Siempre nos quedarán las  palabras

Denise

–Realmente creo que no me encuentro bien.

–¿Qué ocurre?

–Anoche me resfrié en el cementerio. Estaba dejando flores en una de las tumbas, cuando empezó a levantarse un fuerte viento de tramontana que me dejó helada. No pensé que hiciese tal tiempo.

–¿Por qué fuiste de noche? ¿El cementerio, acaso, no está cerrado a estas horas?

–Solo puedo ir de noche, no me atrevo a salir en pleno día, con la luz del sol inundando toda la ciudad con su irritante energía. No me gusta andar entre la gente. Me da miedo, demasiado temor como para imaginármelo… 

–¿A quién fuiste a visitar?

–A nadie en concreto. Todas las noches me despierto a las tres de la madrugada y voy en dirección al centro, a estas horas el pueblo se encuentran en los más plácidos sueños, inmersos en un mundo de fantasía…saltarina, con un clavel en la boca transito por todas la calles de esta triste ciudad hasta llegar a sus afueras; el cementerio, que se encuentra junto la carretera nacional, y saltando el bajo muro de atrás acabo entre los tantos nichos y tumbas, panteones y sepulcros que desde el siglo pasado se levantan con majestuosidad. Son tantos los que se encuentran en aquel lugar, miles, millones… incontables anónimas, de olvidada existencia, familia perdida y dejo un clavel en su recuerdo.   

–Recuerdo cuando éramos niñas que decíamos “Yo cuidaré de las tumbas anónimas”. Qué tiempos aquellos. Cuando papá y mamá murieron en aquel accidente de autocar, teníamos entonces… ¿Cuántos teníamos entonces, Denise?

–La abuela cuidó de nosotras desde los nueve años y nos pasamos dos o tres años yendo de casa en casa, así que supongo que con seis o siete años. Fueron eternos, pensaba que nunca acabarían.

–Éramos tan solo unas crías inocentes y tanto cariño nos faltó. Nunca nadie nos besó en la mejilla, ni dar las buenas noches o buenos días… tan en falta.

–¿Recuerdas qué decía la abuela?

–Nada…

–Ojalá hubiese sido distinto.

–La mujer era muda pero bien que se quejaba cuando le venía en gana. Siempre dando golpes con el bastón en el empedrado suelo del comedor. Cada vez que nos veía coger una fruta del frutero por necesidad con sus enflaquecidas piernas corría detrás de nosotras alrededor de la mesa. No la veíamos por sus ropas negras de viuda camuflándose entre las paredes de su sombría casa llegando hasta nosotras para regañarnos con bastonazos sobre nuestra tierna carne de infante.

–Aún recuerdo los morados de los brazos y las piernas. La señorita de la escuela en cuanto los veía preguntaba “¿Qué es eso, acaso tu abuela te pega?” Pero lo negábamos en todo momento.

–¿Qué íbamos a hacer si nadie nos quería? Todos huyeron de nosotras en cuanto huérfana nos quedamos. La abuela, tan solo ella se quedó. La sangre que derramaban nuestras heridas provocadas por las regañas era la mayor muestra de afecto que recibimos. Tanto le debemos de agradecimiento.

–No pienso que fuesen necesarios tantos golpes ni bastonazos. ¿Tan malo es pedir comida si estás hambriento una manta si el frío se filtra dentro de tus huesos, pronunciar palabras aunque solo te encuentres?

–Eso es cierto, pero bien que nos vino en cuanto fuimos mayores. Tan mala es la gente que ni tan siquiera puedo salir afuera, me espeluzna. Las calles infestadas de personas llenas de malicia, prefiero encerrarme en casa de abuela, donde nadie nunca nos habla, nunca nos habló.

–No siempre fue así, hubo un tiempo en que hasta un hombre estuvo a punto de ganarte.

–No hables sobre eso. Tan malamente lo pasé… solo, solo… de pensar en él.

–Fue tu culpa.

–¡Calla! No, no la fue.

–Claro que sí, como lo que nos sucedió.

–¡Calla!

–Era invierno y como cada uno de ellos la abuela se había quedado dormida sin darnos la comida del día, teníamos, creo que teníamos diez años. Cuando cruzamos la puerta de madera no podíamos ver nada. Tú vacilaste al ver que solo de la luz de las farolas podíamos guiarnos, pero severa te dije “No es momento de lagrimas, ése ya pasó” Entraste en razón. Anduvimos cuatro calles cuando me preguntaste “¿Dónde nos encontramos? Nunca antes por las calles solas habíamos paseado, solo el camino de casa al colegio y del colegio a casa. Lo sabíamos más por rutina que por sabiduría.

–Pensé “Ya podemos dar marcha atrás”.

