Siempre nos quedarán las  palabras

Especial San Juan

Los fuegos de artificios petaron en sus tímpanos. Cassie, como chica delicada e inocente que era, se veía trastocada entre tal multitud de jóvenes disfrutando de bebida barata y jactándose con risas fáciles y producto del alcohol a aquellas horas, las doce de la noche. Era demasiado temprano para ella, aquella fuera solo una sensación, de volver a casa, pero ya acercándose las manillas del reloj a medianoche sus amigas, con las que había quedado aquella tarde de júbilo y buena ventura, habían empezado a mostrar los primeros síntomas de cansancio y somnolencia sentadas en las sillas de plástico rojo con una taza de infusión entre sus manos. Cassie, con una cerveza que le sabía amarga en la garganta por la acritud del momento y el espeso ambiente que se respiraba en aquel coloquio de viejas amigas de escuela, en cuanto vio venir los primeros reproches por las altas horas nocturnas, arrastró la silla y pegó un manotazo, tímido pero contundente, sobre la mesa como un juez que con mazo para dar por finalizada la sesión en recuerdo a Montesquieu.
Ya en horas más tempranas, cuando sin rumbo andaban por la ciudad, Cassie sentía unas tremendas ganas por sentirse contagiada de la ilusión y el ánimo de sus contemporáneo, aunque a su pesar, acabaran sentadas cuan abuelas sexagenarias en un bareto ambulante cervecero y pidiesen simples camomilas y té al limón –para no perder la línea o la fortuna– suponía ella. Fuera como fuese, el resultado en sí era calamitoso y decepcionante como menos. Ni los fuegos artificiales podían amainar su angustia y rabia por dejarse sentir unos cincuenta años mayor al lado de tales compañías. Con mil murmuros y reproches silenciosos en su interior, camino a casa, recibió un mensaje: era de una de sus amigas, que ni tan amargada ni rancia, acataba y acallaba como ella los dictámenes de la mayoría. Un mensaje que la animó y decía lo siguiente «Quedamos en cinco minutos en mi terraza. Estas van a saber bien cómo se celebra la noche de Sant Joan».
Era una iniciativa improvisada y esporádica que no se había esperado para nada y que aceptó de buen grado. Se relamió los labios mientras saboreaba en la lengua el sabor amargo y chispeante de la humareda de los petardos que un grupo de niños con supervisión paterna incendiaban en el centro de la plaza. Se dio la vuelta para rehacer el camino ya hecho y tomar rumbo a casa de su amiga que con una bengala encendida la esperaba apoyada en el muro de enladrillado irregular del ático. Cassie se encogió en la pashmina que vestía para protegerse del gélido viento que soplaba a tanta altura e impropio de fechas veraniegas.
–Pensaba que ya no vendrías –confesó ella entre risas burbujeantes del vino que aún reposaba en la pequeña mesa blanca en una copa a medias.
Cassie miró la hora en su reloj y alzó una ceja incrédula.
–No me esperaba para nada del mundo tu propuesta, y más aún pasadas las doce de la madrugada. A estas horas los niños ya tiene que estar en la cama.
Su amiga rió honesta ante una mordaz y directa referencia al resto del grupo que a aquellas alturas ya estarían sumido en el séptimo sueño. Ya consumida, tiró la bengala al suelo y para mayor seguridad la pisoteó con la suela de goma de las zapatillas.
–También tengo bombetas de colores, como los niños… –Le señaló una caja aún sin abrir al lado de la botella de vino y dos copas más.
–Veo que vives al máximo.
–Prefiero no correr riesgos. ¿Por qué no tomas un trago? Estamos de celebración, al fin y al cabo.
–¿Celebración?
–De poder beber sin que nadie nos censure.
Fue hasta la mesita y vertió vino dulce en la copa. La alzó.
–En ese caso, felicidades.
–Feliz Sant Joan.
–Y que hayan muchos más.

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Sombras al atardecer

Trailer de la novela Sombras al Atardecer, colgada semanalmente en mi blog.

 

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Mi nombre es Lídia Gilabert y aquí dejo mis humildes creaciones, diseñadas con el mayor mimo y amor para el disfrute de todos los lectores.

 

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