangre.
    ––¿Qué dijo ella?
    Callé, recordando las palabras exactas y reflexioné sobre ellas. La Angélica adolescente no había llegado a comprender la gravedad del asunto, pero cuando la verdad se me presentó delante comprendí por qué Matilda me había contestado como lo hizo.
    ––«La vergüenza de lo que hizo la marcará a esta familia de por vida» ––cité textualmente.
    Ya sabía cuál sería la pregunta que vendría a continuación.

4.

Una semana después a mi decimotercero cumpleaños, María Matilda fue en reencuentro de su esposo y su desdichada y suicida hermana en el otro lado. Fátima no había deseado que fuera ni al funeral ni al entierro. Que no era un lugar para niñas, había dicho, pero inesperadamente su pérdida me había dolido más de lo que había pensado e insistí en estar presente, aunque solo fuera, en la misa.
    Poco después de nuestro encuentro, la mujer había empezado a reflejar de manera clara y evidente un profundo deterioro físico y mental que se tradujo, como dijo el médico del ambulatorio, en Párquinson y un principio de Alzheimer. Le había dicho a mi madre que lo mejor que podían ofrecerle era, de manera provisional, trasladarla a una residencia de día, donde pudieran analizar minuciosamente el estado y el grado de sus males, y que tras su conclusión, comunicarían a la familia qué decisión tomar, de manera permanente, en lo que a la residencia de la mujer concernía.
    Por aquellos días contaba con noventa y tres años y no pasó ni un año de que se la encontraran dormida para siempre en la residencia del pueblo, por petición de los hermanos, que no de mi madre.  Se la habían encontrado unos enfermeros a primera hora de la mañana, a las siete, hora del desayuno, y Fátima recibió la llamada bien entrado el mediodía.
    Recuerdo estar las tres en la mesa del comedor comiendo a regañadientes la verdura que nos había preparado la vecina cuando una llamada inesperada nos sorprendió. Mamá creyó ser la vecina, con la que aquella misma mañana había ido a comprar, y que se acabaría de encontrar unos yogures que había echado en falta, pues había usado su carrito para transportar los productos.
    En su ausencia, Tania y yo empezamos a lanzarnos encima de la una y de la otra trozos de pan mientras reíamos. Mamá regresó con el rostro blanco, descolocada y sin habla. Con el teléfono en la mano, fue balbucear «abuela» que ya nos figuramos que algo malo había sucedido.
    ––La muerte no tienes porqué ser nada malo, Angélica. Tú misma has dicho que de ese modo se reencontraría con un amor tiempo atrás perdido ––susurró Marcos al oído, concentrado en frotarme la espalda.
    Empezaba a sentir frío. Vacía.
    ––Decirlo es más fácil que asumirlo. Mucho dejaba atrás. ––Me encogí. Doblé las rodillas y rodeándolas con los brazos, me aferré a las piernas. El grifo hacía minutos que ya no expulsaba agua y el vaho empezaba a disiparse. Focalicé la mirada en las gotas de agua que me descendían por los brazos. Era extraño, tenía la misma sensación que en el velatorio de mi abuela.
    ––No me has contado aún el secreto que no debía ser revelado ––añadió, deteniéndose y abrazándome por el vientre.
    Aquel movimiento me obligó a estirar las piernas. Con los dedos de los pies hacía dibujos encima de las baldosas grises. Me relajé y cerré los ojos.
    ––¿Qué interés puedes tener tú en conocerlo? Puedes sentir la tentación de ir a contárselo a Tania, a fin de cuentas, es tu esposa ––argumenté con fluidez.
    Marcos contuvo una risa ronca, escondió el rostro entre mi cabello y mi hombro, y besó sobre la carne. Al expirar se me hinchó el pecho y el hombre recorrió los dedos por mis rosados pezones. Bien atento a su tacto y color, volví a inspirar y giré el cuello para encararlo. Volvió a besarme, esta vez en cuello: tierno y suave.     
    ––Creía que ya habíamos superado esa etapa… ––confesó, medio avergonzado.
    Le interrumpí.
    ––Mientras seas suyo nunca podremos superarla.
    ––¿Suyo? Yo no soy de nadie y soy de todos, Angélica: pertenezco al universo, como tú. Soy yo quien decide a qué alma unirme.

