Siempre nos quedarán las  palabras

Jennifer

Su nombre era Jennifer, al menos por lo que decía la nota, y le apetecía hablar. A continuación, en pequeño y con tres interrogantes le preguntaba si estaba dispuesto a seguir con la conversación en el futuro. Era todo tan extraño. Volvió a comprobar el contenido de la pequeña nota amarilla, que a todas luces y por las irregularidades de los bordes había sido arrancada con prisa de una libreta para ser colocada justo debajo del posavasos blanco que la camarera usaba para servir la taza de café con leche con extra de azúcar y una fina capa de cacao espolvoreado: el mismo de cada mañana. Buscó a su alrededor una mujer que pudiera insinuar llamarse Jennifer, pero sólo se encontró con la señora María Pepa entrando en el cuarto de baño y aparcando el carro de la compra a un lado en la pared.

El Tiramisú era su cafetería de confianza. No simplemente porque servía los mejores cafés de toda Barcelona sino también porque estaba justo delante de las oficinas donde trabajaba. Era un pequeño negocio familiar de barrio en el que asiduamente acudía la misma clientela que se conocía tras años de convivencia vecinal: un lugar donde saludarse y chismorrear.

Él no era del barrio, algo bueno porque le hastiaría tener que seguir el ejemplo de tanto convencionalismo y hablar sobre banalidades con extraños. Por suerte, como no dejaba conocerse, nadie se le acercaba, a excepción de Teresa, claro, la camarera, pero en su caso  más obligación que por diversión.

Volviendo al tema de la nota, dirigió la mirada a la calle. La mesa que siempre ocupaba estaba junto al escaparate: le gustaba entretenerse con la actividad diaria de los transeúntes. Dirigió la mirada arriba y abajo de Paseo de Gracia buscando una mujer joven. Debía serlo, llamándose Jennifer. Pero no veía más que coches fluyendo de un lado a otro y turistas con mapas y cámaras. No la encontraba. No estaba por ninguna parte. Volvió a mirar el pedazo de papel de caligrafía circular muy femenina. Olía a manzana. ¿Usaría colonia de manzana? Reflexionó dos veces: aquello no debía ser más que una equivocación o una broma. Cogió la taza de café y se la pegó a los labios, volvió a pensar en ello, esbozó una sonrisa incrédulo y negó con la cabeza. «Lo mejor será que me olvide», se dijo, limpiándose los labios, arrastrando la silla hacia atrás y dirigiéndose a la barra con las monedas en la mano para pagar. Sin duda, olvidarlo era lo mejor.

Al día siguiente, Pablo volvió a Tiramisú. Más hambriento de lo habitual, aprovechó el camino para reflexionar si prefería cruasán o magdalena. Un dilema estúpido pero que le traía de cabeza. Al llegar, Teresa subía las persianas para abrir. Volvió a comprobar el reloj de muñeca. Era inusual que llegara antes, siendo un obseso de la rutina y el control. Volvió a reparar en ella, nunca la había visto con ropa de calle pero debía admitir que se veía bonita, algo que no hubiera podido imaginar antes siempre con el delantal. Lo miró de reojo y la saludó  con una sonrisa forzada. Cuando pudo entrar sintió urgencia por ir al baño. Se quitó el abrigo, lo colgó en el respaldo de la silla y se fue corriendo. Al regresar Teresa ya le estaba sirviendo el café con leche de cada mañana y debajo del posavasos se veía la punta de un folio amarillo medio escondido. Era otra nota y esta vez decía: «Suelo verte en la cafetería y siempre me pregunto cuál es tu nombre».

Pablo volvió a comprobar si había alguien escondido alrededor, pero como el día anterior, no había nadie. Tal vez era una chica tímida como él incapaz de hablarle a la cara. Por escribir notas no pasaría nada, se dijo para convencerse de sacar un bolígrafo del maletín y responderle en el dorsal del folio: «Mi nombre es Pablo. Un placer.» Su caligrafía ni era tan impecable ni artística como la de ella pero la entendería. Eso esperaba. Sentía curiosidad por la tal llamada Jennifer.

A la mañana siguiente llegó a su hora habitual. De mejor humor que nunca, estaba entre nervioso y ansioso por si la mujer le había contestado. Pero su desconfianza adquirida tras un divorcio traumático le conminaban a que mantuviera la calma y no se ilusionara con nadie, incluso con una mujer inocente en apariencia. Siguiendo las pautas propias de su rutina, volvió a actuar como cada mañana. Teresa sólo verle ya le estaba preparando el café y espolvoreando el cacao y Pablo se frotaba las manos sudadas, expectante. Cuando vio a la camarera acercársele con la taza en la mano se percató que debajo del posavasos también sujetaba la nota para dejarla directamente, una debajo de la otra, sin que se diera cuenta.  Teresa no comentó nada al respecto y Pablo se preguntó hasta qué punto era cómplice. Tras un «que aproveche» dio media vuelta y volvió a sus tareas habituales. El hombre estiró un brazo para llamar su atención pero la curiosidad de saber con qué se encontraría aquella mañana le obligó a posponer lo que tenía en mente. Extendió esta vez un folio más grande y leyó.

