Siempre nos quedarán las  palabras

La deleitable melodia del viento

Era una romántica en un mundo azaroso e hipócrita. Una mente idealizada en un mundo engañoso y defraudador. Nunca me había enamorado ni pensaba hacerlo. Intentar ser feliz ya me requería todo mi esfuerzo mental y físico. Vivía en una ciudad cercana a Barcelona, la metrópoli de las luces. Pero mi urbe era oscura, triste y apagada.

Jamás pude entender a sus habitantes, nunca supe cuáles eran sus preocupaciones, sus ideales, ni sus pensamientos más profundos: con los ojos fijos en el suelo, mirando cada paso que daban, pasos erróneos. Eran muñecos de plástico, simples juguetes, sin humanidad ni mentalidad.

Quería pasar desapercibida, ser como ellos. No sabía cómo tutearlos así que siempre mantenía una sonrisa, palabras amables y educadas. Mi boca transmitía vocablos que se encontraban muy lejanos a mi realidad, pero lo que yo quería decir no le interesaría a nadie o eso creía.

Palabras demasiado profundas para figuritas de porcelana. Me encontraba en la calle, perdida en un invierno triste y desolador, como todos los demás, andaba por las vías estrechas, sucias y húmedas, frías y desérticas, hacia casa, mi dulce madriguera, mi cárcel y escondijo. Mi sala de los arrepentimientos y maldiciones, mis furias…

Había tenido un día nefasto, como siempre, la oficina no era lo mío. Yo era una mujer libre, de aire en la cara, amaneceres, paisajes idílicos. Lamentablemente eso solo lo encontraba en los libros fantásticos. La oficina no era más que un agujero caótico y negro, un lugar sumergido de la luz solar, compuesto por compañeros ignorantes, jefes dejados y abusivos. Toda esta odisea se desvanecía mientras me encontraba en el sillón, sentada con las gafas puestas, hojeando uno de esos libros que te hacen volar, nadar, saltar hasta el infinito, donde no pueden verse las estrellas.

La luz era débil, mi lámpara emitía una lucecita color anaranjado, muy tranquilizante, las ventanas cerradas, las persianas bajadas y una dulce música que me ponía cada noche para leer. Era el mejor momento del día: sola, tranquila. Me quedé dormida a causa de aquel ambiente tan armonioso, mantenía el libro en la mano y la música seguía sonando. Eran las tres de la madrugada y al siguiente día tenía que madrugar, siendo jueves.

Apagué la música, deje el libro encima de la mesa central. En aquel momento empecé a oír un ruido, golpes, una puerta que se abría y se cerraba a causa del viento. Salí al recibidor, pero no parecía ser ninguna puerta de mi rellano.

Subí las escaleras hasta el ático, lenta, tranquila y sobre todo contenta, me gustaba pasear por la noche, tanta oscuridad, tanta perfección. Por la noche todo estaba bien, tanta negrura ocultaba este mundo tan miserable, calles infestadas de gente por el día, pero al anochecer todos los pájaros volvían a sus nidos, se ocultaban de la luna, de la frescura matinal, de los búhos, de lo tenebroso y desconocido.

Me encontraba en el ático, efectivamente de allí procedía el sonido del viento. Era una puerta vieja, desgastada, sin pomo… no podía cerrarse. Entré en el piso, estuve husmeando por allí, esa era la vivienda de una antigua compañera del instituto, pero ahora estaban fuera, se habían trasladado a otro lugar, temas familiares.

Aún mantenían los muebles, las fotos…, al verlas me recorrió un sudor frío por la espalda, las plantas en el balcón, como antaño cuando éramos crías. Una dulce melodía me embeleso, no sabía muy bien qué era: un violín, un piano o una simple voz, pero aquella musicalidad me paralizó, conduciendo mi mirada hacia dentro de una habitación. Simple y humilde.

Sentado en la cama, allí estaba, solamente veía su sombra, quieta, al darse cuenta de mi presencia se detuvo, aquella armonía alegre, triste, melancólica y risueña finalizó, se desvaneció juntamente con su autor.  Pero a pesar de haberse ido, allí me mantuve, de pie con la mirada en la penumbra del lugar, pensando en la nada. Al regresar a casa, esta no me transmitía serenidad ni calma, no podía olvidar aquella y peculiar sombra, todas esas sensaciones apacibles que sentía dentro de mis cuatro paredes se disiparon, ahora esta me producía incomodidad, nauseas, repugnancia, si no estaba allí aquella nube negra. No tenía miedo, al contrario, atracción.