Recuerdo el día en la pequeña capilla de hospital como si hubiera significado el punto y final de mi serenidad, de mi propia cordura. Marcos había aparecido con la discreción y el silencio fantasmal desplazándose con la fluidez y la agilidad de quien no está atado a las leyes de la física, levitando unos centímetros por encima del suelo. No había producido ruido alguno que delatase su presencia antes de que él quisiera ser detectado.
    Habían pasado diez minutos desde que los dejara a ambos en la habitación donde yacía Fátima, consolando a la que era su esposa, se sentía anímicamente derrotado y así me lo hizo entender cuando se sentó a un lado, con la vista puesta en el gran Cristo de San Plácido que colgaba de un basto techo aún sin adornar, con el trazado de los santos, la Virgen y la representación del Cielo y del Infierno que debía dar paz y tranquilidad tanto a aquellos acérrimos católicos que nunca habían desahuciado de su fe como a aquellos que lo buscaba de manera incansable aunque fuera solo por unas horas.
    Contemplaba en silencio con una quietud perturbadora, los ojos exponencialmente abiertos, había entrado en una especie de catarsis religiosa que lidiaba en su interior, mientras, yo finalizaba los fragmentos de rezos que me acordaba de niña entre susurros ininteligibles. Unas plegarias que de escucharlas, Fátima no cabría en su gozo por mi furtivo reencuentro con la fe.
    ––Nací del pecado ––murmuré sin intención que atendiera a mis palabras––. Y en el pecado me consumiré.
    Justo a mi lado, recorrió una mano por el barniz de la barandilla y se estiró de piernas con la cabeza en alto para perseguir con la mirada los bocetos de las pinturas de la pared. Tras un leve suspiro se llevó las manos a la cabeza para peinarse el espeso cabello hacia atrás. Cansado y exasperado, había pasado demasiadas horas en el hospital acompañando a mi hermana a la espera del trágico momento. Con un dedo acusador, lo dirigió a la figura que cuelga de la pared, la del señor herido hasta la muerte y ensangrentado con una corona de espinos.
    ––¿No dice la Biblia que todos nacemos pecadores? ––argumentó con cierto reproche––. Tu pecaminosa procedencia es comparable a la mía y a la del resto del mundo.
    No lo conocía, no en aquel momento en que se había sentado junto a mí sin llegar a preguntar mi nombre. Sabía que era el marido de mi hermana, poco más, y mi naturaleza desconfiada clamó prudencia. Con el rabillo del ojos volví a repasar su silueta y una clase de envidia que no había sentido antes de aquel momento se apoderó de mi cuerpo y se convirtió en enfado y rechazo. Mi hermana había logrado encauzar su vida, yo, sin embargo, seguía tan perdida como un marinero en alta mar sin brújula. Era un sentimiento oscuro y maligno, más aún con nuestra madre recién fallecida y tratando de rezar por su alma, pero inevitable.
