Siempre nos quedarán las  palabras

Taüll

Las majestuosas y nevadas montañas de los Pirineos catalanes envolvían el pequeño pueblo donde vivía. Un lugar pequeño sin duda, con la misma hermosura que las montañas de su alrededor, un riachuelo recorría cada una de sus peculiares calles, empedrada muchos años antaño con sólidas piedras, resistentes a las adversas condiciones climatológicas que, por su situación geográfica, sufría todos los años.

Había sido lugar de disputas constantes por su jurisdicción entre la comunidad aragonesa, Cataluña y el país galo. Era tal su atracción que sus ciudadanos consideraban aquel lugar divino, un regalo de la naturaleza para los sentidos; el olfato, la vista… Toda su composición te deleitaba y maravillaba, no podías quitarle la mirada de encima, de sentirte especial, alguien único, el centro del universo.

Tal vez fuera todo esto lo que me atrajo a este lugar ocho años atrás, un lugar discreto, íntimo, bello, natural… Podría adjetivarlo pero nunca encontraré la palabra exacta que defina aquel lugar, pero para ceñirme a mi historia solo lo llamaré mágico, tenebroso y misterioso.

Entre otras aficiones siempre he sentido cierta atracción por la vida pasada, un buen ejemplo de esto es que a cada ciudad que visito, y han sido muchas, lo primero que voy a visitar es el cementerio del lugar, no por maliciosa morbosidad, me siento llena entre nichos y tumbas, suena estrambótico e incluso anormal pero es así. Es tan hermoso ver como la vegetación, por el paso de los años, va trepando y enredándose por las tumbas hasta el punto de no poder ver el nombre del difunto, yo lo considero como la mayor muestra de que no somos nada en este mundo, la naturaleza nos crea con la misma facilidad con la que nos destruye. La misma naturaleza que te gusta contemplar al ir al monte con tu familia, amigos o compañeros, la misma naturaleza que, con insistencia, decimos que tenemos que proteger, la misma que consideramos pura y enigmática…, es la misma que, sin escrúpulos, sin prólogo alguno, nos elimina para siempre de la faz de la madre Gea. Con la misma pasión que estoy contando los motivos por los cuales me gusta visitar tan dicho lugar me encontraba hace muchas primaveras delante del cementerio de Taül.

Había ido con mi prima para pasar un fin de semana de esquiada, yo hacía poco que me había aficionada a tal actividad, y después de una agotadora mañana dándole a los esquís en la montaña, cayéndome estrepitosamente e intentando no perder el ritmo, se me ocurrió que podríamos hacer turismo rural, y ahora que lo pienso a veces más vale que cierre la boca, porque menuda idea, maldita la hora en que se me ocurrió.

El pueblo más cercano desde nuestro hotel era Taül, estaba a dos o un kilómetro a pie por la carretera pero a mí se me hicieron ocho. Fuimos andando por el arcén de la carretera, los conductores al pasar con sus coches por nuestro lado se reían de nosotras, era tarde, tal vez las seis y aún no habíamos llegado al pueblo.

Ya empezaba a oscurecer cuando llegamos a dicho pueblo, uno hermoso pero también muy cansado de andar por sus calles al ser todo cuestas. Paseamos por todos sus escondrijos, vimos cada rincón de aquel pueblo de postal, hicimos las fotos que quisimos y llegamos a la iglesia, la que justo al lado tiene un pequeño, reducido pero mágico cementerio. Rodeado por un muro de piedra, la puerta era de filamentos metálicos pero le rodeaba de piedras de mucha antigüedad.

No podía entrar por lo que me apoyé en dicho muro, intentando visualizar los hermosos ramos, las vivas margaritas, los claveles, las azucenas, que supuse, había depositado los familiares esa misma mañana. Mi prima, impaciente y con miedo a que oscureciera antes de llegar al hotel, me arrancó de mis fantasías para irnos lo más rápido posible, yo me había quedado en un estado impertérrito, inmóvil, ausente del mundo que me rodeaba. Era tan bello aquel cementerio, despertaba todas mis ansias de curiosidad. ¿Qué antigüedad tendría, por qué era tan reducido y solo se encontraban unas cuantas tumbas y lo más importante de que fecha serías los difuntos, de la guerra civil, de finales del siglo pasado, mucho más antiguos? Algunas  parecían nuevas, como recién compradas, llenas de flores alegres y sanas, el blanco de la piedra relucía y la hierva estaba bien cuidada. Pero era un enigma que nunca resolvería ya que era hora de partir y no volver más.