Su nombre era Jennifer, de apellido aún desconocido, trabajaba en la biblioteca de la facultad de Geografía e Historia cerca del Raval y también iba al Tiramisú especialmente por el café. El próximo mes cumplía los treinta y tres y le encantaban los perros y los periquitos. Su color favorito era el naranja y le gustaba pasear por la playa en invierno. Vivía sola de alquiler y su familia era originaria de Granollers. Su pasión era la pintura y por ello había empezado la carrera de Historia del Arte que había dejado a la mitad debido a la enfermedad de su madre por lo que había vuelto a casa para cuidarla.

Aquella era mucha información en tan reducido margen de tiempo. Daba el efecto que tenía prisas para que conociera cada aspecto de su vida. También cabía la posibilidad de que todo fuera mentira. No había demasiada confianza entre ellos, pero tal vez algún compañero de trabajo quería gastarle una broma. Se le ocurrió Javier Soto, pero la idea en conjunto superaba con creces sus capacidades mentales. Además de demostrar bastante tenacidad, aquel plan requería de una insistencia y premeditación en la consecutiva entrega de cartas de las que el hombre carecía.

La dejó encima de la mesa y se frotó el mentón con la mano mientras que con la otra sacaba el bolígrafo del bolsillo interior de la americana y jugaba con él a deslizarlo entre los dedos. Se cruzó de piernas y se preguntó, en primer lugar, qué podía contarle de su vida, y en segundo lugar, si quería seguir jugando a aquel juego. Confiaba en la existencia de una mujer llamada Jennifer y en la verosimilitud de todos los datos que le había facilitado en sólo cinco líneas, pero consideraba que no había tanto de él tan interesante como para ser contado. Frustrado, se llevó las manos a la cabeza y escribió lo primero que se le vino en mente: «También me gusta pasear por la playa en invierno pero no soy gran amante de los animales. Son escandalosos. Me gradué en Marketing pero trabajo en la centralita de una famosa distribuidora de refrescos. También me gusta el café del Tiramisú. Podemos tomarlo juntos». Apartó el bolígrafo a un lado y dejó la nota debajo del posavasos para que Teresa se lo llevara.

Se había arriesgado. Había dado el primer paso para continuar aquella amistad de manera tan poco convencional. No era que le molestase comunicarse por escrito pero la curiosidad por ver su aspecto le oprimía el pecho. Era posible que le rechazada. A fin de cuenta no era una pregunta más bien una sugerencia. No quería que se sintiera obligada.

A la mañana siguiente, cuando fue al Tiramisú no hubo más Jennifer ni tampoco más Teresa, por lo visto febril en casa. Quedaba claro que la camarera era la intermediaria entre ambos. El café le supo amargo, pero el día discurrió con la normalidad y el orden de siempre. Pensó en volver para preguntar cuánto tiempo estaría ausente, pues sin Teresa no había Jennifer, pero una vez ya en la puerta detenido, descartó la idea. No debía importarle si tardaba un día o dos, en el fondo tenía el convencimiento de que le contestaría.

Teresa tardó una semana en regresar. Con su habitual calma procedió a servirle como siempre. Pablo estaba intranquilo, preguntándose si habría aceptado o no la invitación. El folio volvía a ser como el del principio, pequeño y amarillo con un ligero aroma a manzana. «Lamento no poder aceptar tu propuesta», decía escueta la primera línea. Pablo se detuvo fatigado por la decepción. Se dijo a sí mismo que no ocurría nada, que seguramente tendría una excusa muy convincente. Siguió leyendo: «Lo siento, esto fue un error desde el principio», concluía. La dejó caer de las manos y contuvo la respiración. No lo entendía. ¿Qué había hecho mal? ¿Había ido demasiado deprisa? Se sentía igual que cuando Miriam le comunicó que quería divorciarse: confuso y sin encontrarle ninguna explicación.

Se levantó de la silla y fue directo a la mujer que limpiaba la mesa de unos clientes que minutos atrás se habían marchado. Tragó saliva y la llamó por el nombre. Teresa se giró impasible y sin que su rostro desvelara nada. Era de tez clara, media melena oscura ondulada recogida en un moño alto desordenado y ojos marrones. Unos centímetros más alta, se sintió acomplejado. Se cruzó de brazos todavía con el trapo en la mano y antes de que pudiera abrir la boca:

–Conoces a Jennifer, ¿verdad? –preguntó directamente. Lo hacía. Debía conocerla si casi a diario le dejaba una nota.

La mujer asintió y suspiró. Dirigió su mirada a una esquina de la cafetería. Y entonces se lo explicó: Jennifer era su hermana pequeña. Hacía pocas semanas que había regresado a la ciudad y debido a su timidez, en sus ratos libres, leía en el almacén.

– ¿Pero por qué no quiere escribirme más?

–Le pediste quedar, ¿no? –preguntó– Mi hermana no se siente cómoda hablando con desconocidos.

–¿Padece alguna clase de fobia que desconozca?

–Se siente acomplejada porque es muda.

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Sombras al atardecer

Trailer de la novela Sombras al Atardecer, colgada semanalmente en mi blog.

 

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