    Despegué las rodillas del suelo y me senté nuevamente. Con las piernas bien cerradas y las manos sobre las rodillas, levanté el rostro que hasta aquel momento había estado fijo en un punto inexacto del suelo y me encaré a él.
    ––¿Qué sabes tú del pecado?
    Lo juzgue sin pensar, sin llegar a imaginar que tal vez su vida había sido tan oscura como la mía, no obstante, lejos de enfadarse por la virulencia de mi ataque, me dedicó una dulce sonrisa que iluminó la sala con candidez.
    ––Solo son cuentos de niños, Angélica, semejantes a los que cuentas las madres a los niños para que vayan pronto a la cama.
    Su ternura y paternalismo me desarmó, pero para mi desgracia aquella frase logró transportarme a un tiempo que consideraba ya lejano, anterior a que mi mundo se viniera abajo y posterior a que la joven Angélica Hernández aún siguiera creyendo en unicornios del color del arco iris.
    ––Solo cuentos de niños ––repetí, formándose un eco en el interior de mi mente. La mirada distraía en el interior del oscuro iris del hombre, me sentí lo suficientemente mareada para necesitar urgentemente un refresco.
    ––¿No te gustan los cuentos, Angélica? ––insistió, atento con curiosidad la agitada respiración en mi pecho––. ¿Te encuentras bien? ––Colocó una mano sobre mi hombro izquierdo y me revolví para evitar el tacto de su cálida mano sobre mi piel desnuda.
    ––No. No me gustan los cuentos. Me traen malos recuerdos.
    ––¿Demonios del pasado? ––Se interesó.
    ––Sombras del presente.
    Me miró extrañado.
    ––¿Qué sombras puede tener una mujer tan joven como tú, Angélica?
    Me levanté en un movimiento rápido e impredecible. Conteniendo la rabia y la frustración, apreté con las manos el pañuelo de tela que años atrás había cogido a escondidas en casa de María Matilda y me volteé. En aquel preciso instante lo noté, la tentación de mirarlo y desprenderme de una gran losa que colgaba del cuello y arrastraba a cada paso que daba. La tentación es una bruja malvada que nos alienta a cometer aquellas acciones que en un estado normal nunca haríamos, normalmente sobrios, no había restos de alcohol alguno en mi organismo pero podía notarla trepando por mis piernas y abrazándome con sus largas manos.
    Giré el cuello en su dirección y lo vi comprobando la hora en su reloj de muñeca. Debía irse, debía volver con ella, con Tania. La tentación iba a evaporarse en breve y en aquellos momentos deseé que fuera tangible para poder agarrarla con fuerza y no dejarla ir.
    ––La vida en sí es una gran sombra, Marcos ––adelanté antes de recoger la chaqueta e irse.
    ––Respóndeme a una cosa, Angélica, ¿qué es para ti la vida?
    Pero no respondí.
    Y tras aquello se fue. Me dejó con mis sombras y mis silencios.
En aquel pueblo no había futuro para mí. Lo supe poco después de conocer mi procedencia. Todos conocían la historia: todo el mundo excepto yo y Tania.