Aquella noche una brisa misteriosa entró sigilosamente por la ventana de mi habitación, el gélido aire me despertó sobresaltándome y despejándome a la vez. Mi prima seguía a mi lado durmiendo como un niño de teta sin sentir cambio alguno en la temperatura de su cuerpo.

Me levanté de la cama y me quedé mirando fijamente la ventana de madera, que golpeándose continuamente con la pared dejaba ver entre las cortinas juguetonas una intensa luz, entre amarillenta y anaranjada, que me atraía hacia ella. Como un muñeco sin voluntad propia me arrastraba los pies hasta la lejana localidad de aquel fenómeno tan anormal. Mis pies descalzos sentían frío por el húmedo y gélido suelo nevado, empezaba a notar en las manos primeros síntomas de congelación, veía como lentamente se volvían lilas y de dilataban, la ventisca norteña me fustigaba las mejillas y me lagrimeaban los ojos, mi cuerpo no tenía fuerzas, mi mente no tenía voluntad, yo seguía andando sin consciencia hasta donde aquella luz me guiaba.

Las montañas se veían a mi alrededor como enormes nubes de tormenta, las notaba más cercana y me aprisionaban. Me sentía tan diminuta, tan inútil que no tenía sentido pensar en el porqué estaba andando a prisa por una carretera del pirineo, de noche a bajo cero en pijama. No pensaba, solo me dejaba llevar por la situación, me dejaba dominar como las fieras. Con la mente bloqueada y los ojos encharcados de lágrimas por fin llegué a aquel lugar.

Me encontraba delante de la iglesia más lejana de Taül, mirando hacia arriba su puerta de madera, la escasa luz del campanario, la hermosura de aquella reliquia de los tiempos pasados y a su lado derecho su cementerio de dimensiones reducidas, allí acababa el recorrido, la luz poco a poco se iba consumiendo filtrándose por la mojada tierra entre las lápidas. Solo había una diferencia al cementerio de aquella mañana, la puerta se encontraba abierta, un chirrido producido por el vaivén del viento, el cerrojo de acero forjado arrancado de cuajo y tirado en el suelo, la posibilidad de entrar a una dimensión nueva me atraía como un cordero para el lobo, me seducía como las musas de las artes, me ilusionaba y sobretodo me acogía como una madre a sus hijos. Una inscripción me daba la bienvenida “Amor omnia vicit” y en cada una de las lápidas se encontraba aquel mensaje, escrito a mano, uno por uno, con un martillo y un clavo.

Cerré los ojos y empecé a notar la cálida sensación del sol, los aromas de la primavera, el cántico de los pájaros, los pétalos de flor… ¿Qué era aquel lugar? un mundo paralelo, todo había sido un sueño, el cielo… Empecé a pensar y abrí los ojos, allí sentada en una piedra, con un largo vestido naranja, haciéndose una trenza minuciosamente y con la delicadeza de las princesas se encontraba una mujer de ochenta años, mirando al cielo, siguiendo el recorrido de las abejas, dando de comer a los pájaros… Y se dio cuenta de mi presencia.

“¿Quién eres pequeña, de dónde te has escapado?” -me preguntó con su armoniosa voz, estirando los brazos para que fuera hacía ella.

“Soy una chica a la que la ha atraído la luz”

“Maldita sea, eres demasiado joven para estar aquí”.

“¿Por qué?”

Me señaló al suelo, una lápida donde se encontraba la frase en latín.

“¿Tú crees que serías capaz de hacerlo?”

“El qué”.

“¿A quién más amas en el mundo? Piénsalo bien porque de la respuesta dependerá si te quedas aquí o vuelves a fuera, con la oscuridad y el frío”.

“¿Yo a quien más amo? A mi mamá”.

“Incorrecto, tienes tres oportunidades”.

“A mi papá”.

“Incorrecto, te quedan dos”.

“Pues no sé”.

Señaló con su largo y pálido dedo en mi corazón.

“Escucha ahí dentro, a quién más quieres en este mundo, con quién no podrías vivir, con quién si desapareciera te podrías por fuera y te quedarías vacía por dentro”.

No dejaba de sudar, no encontraba la respuesta, el tiempo pasaba, la mujer no dejaba de sonreír con aquella sonrisa llena de bondad esperando a que acertara. Miré al charco que había en el suelo y vi mi reflejo, entonces lo entendí.

“A mí, respondí”.

“Correcto”.

Y así volví a vivir y no he podido alejarme del lugar que me enseñó que por encima de todo el mundo me encuentro yo y mi felicidad.

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Sombras al atardecer

Trailer de la novela Sombras al Atardecer, colgada semanalmente en mi blog.

 

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