Siempre nos quedarán las  palabras

Los colores de la vida

Una mañana me levanté sobresaltada, sudorosa y con cierta taquicardia. No sabía el porqué ¿Un día especial, tal vez? Me pregunté, pero muy a mi pesar sabía que todo estaba igual y así estaría como los demás, ningún cambio, ninguna aventura alimentaría mi sangre excitada.

El sol comenzó a inundar la habitación con su irritante energía, esta me producía cada mañana molestia en los ojos. Al abrirlos ¿Por qué los rayos del sol eran azules y no amarillos, las paredes rojas y no blancas, la estantería verde y no madera… ? ¿Qué ocurría que todo cambiaba de color? ¿Eran mis ojos o un sueño? Al acceder al comedor por una puerta enladrillada, ésta estaba pintada de diferente color, totalmente negro en vez de blanco, la mesa rosa en vez de cristal, las puertas enladrilladas y no color marrón, el televisor también rosa, el sofá gris… ¿Era el efecto de un mal despertar?, calmosa musité.

Pero, excluyendo todo aquello, no ocurría nada más alrededor. Miré por la ventana grana, pero como era normal, no veía nada. El color me lo ocultaba.

–Esto no va a impedirme que vaya a la escuela, mi madre esta a punto de despertar y seguro que ante mi problema esta misma tarde iremos al oculista –razoné.

Me senté en el sofá, o eso pretendía ya que al apoyar mi trasero sobre sus cojines, éste se convirtió en ceniza y se quedó en nada. Mi nerviosismo empezó a florecer, “Pondré el televisor”, decidí  y en busca del mando a distacia me precipité.  Mi fin era mantener la mente alejada de tantas extrañezas, así que prefería fusionarme en aquel mundo que me ofrecía aquella caja rosa.

Realizando aquella acción se oyó un primer bostezo perezoso que procedía de la habitación, el oso dejaba de invernar. A pesar de la disconformidad maternal por la distracción televisiva matinal, curiosa empecé a zapear, poco duro ya que la maquina televisiva quedó reducida, por arte de magia, en una y pequeñita flor de jazmín. No parecía que fuese a mejor. Apaga el televisor inmediatamente, me ordenó, al oír los ruidos que producía su metamorfosis: unos crujidos intensos y de gran magnitud.

Salió y se posó detrás de mí, yo aún asombrada por aquellos extraños fenómenos que presenciaban mis ojos no daba cuentas a nadie, ni tan siquiera me giré para saludarla.

–¿Qué  ocurre cariño que estas ahí parada como un muerto? Muévete –exclamó ella.

Fue acercándose a mí como si un rayo fuera a partirme en dos, cogiéndome del brazo, me giró furiosa. Su rostro, que hasta entonces era la de una mujer recién levantada, cambió al oír mis gritos de horror. Yo recordaba el desagradable impacto que ella suscitaba al levantarse de plena mañana pero aquello no era mi madre, ni tan siquiera humano: color verde la piel, calva, negros los ojos, labios gruesos y ancha como un rinoceronte, uñas pintadas de azul celeste, dedos como chorizos… su expresión tornaba a ser la de una niña pequeña con su juguete favorito, pero en vez de pronunciar palabras amorosas no dejaba de ordenarme a mí, debajo de la mesa y en posición fetal, que callara antes que despertara a todos los vecinos y organizar un gran escándalo.

Eran las siete y media,  a en punto tenía que entrar a clase y tardaría un cuarto de hora en llegar, a lo sumo. Pero no era mi intención salir de debajo de aquella mesa donde podía evitar ver el rostro endemoniadamente feliz de mi madre. “Vas a llegar tarde”, ésta me decía, “si es una táctica para no ir al colegio, allá tú, te quedarás sin televisor, ni ordenador y se acabó eso de salir con las amigas”, no dejaba de amenazar.

Quería explicarle todo lo que me sucedía, pero ¿cómo decirle que no podía mirarla a la cara, que esta me producía repugnancia? Eso la enfadaría mucho más, quería, aunque indirectamente, que entendiera que iría al colegio en cuanto ella se fuese.

Darle una excusa era la mejor solución, no quería faltar a mis obligaciones y por ello tenía que irse cuanto antes mejor

Enferma no podía decirle ya que no había dado indicios alguno el día anterior.

–Como no salgas ahora mimo te juro que te castigaré para el resto de tu existencia –Impaciente, con la taza de café en la mano, insistía mamá.

–Quiero ir al colegio pero es que no puedo mientras tu estés en casa, tengo la sensación de que si te vas podré salir sin menor contrariedad –respondí.

–Cómo que si yo me voy. ¿Crees que me lo voy a creer?

–Tienes que confiar en mí, soy tu hija, ¿Cuándo te he fallado?

Quedó pensando y repensando aquellas palabras, aquella petición dando menos cuarto en el reloj, ella también tenía que irse. Pasaron cinco minutos y se oyó el cerrar de la puerta.

Ahora podía salir.

