Siempre nos quedarán las  palabras

Inmortal

La tormenta caía como un gigante sobre la gran ciudad. Todos los ventanales de los más hermosos edificios construidos en el siglo pasado estaban cerrados y se podía ver como las gotas de agua jugaban entre ellas, empujándose las unas con las otras como buenas amigas.

La imagen hipnotizaba a una mente en concreto. En una gran avenida, las farolas oscurecían el alma de los transeúntes, y en unas de las casas más majestuosas y maltratada por el paso del tiempo, y de los elementos con todas sus luces apagadas excepto una, en una pequeña ventanita de la segunda planta, sin presencia de cortinas ni persianas, afligida por el temporal, un alma observaba casi impertérrita el jugueteo continuo de las grandes amigas.

El susurro casi indistinguible del viento que azotaba con furor la frágil ventana, los arboles acompañaban la sintonía de los aires que intercambiaban palabras los días más gélidos de invierno; cuando las noches son largas y los días son un pasaje fugaz. Pero qué se estarían explicando los vientos con tanto secretismo e insistencia, qué era aquello tan importante para que no cediese la ventisca? El alma vacía miraba el ir y venir de las hojas de los cipreses frente el cementerio: daban vueltas y vueltas, no paraban de danzar.

Las gotitas de agua jugaban sobre el cristal. Aquellos ojos negros no dejaban de mirar y los vientos azotaban y azotaban, y el alma se elevaba inmersa en una bella canción. La llamaban entre frescos susurros al oído y fuerte griterío. Ella preguntó, qué queréis de mi vientos inmortales, qué puedo yo poseer. Vida, respondió una gastada y oxidada voz a lo lejos, la vida que yo deseo y que tú reniegas. Yo quiero ser mortal para poder respirar, oler, hablar, gritar y saltar.

Pues yo quiero ser inmortal, dijo la muchacha, para poder vivir sin padecer, para poder respirar sabiendo que siempre lo haré, para poder saltar, brincar, sangrar sin miedo a tener un final, para no envejecer ni ver los frutos maduros de la edad, para poder reconocerme cuando mi reflejo vea en un espejo, poder sonreír sin miedo a que las arrugas amarguen mi joven rostro de sirena.

“Puedes obtener la inmortalidad si así lo deseas.”

“¿Cómo puedo obtener tan preciado presente?”

“Abre la ventana en la que esta apoyada, súbete a ella sin miedo, abre los brazos, cierra los ojos y ponte a volar, cuando tornes a abrir los ojos ya nunca morirás.”

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National CPR Association

Sombras al atardecer

Trailer de la novela Sombras al Atardecer, colgada semanalmente en mi blog.

 

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Mi nombre es Lídia Gilabert y aquí dejo mis humildes creaciones, diseñadas con el mayor mimo y amor para el disfrute de todos los lectores.

 

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