5.

Sin anuncio alguno para ello, llegó la mañana del Día de Todos los Santos y mis pies me condujeron sin poder detenerlos a donde hacía un año había enterrado a mi madre. La mañana se había levantado perezosa y silenciosa, en la carretera solo se oía el rumor intranquilo del riachuelo que surcaba nervioso a mi derecha y los estornudos humeantes del motor de un coche pasado ya de kilometraje. Me dejaba la vida en cada curva y en cada milla. Me dolía el pecho, un dolor puntiagudo e intenso difícil de transmitir. Pero por suerte no iba sola. Me acompañaba, aunque no físicamente, al que yo consideraba mi alma gemela, mi amor reencontrado, mi guía e inspiración en la vida: Marcos. Lo tenía tan presente que no era necesario tenerlo ahí para oír su oxidada voz susurrando mi nombre, alentándome para que avanzara y superara el gran bache que suponía ser el aniversario de la muerte de mi madre. Él iría con Tania. Su mujer. Y yo, aunque los celos me carcomiesen y la rabia me hiciera hervir la sangre lo comprendía. Bueno no. Miento. Simplemente debía respetarlo. El hombre era mi amante, un amante generoso, pero estéril en la vida cotidiana. Ambos vivíamos en distintas ciudades, separadas por kilómetros y kilómetros de bastos campos de girasoles y yerma tierra aragonesa. Yo entendía, respetaba y callaba. Se me hinchaba el alma cada vez que bajaba a Zaragoza para venir a verme, cada vez que picaba mi timbre con esa característica manera suya tan distintiva. Pero poco más. Yo sabía que no teníamos futuro, y aquel día, el día que todo empezó, el día de recuerdo a los muertos, avanzaba con la mirada puesta en mi reconciliación con mi madre a pesar de que ella estuviera encerrado en un estrecho nicho del cementerio. Le llevaba un ramo de tulipanes blancos, sus favoritos con la intención de apaciguar la culpa y el dolor por no haberme podido despedir. Había sido una terrible hija en vida, y esperaba que en su muerte borrara los malos recuerdos de la infancia y de mi huida de casa. Había necesitado verla conectada a todos los aparatos del hospital para darme cuenta de lo terrible que fui en el pasado.
El lugar estaba abierto al público, obviamente, pues aquel era su gran día. Pero por suerte, no me encontré nadie a su alrededor ni en el interior. Había una pequeña y humilde capilla medio derruida tras la fosa común de la Guerra Civil que abría solamente en un día como aquel. No descartaba que muchos vecinos de las aldeas cercanas estuvieran en aquellos momentos rezando en su interior. No se oía nada. El día, a pesar de ser 1 de noviembre era caluroso y radiante. ¿Dónde quedaron los noviembres enturbiados y helados? Recordaba de niña que al ocaso todas las tumbas eran cubiertas por la neblina matinal. Una hermosa estampa, tenebrosa e inspiradora. Me encaminé hasta el fondo del campo santo con las flores en mano y acongojada. Sentía un respeto difícil de describir, una extraña sensación que nacía en mis entrañas y me erizaba el vello de los brazos. A cada paso que daba iba más pausada. Y entonces me di cuenta que aquello había sido una enorme equivocación. Me sentía rechazada. Oía susurros en la mente, gritos, vociferaciones de gente desconocida y su respirar en mi nuca. Se había levantado una animadversión en el ambiente que me influía directamente. Estaba ante el nicho de la mujer a la que había llamado "zorra egoísta" y había abandonado una mañana de enero, y se me detuvo el respirar. Todos los recuerdos me bombardearon en la mente. En especial, lo referente al gran secreto que nunca debió ser descubierto. Leí los nombres y las fechas de los compañeros en la otra vida de mi madre y no pude evitar esbozar una sonrisa con lágrimas en los ojos. Una ironía cruel del destino, una burla para algunos, una bendición para otros. Pero para mí, se trataba de una hermosa coincidencia. Agarré fuerte el bolso que llevaba en una axila y busqué el pote de pastillas que me había recetado el psiquiatra al que a veces acudía. Era un hombre gentil y atento, pero en ocasiones me hacía odiarlo. Dejé las flores en el florero que colgaba a un lado del mármol y me dejé caer al suelo arrodillada con las manos nerviosas.
    ––Madre ––susurré llorando––. Espero que seas feliz...
    Miré al nicho que había justo a su lado y estallé en llanto. Sin poder siquiera meditarlo destapé el pote de pastillas e ingerí  las que había estado acumulando especialmente para la ocasión. Me la tomé sin agua y esperé a que hicieran efecto acurrucándome en el suelo hecha un ovillo. Cerré los ojos. Al rato oí la voz de Marcos en la mente. Su voz era nítida, clara, comprensiva y dulce.
    ––¿Cuál era el secreto, Angélica? Dímelo y estaremos juntos para siempre.
    Sonreí. Alcé la cabeza y me vi de pie justo encima de mi cuerpo tumbado en el suelo. Dormida. Tranquila. Señalé los nombres de los nichos.

    ––Mis padres nacieron y crecieron juntos, Marcos, y ahora también duermen juntos. Toda la vida el uno con el otro...
    La mano de Marcos repasó el nombre del hombre: Mauricio Hernández. Y después el de la mujer: Fátima Hernández.
    Me miró alterado y sorprendido.
    ––Nací del pecado, Marcos. Ahora lo ves. Mis padre eran hermanos.

                Fin.

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Sombras al atardecer

Trailer de la novela Sombras al Atardecer, colgada semanalmente en mi blog.

 

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Mi nombre es Lídia Gilabert y aquí dejo mis humildes creaciones, diseñadas con el mayor mimo y amor para el disfrute de todos los lectores.

 

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