–Es cierto, no sabía qué nos sucedería. Pero fue como un milagro, la virgen nos ayudó.

–No digas tonterías. Pareces una cría.

–Es verdad la virgen nos ayudó

–Lo que tú digas. Pero es cierto que la suerte nos sonreía cuando vimos a la tita con aquella chaqueta tan gruesa que le cubría hasta las rodillas. Encogida, con el frío reflejado en el rostro, cansina llevaba el carro de la compra. Entonces sucedió.

–No lo digas, por favor.

–Volvimos solo por tu culpa, el ansia, la gula te venció. Imagínate el futuro que hubiésemos podido tener si tu no…

–Estaba hambrienta, el frío se calaba en la ropa, en la piel hasta llegar a lo más profundo de los huesos. Cuando el frío permanece ahí dentro sin poder salir.

–No hay excusas, te lanzaste al pan como una bestia salvaje. La sopa se derramó por el suelo, las mandarinas fueron rodando cuesta abajo junto a las manzanas… Provocaste tal alboroto que la tita se asustó pensando que eras un ladrón. Qué insensatez. Cuando comenzó a gritar “llamen a la policía”, te asustaste de tal manera que tuvimos que arrancar a correr sin dirección, pero a pocos metros un hombre nos atrapó llevándonos a comisaría.

–Al menos la tita nos reconoció.

–Que nos va a reconocer si ni sabía que existíamos, supo quienes éramos al ver a la abuela cruzando la puerta con bastón en mano y una cara de demonio que hasta el mismo Satán se hubiese asustado. A mucha virgencita rezaste tú para nada.

–La abuela nos decía…

–No importa qué nos dijera al fin y al cabo ella se fue y nosotras quedamos. y¿Para qué tanto rezar, tanto crucifijo, tantos retratos de Cristo? Tuvimos que haber quitado tanto Cristo y espíritu santo de casa en cuanto ella se fue…

–Mejor, la echamos forzosamente.

–Ya deseaba la muerte, contando ochenta años, muda, medio sorda y casi ciega. Mucho tardó, la maldita.

–Con su vitalidad hubiese sido capaz de vivir más de cien. Ahora Dios en su gloria la ampara.

–Puede estar donde quiera mientras no vuelva al mundo terrenal. Solo pensar volver a sentir los golpes de su bastón sobre mi piel me precipita a la locura.

–Tan en falta la echo, tan mala, mezquina y rencorosa y a la vez sabia y perspicaz. Tan diferente a mamá…

–Ni siquiera la recuerdo, solo vagos recuerdos que no sé si entra en la realidad pasada o simplemente una fantástica e imaginativa interpretación.

–¿Crees si realmente nos quería la abuela?

–No puede saberse. Todo lo que pertenecía a su mente se mantenía oculto bajo su feo y envejecido caparazón. Poco importa ahora que solas no hemos quedado, solo el viento con su dulcísima brisa nos habla, cuando contra el cristal se estampa, las cortinas bailan al son de su canción. Un hombre quien desde el balcón llama el nombre de “Denise, te quiero”

–Vas a recordármelo hasta que me muera de tristeza y lamentación. No fue culpa mía, el no me comprende, ni a mí ni a lo que me compone.

–Esta soledad que nos caracteriza.

–Sí, soledad. Incluso en la tumba, ni muertas no seremos mal nacidas. ¿Y en el reino de Dios? Él sí que nos aceptará.

–Ni Dios es tan magnánimo ni piadoso. Fíjate, hasta el propio demonio desde las profundidades del infierno te maldice por tal acto vil que cometiste. ¡Asesinato!

–Es mentira. Yo solo quería ser feliz, salir de esta cárcel sin rejas. Desatarme de estas cadenas que me condenan a acabar mis días en esta choza, cuatro paredes que me asfixian, esta oscuridad que me absorbe las fuerzas. Solo en el cementerio, solo ahí me encuentro aceptada. Rezando por ellos, todas las noches, aunque pobre e insignificante parezca, como forma de mi amor les obsequio con un clavel, uno de los pocos que pueden crecer a pesar de la falta de luz solar. Claveles negros de igual color que mi alma y corazón.

–Por más que intentes salvarte de la condena está ya firmada, con tinta y pluma negra, manejada con una mano envejecida de mismo color y unos dedos con largas uñas roñosas. Del mismo Satán. Hasta muerta la abuela te maltrata y hiere en lo más profundo de tu ser.

–¿Tan malo fue amar a un hombre?

–En nuestro mundo “amar” es el peor sentimiento caprichoso que pueda tolerarse. La abuela no estaba dispuesta a perderte. ¿Qué sería de ella sin alguien que la cuidase cuan más incapacitada se quedó, quién le prepararía la comida, quién la lavaría, quién le daría los medicamentos recomendados por el médico? Nadie.