El viernes me sentí extraña, algo en mi interior había crecido, desarrollado y cambiado de forma, mi sentencia final, entre amor y asco, amabilidad y desagrado, vida y muerte… todo. Me encontraba en otro navío del universo, capitaneado por la melodía perfecta, el viento, dirigiéndome hacia el firmamento, un lugar apacible lleno de calor. Y no quería perderlo.

Aquella misma noche, a las tres de la madrugada volví al ático, quería oírlo, sentirlo y verlo de nuevo. Así fue. Se encontraba allí, solo al dar un paso empecé a entrar en una especie de sueño inducida por el olor del viento, el sonido, la calidez. No podía salir de aquello, no quería.

Me senté en una silla en dirección a la oscuridad, la sombra, cerré los ojos, me acomodé y allí quedé, inmóvil, plácida y calmosa, esperando a que no pasasen las horas, deseando permanecer allí eternamente. Ese hecho lo hice un trimestre, fue entonces cuando empecé a hacerme preguntas, cuestiones que tal vez no tenían respuestas o que estas no podría entenderlas.

¿Qué era aquella sombra? ¿Qué era aquella melodía? ¿Por qué me inducía a un estado pasivo? ¿Cuándo conocería a la sombra, quién debía ser, un vecino…?  A todo ello solo se me ocurrió una cosa, llevar una linterna. Iluminaría a la nube oscura, aquella nube que tanto empezaba a amar, y así saldría de dudas.

Hice lo pronunciado. Un lunes, por la noche subí como cada una de ellas, iba preparada y mentalizada. Con el corazón endurecido. Abrí la puerta, chirriaba, el viento golpeaba las ventanas, las cortinas volaban como olas en el mar, todo estaba oscuro solo la luz de la luna que espiaba nuestros movimientos me facilitaba saber por dónde andaba. La puerta de la habitación estaba cerrada.

Tenía la tensión en la garganta, sudada y temblando la abrí despacio y cuidadosa, no quería asustarlo, asomé la cabeza y allí se mantenía, entre la frágil luz de la luna, allí en la cama se encontraba como cada noche a las tres, y esa musicalidad tan absorbente y agradable se oía con más fuerza y enviando deseos por donde rozara.

Encendí la linterna a pesar de los nervios, en dirección a la cama. La luz me visionó a una bailarina de plástico que daba vueltas alrededor de un tiovivo rosa, mantenía una cara sonriente la artista y una tristeza para la romántica que le inundaba el alma y le reconcomía el cerebro y parte del corazón. “Hurra por mí, hurra por mí” me decía mientras goteaban de mis ojos lagrimas cristalinas y amargas sobre la alfombra ennegrecida, “Hurra por mí” Enfurecida y abatida.

Caí redonda sin lenitivo, el bálsamo cáustico había hecho su efecto. Lo peor fue el amanecer, todo era oscuro, el frío se filtró en el interior de mis huesos, en cada parte de mi ser.

Parecía una momia sin sus vendas, un pájaro sin sus alas, un alma sin su cuerpo. Parecía que no era nada, en un mundo vacío y hueco. Mi convicción de felicidad se evaporó como agua desértica en cuanto hoy aquella frase.

“Lamentamos la perdida de nuestra hermana Esperanza Roselló, que a la edad de veinte cuatro años se ha ido al lado del Señor. Esperamos que no se la recuerde como una cobarde suicida, sino como una católica deseosa de encontrarse con Dios. Amén”.

El escrito de mi esplendorosa lápida era: “Esperanza, solo nos queda esperanza”.

Pero para mí no me quedaba ni eso sin aquella deleitable melodía del viento.

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Sombras al atardecer

Trailer de la novela Sombras al Atardecer, colgada semanalmente en mi blog.

 

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Mi nombre es Lídia Gilabert y aquí dejo mis humildes creaciones, diseñadas con el mayor mimo y amor para el disfrute de todos los lectores.

 

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