En cuanto perdí de vista a mi madre los colores e incluso las formas empezaron a cambiar. Dando vueltas todo el piso, incluida yo nos adentramos en un ciclón en donde se fueron mezclando y aglutinando cada tono extravagante de la habitación, al igual que el volumen del mobiliario, objetos… fueron cambiando tanto su forma como su utilidad, por ejemplo, no se puede comer en una mesa que se ha convertido en una pelota, sentarte en una silla con pinchos. Pero todos aquello cambios no me impedirían que hiciera vida normal, o eso creía.

Abrí aquella puerta enladrillada dándole patadas hasta derrocarlos, fui andando por las dunas desérticas de mi rellano, algún dromedario vi a lo lejos, comiendo hierva y bebiendo agua en un oasis. Hacía calor, sabía que aquel sol era en realidad las luces de las bombillas de bajo consumo que colgaban del techo, pero era tan sofocante que no podía casi ni respirar.

De repente aprecié ver una puerta en medio del oasis y fui corriendo antes de que esta desapareciera, al atravesarla accedí a un río amazónico. A simple vista no había ningún inconveniente, una canoa que flotaba sobre un generoso río se aferraba con una cuerda a un árbol esperando ser utilizada por mí, y así hice.

Como no tenía remos me serví de mis brazos para navegar. La gran cantidad de mosquitos me impedían la visibilidad, humedad, una que se aferraba a la piel y no me dejaba ir, absorbía mis fuerzas rápidamente. Levanté la cabeza y delante de mí se encontraban pequeñas cascadas a las que no tenía mayor temor, aquellas serían simplemente las escaleras que empezaría a bajar, nada me sucedería si me caía al agua. Pero las ganas se me fueron al querer tomar la temperatura de aquella cristalina. Un gran grupo de pirañas fueron a darme la bienvenida como tan bien ellas saben, devorando la carne, gracias que aquel placer no tuve, pero  poco estuvo para despedirme de mis preciados dedos.

Definitivamente tenía que ir al oculista.

Una vez en la puerta de salida, después de haber desafiado a aquellas violentas cascadas fui andando por la calle. En aquella zona todo era normal, la única diferencia que encontraba a la calle de mis recuerdos era ver un cielo gris y no azul, los árboles discutían con los pájaros sobre actualidad política, los perros sacaban a pasear a sus amos con una correa y los coches  bailaban hip-hop en medio de la carretera.

¿Dónde estaban los humanos?

Pequeñas criaturas verdes con piruletas en las manos, riéndose desmesuradamente y con unos ojos saltarines negros era lo más parecido al concepto de la especie humana.  ¿En aquello se habían convertido? Ninguno hablaba, simplemente se oían risas coquetas y juguetonas mientras se mecían el cabello, uno rosa y fucsia.

Todos se resguardaron dentro de un edificio, ¿Qué ocurría?

–¡La hora de la nieve negra, la hora de la nieve negra, corre niña que te quemarás!  –gritaron.

Me fui con una mujer que me arrastraba para protegerme debajo del saliente de un edificio, impaciente por verlo, esperé. Cinco minutos pasados empecé a notar un calor asfixiante, todos se cubrían la boca con pañuelos y algunos, hasta, levantaban la cabeza para sentirlo con más profundidad, yo simplemente no podía más.

–Ya te acostumbrarás –me dijo la mujer que ahora observa.

Grandes copos de polvo empezaron a caer del cielo que se deshacían al impactar contra el suelo quedándose negro y sucio. No había nadie fuera todos habían seguido nuestro ejemplo. Refugiándose dentro de algún edificio.

–Qué bonito es, qué bonito –dijo la mujer y una vez hubo finalizado.

Ella salió retomando su camino y así hicieron los demás. ¿Sería la única en quedarme perpleja ante aquel fenómeno atmosférico fuera de lo común? En todo aquel extraño mundo que se había formado de la noche a la mañana sin tan siquiera pestañear.

Me senté en un rincón, triste y melancólica por lo que había sido mi mundo hasta entonces, pensando cómo podía desaparecer todo aquello, cómo podía volver todo a ser normal. Pensé en cerrar los ojos y volver a abrirlos por si así todo volvería como antaño: yo en mi cama, plácida, durmiendo entre los más dulces sueños de mi inconsciencia. Los cerré fuertemente, crucé los dedos. Solo pensaba en regresar con mi familia, mis amigos… volver a mi vida.

A unos pocos minutos de entre las calles infinitas y polvo grisáceo y corrosivo oí una voz, la intensidad de ésta iba aumentando y yo prestaba atención, me levanté. Eran lloros, berridos de desesperación, gritos llenos de amargura y confusión, todos procedentes de una mujer: mi madre.

-¿Cómo ha podido suceder, a mi hija, ayer estaba tan sana, pero cómo? ¡Despierta cariño, despierta que ya son las siete, por favor vuelve a abrir los ojos como cada mañana, por favor!

Mientras fueron pasando los años, ceniza me volví y acompañada por el viento regresé a aquella casa donde meses antes había respirado por última vez. Pulverizada por el aire controlando que todo tuviese su color, los colores de la vida.

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Sombras al atardecer

Trailer de la novela Sombras al Atardecer, colgada semanalmente en mi blog.

 

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Mi nombre es Lídia Gilabert y aquí dejo mis humildes creaciones, diseñadas con el mayor mimo y amor para el disfrute de todos los lectores.

 

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