–¿Y tú?

–Sabes que no. Nadie soportaba a esa vieja arpía, ni sus hijos que cuatro eran. ¿Cuantas visitas recibimos de la familia? Ni nuestros nombres conocían. Ni una llamada ni una carta. No, nada, no supimos nada de ellos.

–Sí, es cierto que ni con la familia  puede contar una.

–¿Escuchas?

–No oigo nada.

–“Denise, te quiero”

–Quieres dejarlo.

–Cuatro semanas enteras esperó en la puerta para verte. Días y noches, calor y frío. Sin tú poder bajar. Sin tener el valor de enfrentarte a la abuela por ese amor que tu afirmas sentir. Satán vive en nuestro interior.

–Mucho hablas de algo que no ves.

–Y acaso a Cristo puedes verlo.

–Calla, es lo que la abuela nos enseñó. La verdad de la vida y de la muerte. Aunque no nos dejase salir de este lugar, a pesar de menospreciar mis sentimientos, de maltratarnos de tal brusca forma, a pesar de todo eso ella…

–“Denise, te quiero”

–¡Basta de burlarte de mí! Si no fuera por que fuiste a contárselo en cuanto lo supiste, tal vez, ahora sí estuviésemos juntos.

–No eres capaz. Por más que te quejes, por más que maldigas estas cuatro paredes, la vida que, según tú, Dios te ha concedido. Por más que pienses poder tener un final feliz en este amor que sientes, no habrías sido capaz, no eres capaz ni serás capaz de dejarme aquí sola, de dejar este, nuestro hogar, de dejar y cambiar de vida. Sin tu cementerio, sin tus tumbas, sin tus muertos. Estas atada aquí, como yo, como la abuela, como todo aquel que vivió y creció en este piso lóbrego.

–No digas tonterías.

–No te das cuenta. ¿Por qué crees que mamá y papá murieron en aquel accidente al salir de la ciudad, por qué crees que no murieron ni antes ni después, sino, casualmente, en los límites de su perímetro?

–Fue decisión de Dios llevárselo a una vida mejor en su reino. Por su bondad.

–Sí, claro, Dios se los llevó, pero ¿por qué entonces?

–Porque pensaría que era el mejor momento.

–No, Denise, no. Llevo mucho tiempo pensándolo, meditando, intentando comprender en lo que sucedió. Sea obra de Dios o del destino no podía comprender el porqué en el momento en que iban a dejar la ciudad, el porqué la abuela encendió una vela negra delante de su foto, el porqué recitó sordos conjuros… Entonces tuve miedo, sentada en la silla de madera viendo como aquella mujer arrebató la vida de su hija y su marido: nuestro padres. Un sudor frío recorría todo mi cuerpo, pero a la vez sentía calor, agobió, malestar y unas nauseas inmensas.

–¿A qué te refieres?

–¿No lo entiendes? La abuela utilizó magia negra para que el autobús saliera de la calzada, quería a su hija muerta porque iba a irse de la ciudad, la iba a abandonar por un hombre.

–Yo no recuerdo nada.

–Crees haberlo olvidado, pero esa imagen se mantiene en algún rincón de tu cerebro, entre los recuerdos que quieres borrar y desaparecer de tu memoria.

–¡Mentira, mentira!

–Daría mi alma al diablo si lo dicho es falso. ¡Oh! Satanás, muéstrate si he pecado de mentira, muéstrate si lo dicho no es cierto, me iré contigo encantada, surge de las profundidades de la Tierra, llévame contigo o Gran Señor.

–Estás loca, irás al Infierno, Dios no te aceptará en su casa, ni te abrirá sus brazos. Te arrebatará la vida, muerta quedarás si no dejar de conjurar al mismo diablo. Caerás en un mundo de oscuridad y perversidad, de rocas de magma y aire contaminado de óxido sulfúrico. Te convertirás en un espectro: ni muerta ni viva, vagarás sin rumbo. La muerte en aquel mundo subterráneo es peor que todas las cosas.

–¿Dónde crees que vivimos? ¿En un mundo de sol, florecitas y arco iris con unicornios volando en un mundo de color de rosa? ¿Alguna vez has podido ver otro color que negro, gris, marrón…? Porque yo solo recuerdo éstos. Sí, hermana, sí, no temo al infierno, ni siquiera a Satán, pues en el propio Averno vivimos día a día. Más bien le invito para que nos visite, que venga un día a tomar el té con nosotras, tal vez podamos ser grandes amigos.

–Has caído en la locura, no puedes creer lo que estás diciendo, tú no eres humana. Una bruja, eso es lo que eres.

–No digas tonterías, alguna vez me has visto hacer hechicería.

–Un ángel caído. Dios te expulsó del paraíso por eso ahora le tienes tanto odio y evocas al demonio, solo puede ser eso. No hay otra explicación, a no ser…

–A no ser.

–… que no estés en tus cabales, hermana, rápido rectifica, sino Dios te castigará de por vida.

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios,
no desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades,
antes bien, líbranos siempre de todos los peligros,
OH Virgen gloriosa y bendita.
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
Para que seamos dignos de alcanzar
las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.
Amén.”

“OH Dios, cuyo unigénito Hijo,
con su vida, muerte y resurrección,
nos alcanzó el premio de la vida eterna:
concédenos, a los que recordamos estos misterios del Santo Rosario,
imitar lo que contienen y alcanzar lo que prometen.
Por el mismo Jesucristo, Nuestro Señor.
Amén.”

“Por estos misterios santos de que hemos hecho recuerdo,
te pedimos, ¡oh María!, de la Fe santa,
el aumento, la exaltación de la Iglesia;
del Papa el mejor acierto. Que el gentil conozca a Dios.
Que todos los pecadores tengamos arrepentimiento.
Que los enfermos tengan la salud.
Que en el purgatorio logren las ánimas refrigerio.
Y que este santo sacrificio tenga efecto tan completo en toda la cristiandad, que alcancemos por su medio,
el ir a alabar a Dios en tu compañía en el cielo.
Amén.”

  

–No sé quien no está en sus cabales. Con estas oraciones solo demuestras ser una pusilánime, ingenua, cobardica, sin criterio ni idea propia.Tú reza a la Virgen, a Jesucristo al Espíritu Santo pero poco conseguirás, tan solo afonía y cansancio. Como puedes creer en el paraíso, en el mundo de Dios y todas esas pamplinadas si oscuridad solo vemos, si ni te ayudó para vencer en el amor. Nosotras, con nuestras fuerzas, solo nosotras nos desprendimos de la representación del diablo en la tierra, de la abuela maldita que nos trataba…

–Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios,
no desprecies las súplicas que te dirigimos en nuestras necesidades,
antes bien, líbranos siempre de todos los peligros,
OH Virgen gloriosa y bendita.
Ruega por nosotros, Santa Madre de Dios.
Para que seamos dignos de alcanzar
las promesas de Nuestro Señor Jesucristo.
Amén.”

–… como basura humana, escoria, desperdicios. A su hija, su nieta, sangre de su sangre. En qué mundo, si Dios existe ¿podría permitir tanta soledad, sufrimiento, si Dios fuese bondadoso y protector tú crees que algo de esto nos hubiese sucedido? ¿No protegería Dios a su Universo, forjado y formado con sus propias manos, a las criaturas que creó a su imagen y semejanza? ¡Deja de rezar y conténtame! ¿Qué te respondió la abuela a todo esto? o es que acaso no te explicó las injusticias y sufrimientos de miles de millones de personas en el mundo.

–Claro que sí.

–Entonces.

–Dios no puede protegernos siempre…

–Deja de mirarme con esta cara, asco me produce tu imagen reflejado en este cristal. ¡Muerte debiera estar, muerta! Estamparme mi cara en este cristal y desaparecer junto a mi locura que no me deja vivir. ¡Oh! Si yo estaba enamorada y lo sigo estando pero soy tan indigna de este amor, no puedo seguir así, tanta soledad, tanto silencio de sepulcro. Mis queridos muertos anónimos, mis queridos amigos inhumados, yo querría ir con vosotros, pero ni valiente soy para cortarme las venas, ni para saltar por el balcón. Tanto Dios, tanto Satanás, tanta vida amarga vivida. Ni hermana tengo, ni persona con la que pueda hablar mas con mi propio reflejo estoy discutiendo, chillando e incluso llorando. Padres, por qué abandonasteis a esta santa criatura con el mismo diablo, envenenado todo mi cuerpo, hasta el alma y el aura. Hablar con alguien es lo que quiero, pero a la vez no merezco compañía. Asesina soy al ahogar a mi abuela una noche que mis demonios surgieron, apretando aquel cojín contra su cara, notando cómo su respiración se agitaba, cómo al ver su rostro, sus ojos mantenían la mirada fija sobre su asesina, blancos sus ojos, perdida su mirada. Una noche a la que considero la más feliz de mi vida, de mi existencia. Muerte quiero y merezco, pero miedo, temor siento. En este agujero me consumiré, vieja, loca y amargada moriré. Satán, deseo tu compañía.

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Sombras al atardecer

Trailer de la novela Sombras al Atardecer, colgada semanalmente en mi blog.

 

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Mi nombre es Lídia Gilabert y aquí dejo mis humildes creaciones, diseñadas con el mayor mimo y amor para el disfrute de todos los lectores.

 

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